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Las ejecuciones federales de esta semana narradas por un reportero que estuvo allí: "Están matando a un hombre inocente"

Largas horas de espera, controles de seguridad, comida basura y tensión: un periodista relata las horas previas y finales de dos de los reclusos federales que fueron ejecutados esta semana en Terre Haute, Indiana, tras 17 años sin sentencias de este tipo.
En esta foto del año 2000, provista por el Departamento de Correctiones de Kansas a la agencia AP muestra a Wesley Ira Purkey, ejecutado esta semana en Terre Haute, Indiana.
En esta foto del año 2000, provista por el Departamento de Correctiones de Kansas a la agencia AP muestra a Wesley Ira Purkey, ejecutado esta semana en Terre Haute, Indiana.AP

Por Michael Balsamo - AP

A Daniel Lewis Lee, asesino convicto y condenado a muerte, se le preguntó si quería hacer una declaración final en la cámara de ejecución, un espacio de corte institucional, con paredes de cerámica verde y una amplia cristalera de vidrio.

Dijo que sí. Levantó la cabeza y nos miramos a los ojos.

"Están matando a un hombre inocente", afirmó mientras me miraba directamente. Esas fueron sus últimas palabras. Y me las dijo a mí.

La ejecución de Lee, una de las dos que presencié esta semana en el Complejo Correcional Federal de Terre Haute, Indiana, se desarrolló lentamente, después de una serie de apelaciones legales que no fueron a ningún lado. Los funcionarios de la prisión le administraron una inyección letal y el gobierno federal ejecutó asía  un recluso por primera vez en casi dos décadas. En la misma semana ejecutaron a dos reos más.

A la inyección letal le precidieron momentos de mucha espera. Los funcionarios de la prisión me registraron de manera exhaustiva, luego me enviaron de regreso a mi hotel durante la batalla legal para tratar de bloquear la ejecución y finalmente me llamaron nuevamente para acudir a la instalación de máxima seguridad.

Como parte de un pequeño grupo de reporteros, fui testigo oficial de la muerte de Lee, que ha tenido lugar en medio de la pandemia de coronavirus.

Protestas en las afueras de Terre Haute, Indiana, el pasado miércoles 15 de julio. "Detengan la violencia", pedían quienes se manifestaban en contra de la pena de muerte.AP

Lee, que fue condenado por matar a un traficante de armas de Arkansas, su esposa y su pequeña hija a fines de la década de 1990, debía ser ejecutado el lunes pasado a las 4:00 pm.

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Pero la espera se hizo larga mientras una serie apelaciones legales llegaban a la Corte Suprema. Me alojé junto a otros reporteros dentro de una antigua bolera reconvertida en centro de capacitación del personal de la prisión. Estaba custodiado por oficiales de prisión fuertemente armados. Todos llevábamos máscaras quirúrgicas azules y nos tomaron la temperatura.

Solo podíamos llevar una identificación a la prisión. Nos trasladaron en dos camionetas blancas sin distintivos hasta el edificio penitenciario para un control de seguridad.

Allí nos esperaban los oficiales de corrección, equipados con equipo de protección completo (máscaras N95, guantes y batas de protección), que nos dijeron que pasaríamos por el equivalente a un control de aeropuerto más sofisticado. Incluso me quitaron las lentes para hacerles una radiografía.

Pero luego llegó el anuncio de otro retraso. Los funcionarios nos dijeron que cenáramos. Luego regresamos a la prisión y esperamos. A medianoche, todos nos fuimos nuevamente a nuestros hoteles.

A las 2:10 am, la Corte Suprema dio luz verde a la ejecución. Aproximadamente un minuto más tarde, un funcionario de la Oficina de Prisiones nos comunicó por teléfono que la ejecución estaba programada para las 4:15 am.

Nos apresuramos para llegar de nuevo a la prisión. El reloj en la camioneta marcaba las 4:16 cuando salimos y nos dirigimos a la cámara de ejecución.

Lee ya estaba allí, atado a una camilla.

Primero nos llevaron a una pequeña sala de testigos. Había sillas de plástico frente a la ventana, un block de notas, un bolígrafo, una pequeña botella de desinfectante para manos y una toallita desinfectante en cada asiento. Un oficial de corrección cerró la gran puerta de metal, que hizo retumbar la habitación. Estábamos encerrados.

La cortina estaba echada, pero podía escuchar ruidos del otro lado de la pared. No pudimos charlar brevemente. El hombre, aunque fuera un asesino convicto y fuera a morir pronto, probablemente podría escucharnos.

Todos estábamos incómodos. Un reportero a mi lado garabateó en su libreta: "¿Problema legal?". Me hizo un gesto. "Supongo que sí", respondí.

No había reloj en la habitación. Perdimos la noción de cuánto tiempo llevábamos allí. Finalmente, alguien preguntó qué hora era. Cuando un oficial de corrección respondió que eran las 6:10 am, hubo un jadeo colectivo de sorpresa.

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A las 7:46 am, la cortina comenzó a levantarse lentamente. Para esa hora ya habíamos pasado encerrados casi cuatro horas con Lee, atado, justo al otro lado del vidrio de seguridad.

Ahí estaba. Tenía los brazos atados y una sábana azul claro cubría la mayor parte de su cuerpo. Me molestaba uno de los reporteros que se movía para conseguir una mejor vista. De la muerte de un hombre. Me molestó, a pesar de que estábamos todos allí por ese motivo.

Dentro de la habitación en la que se econtraba Lee, un alguacil levantó un teléfono negro que colgaba de la pared.

"Soy el sheriff de la cámara de ejecución", dijo. La sede de Washington contestaba al otro extremo del teléfono. El funcionario preguntó si existían impedimentos legales que prohibieran la ejecución. Escuchó y luego asintió: "Entiendo que no hay impedimentos".

Los familiares de las víctimas tendrían que viajar miles de millas para presenciar la ejecución en una pequeña habitación donde el distanciamiento social recomendado para prevenir la propagación del virus es prácticamente imposible. AP

Y luego Lee pronunció esas últimas palabras, mirándome directamente.

Apoyó la cabeza hacia abajo y la inyección mortal funcionó rápidamente. Sus labios se tornaron azules. Su pecho dejó de moverse. Fue declarado muerto.

Regresé corriendo a mi computadora y registré mi historia.

Y entonces allí entendí que mi rostro fue uno de los últimos vio antes de morir. He sido reportero de sucesos durante años, pero esto se sintió diferente. Fue clínico. Era como ver a alguien se duerme.

Y luego no hubo mucho tiempo para reflexionar sobre la experiencia, porque otra ejecución estaba programada para el día siguiente.

Wesley Ira Purkey fue condenado por secuestrar a una niña de 16 años de su vecindario de Kansas, violarla y matarla a fines de la década de 1990 y también asesinar a una mujer de 80 años.

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Pero su condena también se retrasó hasta bien entrada la noche. Llegamos al centro de capacitación del personal a las 4 pm. Pero esta vez no se nos permitió salir.

A medida que pasaban las horas, todos se volvieron más ansiosos, agunos comenzaron a caminar en círculos.

A las 10:00 pm, los funcionarios de la Oficina de Prisiones nos ofrecieron maní y papas fritas. No querían que volviéramos a nuestros hoteles porque tomaría demasiado tiempo llevarnos a todos por seguridad.

Justo antes de la medianoche llegó más comida: galletas de la marca Lunchables, provenientes de algún refrigerador de la prisión.

Complejo penitenciario federal en Terre Haute, Indiana, en una imagen de esta semana.AP Photo/Michael Conroy

A las 2:45 am, aproximadamente 11 horas después de que llegáramos, nos dijeron que dejáramos nuestros dispositivos electrónicos y que volviéramos a subir a las furgonetas. Esta vez nos detuvimos justo afuera de la cámara de ejecución.

Y nos quedamos allí sentados durante cinco horas. Me quedé dormido sentado.

Finalmente, después de agotar las vías legales para Purkey, nos llevaron a la sala de testigos. La cortina fue retirada a las 7:55 am. Nuevamente estábamos mirando hacia la cámara de ejecución. Los mismos funcionarios estaban parados junto a Purkey, que tenía los brazos atados con correas negras. Se disculpó con la familia de la adolescente que mató y con su propia hija.

"Este asesinato para purgar no sirve para nada. Gracias", declaró.

Miré a su consejero espiritual, un sacerdote budista zen que había demandado a la Oficina de Prisiones para tratar de detener la ejecución debido a los temores sobre el coronavirus. Llevaba una máscara y parecía estar rezando. Me preguntaba si tenía miedo de contraer el virus. Me preguntaba si contraería el virus.

Unos minutos más tarde, Purkey fue declarado muerto. Las cortinas fueron puestas de nuevo.

En una semana había pasado más de 32 horas en una prisión. Y vi morir a dos hombres.

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