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"Nos estamos muriendo de sed": el pueblo mexicano de los Cucapá lucha contra el cambio climático y el olvido

En un territorio donde cada gota de agua tiene dueño, un pueblo nativo sufre las temperaturas más altas del planeta; la violencia y abusos del narco; y una sequía sin precedentes agravada por acuerdos históricos y la presente inacción del Gobierno.
/ Source: Telemundo

MEXICALI, Baja California. – Lucía Laguna lleva su destino tatuado en el rostro. De la comisura de los labios hasta la barbilla, líneas negras surcan su piel cobriza como las ondas de un río picado. Dice que, en vida, el tatuaje tribal honra a su pueblo, pero lo más importante sucederá después.

Luego de mi muerte va a guiarme hasta los ancestros. Con el tatuaje ellos van a reconocerme y podrán llevarme adonde están”, explica a las orillas del río Colorado.

Bajo un sol despiadado, Laguna, de 51 años, tiene la frente perlada de sudor mientras habla de los Cucapá, su pueblo indígena. A fines de abril, en Baja California la temperatura supera los 91 grados Fahrenheit (unos 33 centígrados), pero la sensación térmica es mucho mayor cerca del río, fangoso y verde, con algo de espuma entre la escasa vegetación a sus orillas.

“Cucapá significa gente del río, por eso estamos luchando por él”, explica señalando un caudal cada año más mermado. “Nos aferramos al río y peleamos porque nos den agua para que lleguen los peces y podamos ganar nuestro sustento. Pero es una lucha que parece que nunca vamos a ganar”, dice con desaliento.    

México experimenta la peor sequía en tres décadas. Imágenes del satélite Landsat 8 divulgadas hace días por la NASA mostraban los niveles extremadamente bajos de la presa Villa Victoria, uno de los principales reservorios de agua de la capital. Pero se trata de un problema nacional.

El servicio meteorológico asegura que tres cuartas partes del país sufre sequía; en 16 de los 32 estados afecta a todo su territorio. Así, 60 grandes embalses, sobre todo en el norte y centro, están por debajo del 25% de capacidad.

Un hombre Cucapá que caminaba cerca de la frontera desértica entre México y Estados Unidos, en Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

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"En los últimos 70 años, la temperatura en México tiene una tendencia clara y concluyente de aumento. En la última década aumentó muy rápido y esa subida es incluso superior al promedio del planeta", explica Jorge Zavala Hidalgo, coordinador general del Servicio Meteorológico Nacional.

Desde el 1 de octubre de 2020 hasta el 18 de abril de 2021 (durante la temporada seca), el país experimentó alrededor de un 20% menos de precipitaciones de la media, y varias áreas en el este, oeste y sureste alcanzaron temperaturas superiores a 95 grados Fahrenheit (35 centígrados). Debido al bajo suministro, muchos residentes se han quedado sin agua corriente en diversas regiones del país.

Las precipitaciones siempre han fluctuado, explica Zavala, pero ahora la lluvia se concentra en menos días. "Y eso es malo porque todos queremos que llueva", explica, "pero nadie quiere que se inunde, sobre todo los agricultores, porque eso destruye las cosechas. Por eso estamos estudiando todo lo que está pasando".

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El aumento de la temperatura afecta especialmente a los bosques, que pasan de ser un paraíso de verdor a convertirse en bombas de tiempo para el fuego. Hasta mayo se han registrado 5,562 incendios forestales, un 27% más que en 2020. Y la superficie calcinada creció un 69%, hasta alcanzar casi 900,000 acres (360,000 hectáreas).

"Hay más sequía y por ende la vegetación está esperando a que alguien llegue, prenda una hoja y a partir de ahí empiece el incendio”, dice  César Robles, subgerente del Centro de Manejo del Fuego de la Comisión Nacional Forestal.

"La superficie afectada por incendios está directamente correlacionada con el aumento en la temperatura y la disminución de las precipitaciones", agrega, "la sequía hace que los incendios sean más agresivos y que haya mayores superficies afectadas por incendio".

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Lanchas abandonadas en las zonas donde solía llegar el río Colorado, en Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

Cada gota de agua tiene dueño

"A veces sentimos que nos estamos muriendo de sed. Aunque muchos lo nieguen, el clima sí ha cambiado", dice Imelda Guerra Hurtado señalando los terrenos yermos de El Zanjón, un enclave árido, semidesértico que llega hasta las riberas del delta del río Colorado.

Guerra, de 43 años, recuerda cuando era una niña y su abuela la traía para que acompañara a todos sus familiares en la pesca. Caminar junto a ella es recorrer un territorio fantasma. Cada tanto se para, y señala: "El agua llegaba hasta allá". Ahora sólo queda allí tierra polvorienta y agrietada. 

"Siempre hemos vivido de los peces del río, desde que lo recuerdo. Ahora solo podemos pescar una vez al año y es nuestro principal sustento", agrega. 

Un pescador del pueblo indígena Cucapá, durante los preparativos para navegar, en El Zanjón, Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

Los Cucapá son una de las cinco tribus nativas de Baja California, y descienden del pueblo Yuman, que emigró a esa zona por el año 1000 a.C. Según datos oficiales, ahora solo quedan entre 350 y 400 miembros del pueblo Cucapá pero, en el siglo XIX, los colonizadores occidentales documentaron entre 5,000 y 6,000 nómadas que se organizaron en clanes.

"Hay que entender que ese pueblo indígena ve toda la región, tanto la parte de México como la de Estados Unidos, como su territorio. En sus tradiciones se recuerda que recibían muchísima agua y, poco a poco, se fueron quedando sin ese caudal", afirma Osvel Hinojosa, director del Programa de Soluciones Costeras del Cornell Lab of Ornithology.

La historia del río Colorado, y los problemas que sufre en la actualidad, es una oda al progreso y a la ingeniería con la que se intentó domar a la naturaleza. Es el sistema hídrico más importante del noroeste de México y el suroeste de Estados Unidos; como sucede con el río Nilo en Egipto, es fundamental para cultivar en una región semidesértica.

La zona cercana a un embalse en Baja California, México, abril de 2021.Alejandro Cegarra

En el siglo XIX el río llegaba a México con una potencia salvaje de unos 42,000 pies cúbicos (1,200 metros cúbicos) por segundo. A principios del siglo XX, sin embargo, Estados Unidos comenzó a luchar para convertir las regiones áridas del suroeste en tierras cultivables, acometiendo así obras de ingeniería para desviar el agua hasta el Valle Imperial de California.

"Desde 1922 todo empezó mal", explica Hinojosa con resignación, "Estados Unidos hizo un estudio para dividir el agua del río Colorado y, casualmente, fueron los 10 años más húmedos de la cuenca". Así, se hizo un reparto sobre el papel que incluía más agua (un 16%) de la que en realidad hay. Y luego empezaron a construirse los embalses.

En 1936 se inauguró la presa Hoover, entre Nevada y Arizona, que rebajó el flujo a 164 metros cúbicos por segundo para México. En 1944 se firmó un tratado bilateral que garantizaba a México unos 1,8 millones de metros cúbicos de agua al año, pero la mayoría se destina a la agricultura

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El acuerdo no consideró los derechos del pueblo Cucapá y su relación ancestral con el río. Pero afectó a sus ceremonias tradicionales, y provocó escasez de frutas y granos, y de los árboles y arbustos utilizados para hacer casas, botes y ropa.

"A nosotros nadie nos preguntó nada, en esa época era como si no existiéramos", se queja Guerra, "hay muchas empresas aquí a las que nunca les falta el agua, uno ve los campos de hortalizas verdes y el resto, nuestra tierra, es desierto".

En 1966 se erigió la presa de Glen Canyon, en Arizona, y el caudal del río se vio disminuido a 8 metros cúbicos por segundo. Pero con lo que nadie pareció contar, entre tratados y presas, fue con el cambio climático. 

"En Mexicali nunca ha llovido", explica Hinojos, "el caudal que llega a la región y que mantiene a la agricultura proviene de las nevadas a 2,600 kilómetros [1,600 millas] en las Rocallosas". 

Todo depende de la precipitación en Wyoming y Colorado, pero desde 2002 las nevadas han estado por debajo del promedio, explica, lo que ha mermado el río, causando un "panorama desolador". 

Pescadores indígenas navegando por las aguas del río Colorado, abril de 2021.Alejandro Cegarra

California y Baja California comparten la misma geografía y condiciones climáticas. Años de temperaturas más cálidas, una temporada de lluvias fallida el verano pasado, y una baja capa de nieve se han combinado para que los ríos de la región disminuyan.

La sequía severa, en gran parte relacionada con el cambio climático, afecta así a toda la mitad occidental de Estados Unidos, desde la costa del Pacífico pasando por la Gran Cuenca y el desierto del suroeste, y a través de las Montañas Rocosas hasta las llanuras del norte.

En California, los pozos se están secando; al lago Mead, en la frontera de Arizona y Nevada, le falta tanta agua del río Colorado que ambas entidades podrían enfrentar eventuales cortes en su suministro de agua.

California y otros estados del suroeste dependen del derretimiento de la nieve para obtener buena parte de sus recursos hídricos. La capa de nieve es esencialmente un depósito congelado que se libera en la primavera y el verano. Pero eso está cambiando a medida que la Costa Oeste se calienta.

Pescadores del pueblo Cucapá durante la pesca de curvina golfina en El Zanjón, Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

El narco también pesca

Desde 1993, el territorio pesquero de los Cucapá se encuentra englobado en la Reserva de la Biosfera El Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado, que tiene una superficie de 2.3 millones de acres (935,000 hectáreas). Esta zona protegida se creó para preservar la flora y fauna, como es el caso de como la vaquita marina (Phocoena sinus) y la totoaba (Totoaba macdonaldi), que se encuentran en peligro de extinción.

"Nosotros acatamos las reglas, sabemos que hay que proteger especies porque somos un pueblo indígena, usamos las redes y los equipos que nos pide el Gobierno y no salimos cuando no nos corresponde”, explica Rubén Flores, capitán de una panga, un bote de pesca tradicional.

La veda a la pesca, principal actividad del pueblo indígena, y la crisis alimentada por la pandemia de COVID-19, han sumido sin embargo a los Cucapá en una depresión que obliga al éxodo de las personas más jóvenes.

Cuando tienen suerte logran vender el kilo (2.2 libras) de pescado por nueve pesos (0.45 dólares), pero lo normal son seis. Las empresas que lo comercializan luego obtienen hasta cinco veces más, lamentan. 

El terremoto de 2010 también afectó a la pesca. "Nos dejó unas grietas enormes que se fueron haciendo más grandes, y eso no nos deja que pesquemos como antes", explica Hilda Hurtado Valenzuela, de 68 años y presidenta de la Sociedad Cooperativa Pueblo Indígena Cucapá, una de las asociaciones que agrupan a las personas que aún se dedican a la pesca.

"Ahora las corrientes marinas entran adonde estaban las orillas antiguas del río, lo dañan y nos quedamos sin parte de nuestro territorio", agrega Hurtado, quien, dice, nació a orillas del río Colorado.

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Hilda Hurtado Valenzuela, de 68 años y presidenta de la Sociedad Cooperativa Pueblo Indígena Cucapá, una de las asociaciones que agrupan a las personas que aún se dedican a la pesca, en Baja California, México, abril de 2021.Alejandro Cegarra

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Sentada en una silla de plástico cerca del patio de su casa en El Indiviso, un ejido semidesértico, explica que le gusta alejarse del sol. Hace tiempo que no lo ve como una fuente de vida sino como un duro enemigo que se ensaña con su tribu, acaba con el río y los obliga a vivir de noche durante los momentos más duros del verano.

"El calor aquí es insoportable, nunca habíamos vivido esto. Incluso hay gente en situación de calle que se muere porque no aguantan las temperaturas. Y también afecta a los animalitos porque llega menos agua del río y los peces se reproducen con la mezcla del agua dulce con la salada, por eso cada vez hay menos pescados", desgrana preocupada. 

La gente del pueblo insiste en que ellos no pescan a la totoaba, cuya vejiga natatoria es considerada una exquisitez en el mercado asiático por sus supuestas propiedades medicinales y afrodisiacas (un kilo puede costar 5,000 dólares en México, y al llegar a China sube a 55,000 o 60,000 dólares).

Pero la intensa demanda lleva a pescar con redes profesionales, atrapando así también a las vaquitas y dejándolas al borde de la extinción. 

Diversas investigaciones ambientales y periodísticas han señalado al Cartel del Dragón, un entramado delictivo con intermediarios mexicanos, estadounidenses, chinos y de otras nacionalidades que conspiran para explotar la totoaba en esa región.

Rubén Flores, capitán de una de las lanchas pesqueras del pueblo Cucapá, en El Zanjón, Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

"A los peces no les gusta el calor"

Flores se forjó en las aguas del delta y con solo mirar al cielo sabe cómo será el tiempo. Por eso menea la cabeza con desaprobación cada vez que ve el sol de huevo frito, perenne, que lo evapora todo. Es pescador y no sabe mucho de mediciones atmosféricas, pero su diagnóstico coincide con el de los científicos.

"Aquí está pasando algo raro. Es como si el sol durara más, entonces a los peces no les gusta ese calor. Nacen menos y pesan menos, lo que antes pescábamos en dos días, hoy nos toca toda una semana de buscar a la curvina", explica mirando al río.

Marzo y abril son los meses en los que los Cucapá se conectan con sus tradiciones y salen a pescar curvina golfina. Pero la intensa sequía también afecta la reproducción de los peces, por lo que cada vez deben irse más lejos, con unos botes mal preparados, de motores pequeños y sin mucho combustible.

"Nosotros cumplimos con todo, pero la gente de los pueblos de alrededor también pesca y no hacen nada. Y muchas veces nos castigan por eso", explica Paco, un veterano pescador con más de 25 años de experiencia.

"Y también debemos tener cuidado porque está el narco, ellos siguen nuestras rutas por la zona y no más pescan para esconder debajo las toneladas de drogas. Nosotros le decimos a la policía, pero nadie hace nada", agrega Paco, quien pide mantener su anonimato por temor a represalias.

Baja California es desde hace tiempo escenario de la sangrienta disputa territorial entre el Cartel de Sinaloa y el Cartel Jalisco Nueva Generación. Es común que, en las noches, convoyes de camionetas blindadas recorran a toda velocidad el desierto en operaciones de exterminio de la banda rival.

Sobre todo en el Valle de Mexicali (capital del estado) y en San Luis Río Colorado, en Sonora, los grupos de sicarios suelen asaltar casas de sus adversarios para someterlos y ejecutarlos en los ejidos rurales o el vasto vacío de las zonas más áridas del estado.

Con 1,063 homicidios registrados entre enero y abril, es el segundo estado más sangriento sólo por detrás de Guanajuato (con 1,263 homicidios). 

Un canal de riego en el Valle de Mexicali, Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra

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Estados Unidos emitió en abril una alerta de seguridad para que turistas y funcionarios tomaran grandes precauciones al viajar dentro y alrededor de la ciudad de Mexicali y su zona rural debido a la violencia generalizada.

"No nos sentimos seguros, estamos expuestos a todo lo que está pasando porque hay mucha delincuencia. Intentamos protegernos y siempre estar al pendiente de algún extraño, porque ya nunca se sabe quién te puede atacar", dice Laguna con el miedo pintado en el rostro.

Unas motos de agua abandonadas en un terreno baldío en el Valle de Mexicali, Baja California, en abril de 2021.Alejandro Cegarra

El infierno sobre la tierra

Pero el calor también mata. En 2019 hubo al menos ocho muertes en Mexicali asociadas a las altas temperaturas; en 2020 fueron 83. 

"Las personas no pueden vivir con esas temperaturas, o sea, la gente se muere", explica Zavala, "aunque estén acostumbrados al calor, incluso pequeños aumentos rompen los umbrales para que el cuerpo humano puede sobrevivir".

El 14 de agosto de 2020, Mexicali registró 122 grados Fahrenheit, rompiendo el récord de 121 que databa de agosto de 1981.

Froilán Meza Rivera, veterano periodista y escritor del norte de México, consultó los archivos de la Secretaría de Recursos Hidráulicos donde consta que en julio de 1966, en el Riíto, una comunidad de Mexicali, un termómetro alcanzó la cifra inaudita de 140 grados Fahrenheit. Y ése era su límite: el mercurio subió hasta el tope y no pudo medir más. 

Sería la cifra más alta del mundo: según la Organización Meteorológica Mundial, la mayor temperatura registrada son 134 grados Fahrenheit (casi 57 centígrados) el 10 de julio de 1913 en el californiano Valle de la Muerte.

La región está expuesta a los peores escenarios posibles en términos de emergencia climática, denuncia Roberto Sánchez Rodríguez, académico del Colegio de la Frontera Norte, pero "los gobiernos han hecho una gestión deficiente de los recursos y por eso hay menos agua disponible". 

Una fotografía de un niño Cucapá, tomada en el año 1900, expuesta en el Museo Comunitario Cucapá, en Baja California, abril de 2021.Alejandro Cegarra


A los Cucapá les toca luchar contra los efectos de un problema global que ellos no han generado. Lejos de las industrias y los grandes centros de contaminación, sufren la erosión de sus costumbres y estilo de vida.

Lucía Laguna se considera una guardiana. Ha estudiado su lengua, sus costumbres y sus vestimentas tradicionales para preservarlas, y su memoria es uno de los reservorios más importantes del pasado Cucapá.

Arrodillada a orillas del río Colorado, toca el agua oscura con una devoción especial, mientras recita un cántico antiguo acompañada por dos niñas.

"Mi tata [abuelo] saca pescado porque sin eso no podemos comer. A mí también me gustaría ser pescadora, porque me gusta mucho el río y estar aquí”, decía Marleny Sáenz, de 10 años.

"Quiero que el río se quede, para tener nuestras tradiciones. Me gusta cantar porque es parte de mí, me siento muy orgullosa de ser parte de este pueblo", explica antes de entonar una antigua bendición de los Cucapá.

Lucía Laguna con dos de sus alumnas que aprenden las tradiciones y cánticos del pueblo Cucapá, en Baja California, México, abril de 2021.Alejandro Cegarra

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Se trata de un rito que solían celebrar a orillas del río. Desde tiempos inmemoriales quemaban la cachanilla, una planta silvestre de aroma fresco, mientras salmodiaban sus cánticos para que los pescadores tuviesen suerte en sus largas expediciones en el mar.

"Se trata de abrir caminos, para que todo salga bien", explica Laguna.

"Estamos pagando las consecuencias de la contaminación de otra gente. Las personas de las ciudades tienen que entender que nosotros nos vemos afectados por lo que ellos hacen. Ellos no viven solos en el mundo", agrega con tristeza mientras toca el agua y le canta a su río.

Si usted tiene información sobre casos de los efectos nocivos del cambio climático en México o Centroamérica puede escribir a albinson.linares@nbcuni.com