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Tiempos modernos merecen un papa Latinoamericano

Tiempos modernos merecen un papa Latinoamericano

Columna de opinión

Por Carlos Rajo
 
El anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, plantea por primera vez  en la historia Vaticana que se hable o se considere en serio la posibilidad de que un latinoamericano pueda ser elegido como el nuevo Papa.
 
El principal argumento que da sostén a esta posibilidad tiene que ver con las cifras: el continente latinoamericano tiene el más alto número de católicos que cualquier otra región del mundo. Más de cuatro de cada diez católicos en el planeta viven en algún lugar de América Latina.
 
Además de los números, sin embargo, también está el factor de la relevancia de la Iglesia Católica. A diferencia de mucho de Europa, en donde lo común es ver iglesias semivacías, en Latinoamérica no sólo hay mucha gente que con regularidad asiste a misa y demás actos de la tradición Católica, sino que también la iglesia misma es en gran medida relevante en la sociedad.
 
Muy pocos pondrán atención a lo que tenga que decir un Obispo francés en una rutinaria homilía (mensaje pastoral) dominical. Una homilía similar dicha por un obispo latinoamericano puede reverberar con mucha fuerza en los medios de comunicación y en el resto de la opinión pública de cualquier país de la región.
 
La iglesia Católica, aun con sus masivas deserciones hacia las sectas evangélicas o los profundos conflictos internos por cuestiones teológicas (que Benedicto es muy conservador, por ejemplo), sigue jugando en América Latina un rol en la vida diaria que cualquiera pensaría debería ser tomado en cuenta a la hora de elegir al nuevo pontífice. Lo bueno es que al parecer hay gente en la jerarquía de la iglesia que está clara de esta importancia y “vitalidad”, las que aceptan la posibilidad real de un Papa latinoamericano.
 
“Sería bueno si en el próximo cónclave hubieran candidatos de África o América del Sur”, señaló por ejemplo el Cardenal suizo Kurt Koch, en una reciente entrevista con un diario también suizo que hoy todo el mundo cita como muestra de esta apertura.
 
Igualmente, hay por ahí otra entrevista de prensa, en este caso del Arzobispo alemán Gerhard Mueller con un diario también alemán en el que el cardenal recuerda que “la Iglesia universal enseña que la cristiandad no está centrada en Europa”. Según Mueller, él conoce a varios obispos y cardenales de América Latina que sin problemas “pudieran tomar la responsabilidad de la Iglesia universal’.
 
Más allá del dicho de estos cardenales, que sin duda es un avance en una Iglesia que normalmente no miraba más allá de Europa, o muchas veces ni siquiera más allá de Italia -la sede del Vaticano-, lo cierto es que la elección del nuevo Papa también tiene que ver con números.
 
Es un grupo de 118 cardenales los que votarán y en el cual son los europeos los que dominan. Sólo italianos hay 31 cardenales, formando un bloque de alrededor del 27% de los votantes (votan los cardenales que no han cumplido 80 años). De América Latina hay 18 cardenales con derecho a voto.
 
Nadie sabe cómo votarán estos cardenales italianos, o si por el caso lo harán en su  solo bloque y apoyarán a alguno de los dos o tres candidatos italianos (Cardenal Angelo Scola, Arobispo de Milán o Cardenal Gianfranco Ravasi). Lo que sí es claro es que tendrán una gran fuerza a la hora de decidir quién será el nuevo Papa, el cual se elegirá con una mayoría de dos tercios de los votantes. Hasta ahora no hay elementos que hagan pensar que los cardenales italianos estén dispuestos en particular a dar su apoyo a algún candidato de origen latinoamericano.
 
Dentro de las muchas cosas que se dirán sobre el legado de Benedicto, algo que no puede obviarse y que tiene que ver con la influencia que él ejercerá en la elección de su sucesor, es precisamente este hecho de que haya tantos cardenales italianos en posición de votar. Fue Benedicto, con sus muchos nombramientos de cardenales, quien de alguna manera “re italianizó” el Vaticano y el papado, utilizando el término del comentarista en asuntos de la iglesia Católica, John Allen.
 
Ojala que en los días y semanas próximos se conozca de algún dicho, indicio o lo que sea de estos cardenales italianos en el sentido de que estarían dispuestos a apoyar a un candidato latinoamericano. Es posible que, al contrario, hayan decidido o decidan que después de más de tres décadas de pontífices que no eran italianos (Juan Pabllo II, polaco, Benedicto XVI, alemán) es el momento de poner de nuevo a un italiano al frente de la iglesia Católica.
 
Entre los posibles candidatos latinoamericanos, y decimos posibles ya que en la tradición vaticana nunca se sabe oficialmente quién es candidato al papado, son dos nombres los que más suenan: Odilo Pedro Scherer de Brazil y Leonardo Sandri de Argentina.
 
Scherer, de 63 años, es el Arzobispo de Sao Paulo, nada menos que la diócesis más grande en Brazil, que es también el país con más católicos en el mundo. Scherer conoce muy bien la política vaticana ya que estudió en la Universidad Gregoriana y por varios años en la década de los 90s tuvo un puesto en la Congregación de los Obispos en el Vaticano. Se le considera un conservador para lo que son los estándares de la Iglesia en el Brazil pero un moderado para el resto del mundo (sucede que la iglesia brasileña es de las más progresistas dentro de la iglesia Católica). Scherer tiene buena relación con el Opus Dei, grupo ultra conservador que tiene ahora gran influencia en la iglesia.
 
El problema para Scherer será como lo juzgaran sus pares cardenalicios considerando que aun con todo lo que es Brasil en términos de importancia y relevancia, al mismo tiempo es el país de América Latina donde las sectas protestantes más han crecido y fortalecido. Y este no es asunto menor. Es quizá la principal amenaza de la iglesia en el continente.
 
El otro candidato es el argentino Sandri, de 68 años. Sandri ya está en el Vaticano, donde ejerce como el Prefecto para la llamada Congregación para las Iglesias del Este. Tiene la ventaja que conoce muy bien el mundo interno de la iglesia ya que de 2000 a 2005 fue Jefe de Personal del Vaticano. Además fue embajador del Vaticano ante Estados Unidos y es considerado un moderado en cuestiones teológicas.  Tiene otra ventaja: es descendiente de padres italianos con lo que es posible que pudiese contar con el apoyo de los cardenales italianos.
 
Sandri, sin embargo, también tiene potenciales problemas. Por ejemplo, “no tiene tropas”, es decir que no está a cargo de una diócesis o algo similar. Es básicamente un burócrata del Vaticano y, aun peor, a cargo de una oficina como la Congregación para las Iglesias del Este que tiene poca importancia.
 
Como burócrata vaticano además, Sandri tiene un pie de nota en su expediente que puede ser explosivo a la hora de estar en el centro de la atención pública. En algún momento fue ayudante del Cardenal Angelo Sodano, quien fue el Secretario de Estado de Juan Pablo II y el que está vinculado al escándalo de abusos sexuales del sacerdote mexicano y fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel.
 
Alguien que no es de América Latina pero sí del continente americano y que al parecer también tendría serias posibilidades de ser candidato -de nuevo, candidato extra oficial- es el canadiense Marc Ouellet, de 67 años y Prefecto de la Congregación para los Obispos. Ouellet, nativo de Quebec, tiene reputación de ser un intelectual en la manera de Benedicto -lo cual pudiera perjudicarlo. Ouellet habla español ya que estuvo destacado como sacerdote en Colombia.
 
El principal negativo que le ven los “vaticanólogos” al obispo canadiense de habla francesa, quien también estudió en Austria y Alemania, es precisamente ese temple muy similar al del actual Papa. Que Ouellet sería “una copia de Benedicto XVI”.
 
Sea que hayan candidatos de América Latina, de África o en este último caso de Canadá, lo cierto es que hoy las cosas serán diferentes en el proceso de sucesión papal. Bien por el elevado número de católicos que hay en América Latina o África, bien por la crisis de la iglesia (irrelevancia, gente saliéndose, muy conservadora, etc.) o simplemente por lo que son los tiempos modernos, por primera vez se hablará con cierta seriedad de la posibilidad de un Papa que no sea europeo.