“México lindo y querido, si muero lejos de ti”. Este inmigrante soñaba con regresar junto a su madre: sólo volvieron sus cenizas

“Que me traigan aquí”, dice la ranchera que los mariachis cantaron en su funeral. Pero su último viaje de Nueva York a Puebla fue tan difícil como vivir tras el accidente de su padre, como morir sin cumplirle la promesa a su madre.
/ Source: Telemundo

CIUDAD DE MÉXICO — Eran 105 cajitas cuadradas, de apenas cuatro libras de peso, envueltas en una tela negra que relucía bajo el sol intenso. Dispuestas una al lado de la otra, contenían las cenizas de 105 personas oriundas del estado mexicano de Puebla, que en algún momento de sus vidas emigraron a más de 2,500 millas para perseguir el sueño americano en la ciudad de Nueva York y terminaron allí, en pequeñas cajas cuadradas bajo el sol intenso.

El gobernador de Puebla, Miguel Barbosa Huerta —quien es recordado por difundir, en una de sus ruedas de prensa, la peligrosa y falsa creencia de que los pobres son inmunes al COVID-19—, les pidió perdón en una breve ceremonia el 14 de julio.

Eran pobres y cruzaron la frontera sin documentos para trabajar en Estados Unidos como choferes, jardineros, lavaplatos, cocineros, repartidores, obreros, mucamas, meseras, limpiadores o conserjes. No tenían documentos, no, pero su labor era considerada esencial, así que siguieron haciéndola durante la pandemia de coronavirus que ha contagiado a más de 4.6 millones de personas en Estados Unidos y ha acabado con la vida de 156,000. Entre ellas, las suyas.  

Durante la ceremonia oficial en Puebla, fueron calificados de héroes.

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Moisés Argüello en el funeral de su hermano fallecido por COVID-19, en La Providencia, México, el 16 de julio de 2020. Albinson Linares

Después, sus restos debían emprender un último viaje de tres días, pero otros tres días ya eran demasiados para la familia de Marcos Argüello Ortiz.

“No aguantábamos más”, explica María Fernanda Argüello. 

Su hermano mayor había emigrado a Estados Unidos 12 años antes, y allí murió el pasado 24 de abril, a los 34 años, cuando los médicos lo desconectaron de su respirador en Nueva York. 

“Esas cenizas son lo único que nos queda de él, pero teníamos que tenerlas”, dice. Por eso decidieron viajar más de dos horas desde La Providencia, el pueblo donde nacieron todos los Argüello, para buscarlas en la capital de Puebla y llevarlas por fin a casa.

La pesadilla de los contagios

La comunidad hispana ha sido de las más afectadas por el COVID-19 en Estados Unidos. De las más de 25,000 muertes registradas en la ciudad de Nueva York, un tercio fueron latinos. 

Muchos sufren otros problemas de salud como obesidad, diabetes, hipertensión o afecciones coronarias que pueden generar complicaciones graves con el coronavirus. Tienen además peor acceso a los servicios médicos, y, en muchos casos, empleos que los hacen especialmente vulnerables.

“No se puede mantener la sana distancia porque suelen rentar casas donde viven hasta 12 o 15 personas para ahorrar”, explica Ricardo Andrade, presidente de la Fundación Pies Secos. “Siempre hay contacto en la cocina, la sala o los baños; desafortunadamente hay casos en los que se contagiaron familias completas”, añade.

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Según la cancillería mexicana, han fallecido al menos 1,863 mexicanos en el país vecino. Y Nueva York encabeza la lista con 760 muertes. 

Allí vivía Marcos Argüello, pese a que apenas hablaba inglés. Una de las cosas que más le gustaban era recorrer rápido las calles de Manhattan en bicicleta, repartiendo los pedidos de un restaurante mexicano. Sus amigos le recuerdan como un gran observador que identificaba rápidamente los rascacielos mientras esquivaba a la gente presurosa que se agolpaba en los semáforos en rojo, zigzagueando entre el tránsito con las bolsas de comida y una gran sonrisa.

“Siempre era alegre y solidario con uno. No se olvidaba de ti, ni te dejaba solo en un partido de fútbol”, explica Ricardo Téllez, un compadre también poblano que lo conocía allí desde 2007.

La pasada primavera, muchos conocidos de Argüello comenzaron a enfermarse. 

El primero fue Ricardo, quien a finales de marzo empezó a sentir síntomas y decidió encerrarse en su cuarto. “Abril fue un mes terrible, como el infierno”, recuerda sobre el momento en que el virus comenzó a propagarse como las llamas de un incendio por Nueva York.

Ricardo perdió el contacto con casi todo el mundo. El 5 de abril, sintiéndose al fin mejor, intentó localizar a su compadre, pero nadie contestó al teléfono. 

Supo que estaba ingresado en el centro médico Mount Sinai, y lo contactó por Facebook. “Me vine porque la tos me iba a matar, carnal. Pero acá no te dan mucha medicina, lo que sí ayuda es el oxígeno. Espero salir pronto de esta pesadilla”, le escribió Marcos desde la sala de contención del hospital.

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Esmeralda Velázquez, su comadre, lo había atendido cuando empezó a sentirse mal el 27 de marzo. Preparó unas pastillas de hierro, jarabes, un frasco de Vicks Vaporub, alcohol y un termo con té de hierbas medicinales, y fue a su casa. Al entrar a su cuarto presintió el desastre en la ropa regada, los papeles en el piso y el semblante pálido de Argüello, que hablaba poco en medio de los accesos de tos. Aunque se marchó rápido, le dijo que la llamara si se sentía mal. A las 9:00 de la noche, Argüello decidió irse a casa de ella porque la tos era insoportable.

“Había venido muchísimas veces a mi casa pero en esa ocasión se perdió, me decía que no sabía dónde estaba, que andaba desorientado, así que bajé y lo vi en la Primera Avenida y 105, justo cuando cruzaba la calle para otro lado”, explica Esmeralda con pena. 

Subieron al departamento y lo aislaron en una habitación, pero no paraba de toser. El eco de su respiración se escuchaba en la casa y le empezó a sangrar la nariz. Vomitó coágulos de sangre. “Pensé que se le estaban reventando los pulmones, me espanté toda, así que lo vestí y como a las 5:00 de la mañana lo llevamos al hospital porque casi no podía caminar”, relata.

Poco después, tanto ella como su esposo, Rubén Castellanos, y sus seis hijos comenzaron a presentar síntomas del virus. “Sentía que el remordimiento me estaba volviendo loca, me sentía mal porque él no se mejoraba, después todos nos enfermamos, me quedé sin trabajo y tenía que estar pendiente de mis cosas. Estoy destrozada”, comenta desolada. 

Por fortuna, ninguno de sus familiares, ni ella, se agravaron.

Argüello, en cambio, estuvo 27 días hospitalizado. A los pocos días lo entubaron, aunque familiares y allegados recibieron reportes optimistas de los médicos. “Él se comunicaba con nosotros, nos decía que tenía una tos muy fea que no lo dejaba estar pero que se sentía bien y que iba a salir adelante, que no nos preocupáramos”, explicó Alicia Medel, su cuñada.

De hecho, el 21 y 22 de abril los especialistas dijeron que querían comenzar a bajarle la velocidad a su ventilador para intentar desentubarlo. Pero en la noche del 23 llamaron a su comadre para decirle que se había agravado y estaba sangrando a nivel arterial.

Pocas horas después, Esmeralda Velázquez tuvo la oportunidad de despedirse de él. Se enfundó el traje de protección y, entre sollozos, pudo hablarle por última vez mientras las máquinas lo mantenían con vida. “Vas a estar con tu papá por el que siempre llorabas, le voy a enseñar esto a tus ahijados porque es lo único que van a tener ahora”, le dice en un video que atesora. A las 3:00 de la tarde del 24 de abril, los médicos lo desconectaron.

Para sus amigos, aquello marcó el inicio de días eternos de peleas con una funeraria de la calle 16 por su extrema lentitud para entregar las cenizas. “Nos trataban mal, de veras, se aprovechan de la desesperación y todo lo cobran. Pagamos como 1,800 dólares por la cremación y nos lo entregaron en una cajita de cartón”, afirma Ricardo Téllez, que junto a otros amigos creó una campaña de GoFundMe para sufragar gastos.

“La complicación si estuvo bastante permanente y puntual debido a que las autoridades locales en el caso de los hospitales tenían un proceso desbordado”, explicaba Ixelt Romero Morales, directora general del Instituto Poblano de Asistencia al Migrante, sobre una situación que han sufrido también las familias y amigos de otros mexicanos fallecidos en Nueva York. 

Durante esos días de diligencias infinitas, largas esperas, y toneladas de tristeza, ambos amigos comprobaron que, como canta el rockero Bruce Springsteen, hay una gran distancia entre “el sueño americano y la realidad americana”.

Finalmente les entregaron las cenizas el 27 de mayo, más de un mes después del fallecimiento. Al día siguiente le celebraron su 35 cumpleaños con una pequeña reunión de allegados en la que comieron aguachile y un pastelito mientras rezaban rosarios por su alma. Escucharon cumbias y la música norteña que tanto le gustaba. Su comadre llegó a pensar en quedarse una porción de las cenizas para recordarle, pero se arrepintió porque no quería que “en la otra vida le llegara a faltar una mano o un pie” por su desconsuelo.

No fue hasta el 22 de junio que pudieron dejar las cenizas en el consulado mexicano de Nueva York, donde el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador puso en marcha un programa de repatriación, ofreciendo además ayudas de hasta 1,800 dólares para gastos funerarios.

Los restos de Argüello y otras 250 personas embarcaron en un vuelo hacia México, adonde llegaron el 13 de julio. En esa primera repatriación arribaron las cenizas de personas oriundas de Puebla, Oaxaca y Veracruz. Sin embargo, la travesía aún no había terminado.

Procesión en La Providencia, Puebla, durante el funeral del migrante Marcos Argüello, fallecido por COVID-19 en Nueva York.Albinson Linares

México lindo y querido

Argüello soñaba con volver a su tierra para casarse y formar una familia. Ya le había dicho a su madre que este año la visitaría, y bromeaba con que le tocaría la puerta cuando menos lo esperara. “Imagínese la sorpresa que me dio este muchacho. Nunca pudo venir en todos estos años y ahora lo que tenemos son sus cenicitas”, dice entre lágrimas Carolina Ortiz, de 57 años.

Ataviada de negro y con un aire ausente, Ortiz sonreía el 16 de julio recordando las largas conversaciones con su hijo, su buen humor y las aventuras que vivía a diario en Nueva York repartiendo pedidos. Las cenizas habían llegado el día anterior, y su humilde hogar se había convertido en centro de atención en La Providencia, un pueblito muy cerca de la frontera con Veracruz de apenas 800 habitantes.

Cuando se volteaba a mirar la caja de madera con la foto de su hijo; rodeada de flores, figuras de la virgen y veladoras, se le quebraba la voz y lloraba: “Él se fue porque mi esposo murió en un accidente de tránsito, era el más chiquito y fue valiente porque acá no pagan casi nada, no nos alcanzaba. Veo sus fotos y me dan ganas de apapacharlo, de sentirlo, pero ahora hay que luchar para salir adelante. Tengo que echarle ganas”.

Puebla es el tercer estado mexicano con mayor número de inmigrantes en Estados Unidos (unos 56,000), la mayoría en Nueva York, según el Anuario de Migración. El año pasado registraron un récord de envío de remesas, con 1,763 millones de dólares.

Familiares y amigos despiden al migrante Marcos Argüello en sus funerales celebrados en La Providencia, México, el 16 de julio de 2020.Albinson Linares

El último día del largo viaje de Marcos Argüello empezó muy temprano para sus familiares. 

Dos de sus dos hermanos y varios primos acudieron al camposanto, a las afueras del pueblo, para cavar la fosa. “Nunca pudo venir ya, con este problema de la epidemia, nos dimos cuenta de que estaba enfermo y lo metieron en el hospital, pero ya no pudo salir”, se lamenta Miguel Argüello, el hermano mayor, que el día anterior había cumplido 40 años.

Tomándose un respiro para sentarse sobre una tumba a recordar, señala los campos circundantes y rememora cuando trabajaba en las milpas con su hermano. Sembraban maíz, papa, lo que pudieran, pero no alcanzaba: es la tragedia de La Providencia, de fértiles tierras negras y profundas pero donde no se puede vivir de la agricultura. 

Por eso su gente emigra, haya o no pandemia (que también la hay en México, con 439,046 casos y más de 47,746 muertes; y en Puebla, con casi 20,425 y más de 2,493 fallecidos). 

Siempre da miedo que le pegue a uno la epidemia pero hay que salir, tengo mis niños y si quieren comer o algo tengo que salir a trabajar para ellos”, explica Miguel Argüello. Durante el funeral se congregaron más de 60 personas, pero ninguna usaba cubrebocas ni mantenía la distancia social.

“Aquí estamos todos bien, gracias a Dios. Nadie se ha enfermado, lo único malo es que casi no hay trabajo”, dice Moisés Argüello, el otro hermano de Marcos, mientras sigue pendiente de todos los preparativos: la profundidad de la fosa, la cocción de las carnitas a fuego lento en el patio de la casa familiar, el inicio de los rezos y, por supuesto, la hora de los mariachis.

Mariachis en el sepelio de Marcos Argüello en La Providencia, México, el 16 de julio de 2020.Albinson Linares

A las 11 de la mañana comienzan a oírse las canciones tristes que le gustaban a Marcos Argüello. Los mariachis han llegado y, con ellos, el punto culminante de los funerales. Primero le cantan en la sala hasta que todos estallan en llanto al escuchar los versos de México lindo y querido que dicen: “Si muero lejos de ti / Que digan que estoy dormido / Y que me traigan aquí”.

Su hermana Cleotilde solloza en silencio. Tuvo que regresar de Ciudad de México con sus dos hijas por la pandemia, y ahora vive en Texcoco, en el estado de México; pero perdió su trabajo como asistente de limpieza y su esposo, que es albañil, también está desempleado. 

Él se fue para que a nosotros nunca nos faltara nada, se sacrificó muy duro y lo vamos a extrañar muchísimo”, cuenta de su hermano.

La Providencia, una localidad de Puebla con 800 habitantes donde vive la familia Argüello.Albinson Linares

A mediodía, más de 60 familiares y allegados inician la lenta procesión de una milla hasta el camposanto. Una vez colocadas las cenizas sobre una mesita del panteón, hacen fila para abrazar la caja de madera, tocarla y besarla, mirando con arrobo su fotografía o simplemente llorando. No hay sacerdotes, solo su gente despidiéndolo, los que corrieron y jugaron al fútbol con él en esas calles rústicas, los que bailaban en las fiestas patronales y quienes trabajaron a su lado en los campos.

A la una de la tarde lo enterraron varios metros bajo tierra, en un nicho junto al de su padre. Su largo viaje de 12 años había terminado.