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La Dama de Hierro

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Por Carlos Rajo/Opinión

Margaret Thatcher, la "Dama de Hierro", primera ministra de Gran Bretaña por más de una década, quien recupero por la fuerza las Islas Malvinas y que en alianza con Estados Unidos contribuyó al colapso del comunismo, tiene asegurado su lugar en la historia. Sus ideas, o el "Thacherismo", son parte del lenguaje común de las sociedades capitalistas modernas.

Thatcher tuvo una enorme influencia no sólo en su natal Gran Bretaña sino también en la arena internacional. Para toda una generación de latinoamericanos, Thatcher representó en la década de los 80s lo bueno o lo malo, las ventajas o los excesos de la sociedad capitalista, o el modelo “de libre mercado”, como le llamaría la ex Primer Ministra quien murió este lunes a los 87 años.

Gobernó Gran Bretaña por once años y medio, tiempo en el que cambió la sociedad británica. El “Thatcherismo” desacreditó las ideas del esfuerzo colectivo o la solidaridad, el empleo para todo el mundo y la idea de una economía con una fuerte intervención estatal. 

De paso, se dio un golpe casi mortal a la influencia de los sindicatos tanto en la empresa misma como en la sociedad toda. Se impuso también la idea del individuo, el mundo del “yo” o de lo “mío”, lo mismo que se hizo supremo el término privatización.

Ninguno de estos postulados era nuevo, o quizá muy diferente, de lo que hacía Ronald Reagan en Estados Unidos. La diferencia con Thatcher es que estaba siempre en el ojo del huracán. Dispuesta a dar la batalla ante la opinión pública, preciando las ideas del capitalismo y atacando todo lo que sonara a socialismo, colectivismo o similares. 

Además, viniendo de una Gran Bretaña donde había gobernado un partido laborista que tomaba mucha de su inspiración en los ideales socialistas, Thatcher tomó al mundo por sorpresa. De una Inglaterra que no había producido un líder de gran estatura internacional desde Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, surgía una mujer con más pantalones que muchos políticos y sin pelos en la lengua para dividir al mundo entre los buenos y los malos. 

Con Reagan se podía estar en desacuerdo, pero los dotes de comunicador del entonces presidente estadounidense hacía difícil que se le odiara. Con Thatcher no había tales sutilezas. Era no sólo la defensa a ultranza de lo que para muchos eran los principios de un “capitalismo salvaje”, sino también una “Dama de Hierro” que disfrutaba de la controversia pública. De alguien que de manera abierta, brutal, sin pedir disculpas o utilizando frases agradables, presentaba su visión de un mundo en el que entre otras cosas el estado era el responsable de todos los males de la sociedad.

El principal evento por el cual en América Latina se recuerda a Thatcher es la llamada “Guerra de las Malvinas”.

A principios de 1982 los militares argentinos que gobernaban desde el golpe de estado de 1976 deciden retomar por la fuerza las pequeñas islas del Atlántico de las cuales Argentina reclama propiedad pero que están habitadas por pobladores que se consideran británicos. Thatcher ordenó una fuerza de tareas integrada por portaviones, barcos y aviones de guerra y demás la cual eventualmente tomo posesión de nuevo de las islas.

Para los argentinos, más allá de los desacuerdos con sus mismos militares por la torpeza o el sin sentido de la operación en las Malvinas, Thatcher representó en su momento el poder imperial británico. Si ya Thatcher generaba controversia en la región -odio o admiración según el filtro ideológico con que se le juzgara- lo de las Malvinas, o las Islas Falklands como las llaman en Gran Bretaña, vino a consolidar el rechazo que muchos sentían por ella.

Pero en América Latina toda lo de Thatcher iba más allá de lo de las Malvinas. Los 80s eran tiempos en los que había dictaduras sí, pero también movimientos revolucionarios y en general una efervescencia política y deseo de cambio que no se veía en muchos años. Reagan en Estados Unidos era lo conocido, lo esperado de la gran potencia capitalista. Lo de Thatcher era diferente. 

La “Dama de Hierro” y todo lo que ella significaba se metió de sorpresa como cuña en el debate y la manera de ver el mundo de muchas sociedades latinoamericanas. La izquierda y las fuerzas progresistas simplemente la odiaban. Los conservadores, la gente de centro o los que no les interesaba mucho la política, la admiraban o la respetaban. 

Llama la atención que este respeto fue mucho más importante en el exterior que en Gran Bretaña misma. En su país, aunque ganó tres elecciones generales -gobernó de 1979 a 1990-, Thatcher no gozaba de mucha admiración. Aun entre la gente que votaba por los conservadores había cuestionamientos por la falta de compasión de la primer ministra hacia aquellos que ella misma había perjudicado con sus políticas de privatización, palo y garrote a los sindicatos y en general menos intervención del estado en la vida pública.

Thatcher tenía una respuesta ante estos que cuestionaban sus políticas y su manera de ver el mundo: “no hay otra alternativa”. Hasta el presente, no obstante que la Gran Bretaña de hoy es un país muy diferente al de los 80s, sigue la discusión sobre si lo de Thatcher era necesario. En la práctica, sin embargo, sus ideas en general se implantaron, no sólo en Gran Bretaña misma sino en gran parte del mundo.

Antes de Thatcher, el término privatización no se escuchaba mucho. Desde que la “Dama de Hierro” lo introdujo al discurso y políticas públicas, el término está casi siempre en los programas de todos los gobiernos. En 1986 Thatcher implemento en Gran Bretaña la desregulación de los mercados financieros, la que luego se daría en Estados Unidos y que muchos señalan como la raíz de la gran recesión y crisis del capitalismo internacional en el 2008 y demás.

A diferencia de lo que hasta entonces había sido la norma -y en cierto sentido ha vuelto a serlo con el actual primer ministro- de que los líderes del partido conservador en Gran Bretaña tenían antecedentes y formación de privilegio, es decir venían de familias adineradas o de la clase alta, Thatcher tenía orígenes humildes.

Sus padres eran propietarios de una pequeña tienda donde ella misma había nacido en el segundo piso de la casa. La futura política conservadora se crió y formó en un mundo de meritocracia, donde había que trabajar y estudiar duro para avanzar en la escala social.

Por la influencia de su padre, Thatcher fue a la universidad de Oxford y a los 23 años ya era candidata para el parlamento británico. En 1959 ganó un asiento en la Cámara de los Comunes y desde esa época ya hacía historia siendo además de política profesional la madre de gemelos. Unos años atrás se había casado con Denis Thatcher, un hombre mayor y adinerado que la apoyaría siempre en su carrera pública.

Una vez en el poder Thatcher nunca rehuyó el conflicto o la controversia. Uno de los momentos más críticos de su gestión se dio en octubre de 1984 cuando estalló una bomba de tiempo en el hotel donde se realizaba la convención del partido conservador que por poco termina con la vida de Thatcher. La bomba había sido puesta por el IRA (el grupo guerrillero que peleaba por la salida de los británicos de Irlanda del Norte) y tenía como objetivo matar a la primera ministra quien no estaba en su habitación a las 2:45 de la mañana cuando detonó la bomba.

Thatcher siguió con sus planes y el mismo día, más tarde, dio su discurso ante la conferencia. Años antes, no le había temblado el pulso al rehusarse a negociar la liberación de los presos políticos del IRA de los cuales varios murieron por huelga de hambre -el más famoso Bobby Sands.

Otro asunto internacional en el cual Thatcher dejó su marca fue en el desmoronamiento de la Unión Soviética. La “Dama de Hierro” fue la primera en descubrir que lo del líder soviético Mikhail Gorbachev era diferente y que con él sí “se podía negociar”. El presidente Reagan tomó el consejo de Thatcher. La primera ministra había hecho un viaje a la Union Soviética en 1987 donde fue aclamada por el público en las calles y sin pelos en la lengua atacó en la televisión soviética el régimen comunista.

En noviembre de 1990, cuando el mundo pasaba por uno de esos grandes cambios históricos –“el fin de la historia”  le llamó Francis Fukuyama en Estados Unidos- debido al fin de la Unión Soviética y a muchas de las ideas y programas de la izquierda, una rebelión interna de los conservadores británicos terminó con el liderazgo de Thatcher. En parte por la negativa de la primer ministra -otra de sus obsesiones- a integrarse más a Europa, en este caso por lo de la moneda común.

El público británico además parecía en ese momento rechazar a Thatcher. Un impuesto  a todo el mundo independiente de sus ingresos o propiedad –`poll tax’ en inglés- había generado disturbios en el centro de Londres considerados los peores en cien años. Un poco como que aclamada internacionalmente, o al menos justificada en su ideario, en casa la “Dama de Hierro” no era más tolerada o aceptada.

Para mucha gente joven Thatcher no significa mucho. Apenas una mención en lo que se aprende de historia. Uno más de los líderes mundiales, en este caso de una Gran Bretaña que no cuenta ya mucho en la gran arena internacional. El “Thacherismo”, sin embargo, forma ya parte del imaginario colectivo.

La sociedad capitalista del siglo XXI, con sus ciclos de crisis, prosperidad, ideas de libertad, influencia menor de los sindicatos y demás, aunque acuñadas hace mucho tiempo y de alguna manera normales en sitios como Estados Unidos, deben su vigencia o conocimiento por el ciudadano común, en mucho a la influencia de Margaret Thatcher. Un tanto como Churchill en su tiempo, hoy es Thatcher la que entra a la historia.