- La grabación, dirigida por Alejandro González Iñarritu, se exhibe desde el domingo en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles
A través de un estrecho conducto se llega, solo, a una habitación helada. Las instrucciones están escritas en la pared: “Quítese los zapatos y calcetines, y colóquelos en la caja a su izquierda”. Desperdigados alrededor hay otros zapatos y botas, desgastados, hechos trizas. Al otro lado de la puerta, con un casco de realidad virtual, auriculares y una mochila, se siente ya la arena bajo los pies. La habitación ha desaparecido, solo hay desierto. Un grupo de emigrantes, hablando en español, se acerca. Entre ellos, una madre con su hijo. Aspas de helicóptero en el cielo. Ráfagas de tiros. Todo el mundo enloquece. Un agente te grita: “¡Al suelo! ¡Échate al suelo!”. Y te echas al suelo.
Así describía en el festival de cine de Cannes la película, o mejor dicho, la experiencia virtual grabada por el director mexicano Alejandro González Iñarritu a partir de cuatro años de trabajo con inmigrantes para ilustrar el cruce de la frontera norteamericana. “Es muy inmersiva y puede resultar extremadamente realista”, advierte el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA), que expone desde el domingo este trabajo. Si sufre claustrofobia, enfermedades del corazón o de la espalda, o epilepsia, absténgase, advierte.
La película “permite al visitante vivir la experiencia directa de caminar con los pies de la persona inmigrante, ponerse en su piel y llegar hasta su corazón”, explica el director en la página web del museo. “Durante los últimos cuatro años”, añade, “he tenido el privilegio de conocer y entrevistar a muchos refugiados mexicanos y centroamericanos; las historias de sus vidas me perseguían”.
Iñarritu ganó el Oscar al mejor director, guión y película en 2015 por Birdman (que se llevó en total siete premios); ha dirigido además Babel, 21 gramos, Amores Perros y The revenant. Esta producción virtual, titulada Carne y arena, se estrenó en mayo en Cannes y posteriormente en la Fundación Prada de Milán, que la produjo. El museo de Los Ángeles es el primero en Estados Unidos donde se puede ver.

Son seis minutos y medio. Hay que quitarse los zapatos porque eso es lo que la policía fronteriza estadounidense obliga a hacer a los inmigrantes cuando los detiene. A la salida, se cuenta la historia de quienes inspiraron esta narración, según narra Los Angeles Times. Una mujer centroamericana que huyó cuando una pandilla amenazó con cortar a su hijo en trocitos. Un agente de inmigración que se enfrenta cada día a la tragedia de quienes no sobreviven al desierto. Un chaval que cruzó con nueve años y logró licenciarse en Leyes en la universidad de UCLA. Un niño al que se dejó atrás porque no podía mantener el ritmo.
Y al otro lado del desierto, la hieleras. Celdas en ocasiones sin cama, sin comida, sin agua potable, celdas heladas donde se hacinan durante días los inmigrantes ateridos de frío, según un informe del American Immigration Council. Es en una de ellas donde el visitante, congelado de frío, se descalza al inicio de la película. A partir de ahí, podrá incluso viajar al interior del corazón de los inmigrantes que le acompañan en el viaje. Literalmente. Pero mejor verlo que contarlo. En el LACMA, hasta el 10 de septiembre.
