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Estos hongos amenazan la salud de millones en todo el mundo: por qué cada vez hay menos curas

El problema de las enfermedades fúngicas hizo que la OMS lo catalogara como “una amenaza generalizada”. Pero “sólo quedan tres clases de antifúngicos” efectivos.

Por Kaitlin Sullivan — NBC News

El verano pasado, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) denegó la solicitud de un nuevo medicamento antifúngico llamado olorofim, devolviéndola a la empresa y solicitando más datos. De aprobarse, habría sido la primera vez desde principios de la década de 2000 que la FDA autorizaba un antifúngico totalmente novedoso.

El mundo enfrenta un momento en que estos medicamentos son críticos: en los últimos años, el peligro de las infecciones fúngicas para la salud humana se ha hecho cada vez más evidente, a medida que los hongos evolucionan para eludir tratamientos existentes o rebasan sus regiones geográficas típicas.

Médicos de todo el mundo buscan desesperadamente nuevos medicamentos para combatir esta amenaza creciente.

“El problema con las enfermedades fúngicas ha llegado al punto de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha reconocido como una amenaza generalizada”, dijo Arturo Casadevall, microbiólogo y catedrático de microbiología molecular e inmunología en la Escuela de Salud Pública Bloomberg de Johns Hopkins, en Baltimore.

A fines de 2022, la OMS publicó su primera lista de patógenos fúngicos prioritarios: 19 hongos que, según la agencia, suponen una amenaza significativa para la salud humana.

Entre ellos figura el hongo Candida auris, muy resistente a los medicamentos, que infecta a pacientes hospitalizados en estado crítico. Sólo en 2021, el número de infecciones se triplicó en Estados Unidos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

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También en la lista de la OMS está el coccidioides, un hongo que causa una infección llamada fiebre del Valle. Históricamente presente en el suroeste de EE.UU., los científicos han pronosticado que su área de distribución podría extenderse hacia el norte hasta la frontera canadiense y hacia el este hasta las Grandes Llanuras a finales de siglo.  

La situación se complica por el impacto que los hongos pueden tener en el sistema alimentario mundial.

Los hongos prosperan en el suelo y las enfermedades fúngicas son desde hace tiempo un gran problema en la agricultura: hasta una cuarta parte de los cultivos del mundo se pierden por enfermedades fúngicas antes de ser cosechados. Otro 20% sucumbe a los hongos después de la cosecha.

Al igual que los médicos utilizan antifúngicos para tratar las infecciones en los seres humanos, los agricultores usan fungicidas, un tipo de pesticida, para matar las enfermedades fúngicas que afectan a los cultivos. 

Pero los fungicidas pueden inutilizar medicamentos antifúngicos fundamentales. 

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Esto se debe a que muchos fungicidas tienen la misma diana molecular que los antifúngicos, incluidos los fármacos existentes, así como algunos nuevos largamente esperados que se encuentran en las fases finales de los ensayos clínicos.

Si un hongo se expone con regularidad a un fungicida destinado a matarlo —muchos hongos que pueden infectar el cuerpo humano también proliferan en el suelo y en la materia vegetal en descomposición—, puede desarrollar resistencia a él. Si estos hongos mutados infectan a los humanos, ya tienen la capacidad de eludir el antifúngico que los ataca.  

Este escenario no es hipotético. Los científicos han relacionado fungicidas de uso común con infecciones cada vez más resistentes a los medicamentos originadas por un hongo llamado Aspergillus fumigatus en 40 países, entre ellos Estados Unidos. 

Para los expertos resulta preocupante que ese hongo haya desarrollado resistencia a toda una clase de antifúngicos llamados azoles, el tipo de fármaco más recetado para las infecciones fúngicas.

Además de tratar una amplia gama de infecciones, también es el único antifúngico que puede tomarse en casa y el único que puede tomarse durante más de seis meses, lo que suele ser necesario para eliminar por completo una infección.

“Sólo quedan tres clases de antifúngicos, y una de ellas son los azoles”, afirmó Norman Van Rhijn, investigador del Grupo de Infecciones Fúngicas de la Universidad de Manchester (Reino Unido).

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También están en juego varios fármacos nuevos, como el olorofim, que forma parte de una nueva clase de medicamentos y que ha demostrado ser eficaz contra el Aspergillus resistente a los azoles.

“No queremos pintar esto como un conflicto entre medicina y agricultura”, afirmó Leah Cowen, catedrática de genética molecular de la Universidad de Toronto. “No es que necesitemos antifúngicos para una cosa más que para la otra, necesitamos ambos tipos, pero con objetivos diferentes”.

Necesidad de nuevos antifúngicos

Los seres humanos estamos mucho más emparentados con los hongos que con las bacterias y los virus: compartimos aproximadamente la mitad de nuestro ADN con los hongos, y muchas proteínas que son esenciales para que ellos sobrevivan también lo son para las células humanas. 

Esto hace que sea muy difícil encontrar una diana molecular en una célula fúngica que se pueda atacar sin causar también graves daños a una célula humana, razón por la cual muchos antifúngicos tienen graves efectos secundarios, explicó Van Rhijn. 

Además, los hongos pueden desarrollar resistencia a un fármaco muy rápidamente. 

Al igual que los virus y las bacterias, tienen la capacidad innata de reproducirse rápidamente y mutar, y esas mutaciones pueden originar cepas que hagan ineficaces los fármacos. 

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Esto también ocurre en el mundo de las bacterias y los antibióticos —la resistencia a los antibióticos es otra de las principales amenazas para la salud pública—, pero los médicos siguen teniendo muchos más antibióticos para elegir. 

“Sólo disponemos de tres grandes clases de antifúngicos para tratar infecciones invasivas, frente a varias decenas de clases de antibacterianos”, dijo Cowen.

Los que hay disponibles no son perfectos, añadió. “Algunos son tóxicos, otros son susceptibles de generar resistencias y otros tienen un espectro de actividad limitado”.

Anna Selmecki, profesora asociada de microbiología e inmunología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Minnesota, fue tajante sobre la necesidad imperiosa de más fármacos que puedan combatir eficazmente los hongos.

“Me preocupa que muchos pacientes mueran porque nuestro conjunto actual de fármacos antifúngicos es limitado y cada vez hay más hongos resistentes a los pocos antifúngicos disponibles”, afirmó Selmecki. 

Tratamientos en desarrollo

Se tarda unos 25 años en desarrollar un nuevo antifúngico, y otro tanto en crear un nuevo fungicida, explicó Van Rhijn. Hasta ahora, los científicos sólo han identificado un puñado de dianas moleculares viables en las células fúngicas, y a menudo se trata de la misma diana utilizada tanto en fármacos antifúngicos como en fungicidas.  

En el caso del nuevo fármaco olorofim, se trata de un fungicida llamado ipflufenoquin, utilizado en árboles frutales y de frutos secos y en viñedos. La Agencia de Protección del Medio Ambiente, que revisa y aprueba los plaguicidas con independencia de la FDA, autorizó la ipflufenoquina como fungicida hace casi dos años. 

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Desde que la FDA solicitó más datos sobre el olorofim a la farmacéutica británica F2G, Inc. el nuevo antifúngico se encuentra en la fase 3 de ensayos clínicos. Los estudios realizados hasta ahora han demostrado que el fármaco es eficaz contra el hongo que causa la fiebre del Valle, así como contra una infección fúngica emergente poco frecuente llamada lomentosporiosis, que se ha relacionado con trasplantes de órganos. 

“El olorofim es probablemente el antifúngico más prometedor”, afirmó Dallas Smith, epidemiólogo de la Subdivisión de Enfermedades Micóticas de los CDC, y señaló que el fármaco ha demostrado ser eficaz contra “casi todas las infecciones fúngicas”.  

Ambos tratamientos tienen el mismo objetivo: una enzima llamada dihidroorotato deshidrogenasa. 

Según Van Rhijn, hay otros antifúngicos en fase de desarrollo que se comportan como el olorofim. Le preocupa que un nuevo antifúngico llamado fosmanogepix, que aún no ha sido aprobado por la FDA, pueda verse amenazado por un pesticida llamado aminopirifeno —eficaz contra un tipo de hongos que invaden frutos de baya como las fresas— que actúa sobre el mismo objetivo. 

Cowen estuvo de acuerdo. “Se está repitiendo la misma historia”, afirmó.

Más cooperación para encontrar nuevos tratamientos

La competencia con los fungicidas no es la única causa de la resistencia a los antifúngicos.

Las pruebas de diagnóstico deficientes, la escasa vigilancia de las infecciones y el uso indebido de los fármacos —las infecciones fúngicas suelen diagnosticarse erróneamente— también influyen, pero una supervisión más coordinada de los nuevos fármacos y pesticidas y de sus objetivos va a desempeñar un papel importante para preservar la eficacia de los antifúngicos en el futuro.

Esto significa que las agencias reguladoras como la FDA y la EPA tendrán que trabajar juntas a la hora de aprobar nuevos fármacos y fungicidas. 

“Tenemos que equilibrar el suministro mundial de alimentos con los antifúngicos de uso humano, y para eso necesitamos más cooperación”, afirmó Smith.

Con una planificación cuidadosa, habrá espacio tanto para el olorofim como para la ipflufenoquina, así como para otros antifúngicos y fungicidas con los mismos objetivos, afirmó. “Sabemos que no todas las infecciones serán intrínsecamente resistentes a los antifúngicos más viejos”. 

En septiembre, la EPA anunció que estaba trabajando con el Departamento de Salud y Servicios Humanos y el Departamento de Agricultura en nuevos lineamientos que salvaguardarían mejor los antifúngicos. Remmington Belford, secretario de prensa de la EPA, dijo a NBC News en un comunicado enviado por correo electrónico que la agencia espera finalizar esa propuesta a finales de este año. 

Una vez finalizada, la propuesta proporcionará orientaciones para la colaboración entre las agencias que se ocupan de la salud humana y la EPA, que aprueba los pesticidas, y sobre cómo pueden evaluarse los pesticidas para detectar cualquier amenaza potencial a la resistencia a los antimicrobianos que puedan plantear. 

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Cowen afirmó que, incluso sin un marco de este tipo, los antifúngicos que pueden salvar vidas no deberían abandonarse debido a los riesgos que los nuevos fungicidas plantean para la eficacia de los antifúngicos. 

“Seguimos necesitando desesperadamente esta nueva clase de antifúngicos. El olorofim tiene un gran potencial para tratar infecciones fúngicas para las que actualmente no tenemos tratamiento”, afirmó.