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La bola pasa a la Cámara Baja

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Por Carlos Rajo

El Senado aprobó hoy el proyecto de ley de reforma migratoria, el primer gran paso que allana el camino para que se dé luz verde a una nueva legislación sobre inmigración, aunque ahora queda en manos de la Cámara de Representantes que tiene la última palabra sobre el proyecto.

En caso de recibir luz verde en ambas cámaras, la ley, que permitirá entre otras cosas la legalización transitoria de la mayoría de los once millones de indocumentados que viven en Estados Unidos, sería una realidad si la firma el presidente Barack Obama.

Con el voto de 68 senadores a favor y 32 en contra, el senado hizo hoy historia, cosa que no había podido hacer en el 2006 y el 2007, cuando otros intentos similares de pasar una reforma migratoria fracasaron ante la negativa de la mayoría de senadores republicanos.

En este 2013, la diferencia la hicieron precisamente un grupo de senadores republicanos moderados (14), quienes apoyaron el proyecto de ley de más de mil páginas. La totalidad de los senadores demócratas (52 y dos independientes) votaron también por la ley.

Hoy la gran pregunta es qué pasara en la Cámara baja, la que según los procedimientos legislativos de Estados Unidos también juega su parte en esto de la reforma migratoria. La Cámara baja puede tomar el proyecto que le envía el senado y aprobarlo o rechazarlo. O bien puede pasar su propia ley, sea en un paquete completo como el del senado o en varias piezas de legislación.

Las primeras indicaciones sobre lo que pueda suceder en la Cámara baja no son de lo mejor. Hoy mismo, el Presidente de esa Cámara, el líder republicano John Boehner, reiteró una vez más lo que ya se sabía: que a la Cámara baja le tiene sin cuidado lo que haya hecho el senado.

“La Cámara (baja) no aceptará y tampoco votará lo que el Senado apruebe”, señaló Boehner, congresista por Ohio. “Nosotros haremos nuestra propia ley a través de los canales regulares, y será una legislación que reflejará la voluntad de nuestra mayoría y la voluntad del pueblo estadounidense”.

Boehner comparó la ley de reforma migratoria a la ley de salud que se pasó en el primer gobierno de Obama,  la cual igualmente experimentó una furiosa oposición republicana en la Cámara baja. Según Bohener, aunque es cierto que la ley pasó, hoy “el pueblo estadounidense está más en oposición a ella que cuando fue aprobada”.

Lo de Boehner no puede tomarse a la ligera. Es no sólo que como líder de la Cámara baja y de los republicanos tiene gran influencia en todo lo que ahí se hace, sino que además él mismo sabe lo que piensa su bancada de alrededor de 240 congresistas republicanos. Congresistas que al menos por hoy, en su mayoría también tienen la misma posición de Boehner: rechazan la ley que aprobó el Senado.

La esperanza de los que están por la reforma migratoria es que el voto a favor de 68 senadores, entre ellos el de figuras republicanas con gran credo entre los conservadores como el senador de la Florida Marco Rubio, sirva de presión política y pública para cambiar voluntades entre los congresistas republicanos.

Parte del problema o de la diferencia entre la manera de actuar de senadores republicanos y sus pares en la Cámara baja es que los primeros piensan más en términos estatales o nacionales y los segundos más en su interés de distrito congresional. 

Estatales en el sentido de que los senadores deben actuar pensando en satisfacer los diversos intereses que hay en sus estados, unos a favor de la reforma por decir algo y otros en contra. Y nacionales en el sentido de velar por lo que es bueno para el partido republicano todo y/o para sus carreras políticas (de ahí viene de que gente como Rubio apoyaron la reforma porque es bueno para sus aspiraciones presidenciales).

Esto del interés nacional no es cosa de tomar a menos. Una de las razones centrales por las cuales varios senadores inicialmente apoyaron la idea de la reforma migratoria (Rubio y al menos tres otros republicanos que formaron parte del grupo de 8 senadores que escribió la ley) tiene que ver con el resultado de la elección presidencial de noviembre pasado. 

Después de la elección los republicanos se dieron cuenta que en parte habían perdido la presidencia porque el voto latino se fue en su gran mayoría con Obama. Para enmendar esta situación concluyeron que tenían que acercarse a los latinos y que mejor manera de hacerlo que con el tema migratorio.

El detalle es que estos considerandos no se aplican en la Cámara baja. Ahí cada congresista está literalmente en el “sálvese quien pueda”. Cada uno de ellos teme que sus electores no lo vayan a reelegir y vota de acuerdo a lo que cree son las preferencias de la mayoría de sus votantes. Da la casualidad que muchos de estos congresistas proceden de estados y distritos conservadores. Para ellos entonces, votar en contra la reforma migratoria no sólo no les trae consecuencias negativas sino que al contrario, en general lo pone bien con sus electores.

Más allá de lo que ha dicho el líder Boehner, sin embargo, y de esta particular situación de los congresistas republicanos en sus distritos, lo cierto es que la ley que aprobó el Senado tendrá un gran peso en la opinión pública y en el proceso político. En una frase, no será tan simple para los congresistas rechazar la ley del Senado. En particular porque es una ley que llega con el apoyo de más de una docena de senadores republicanos y que se supone irá adquiriendo cada día que pasa más apoyo entre la opinión pública nacional.

Un detalle a favor de la ley es que ha surgido como resultado de una negociación entre demócratas y republicanos, que además tiene el apoyo de diferentes sectores de la sociedad. Pocas veces se ha visto una ley que la apoyen no sólo legisladores de ambos partidos sino también empresarios, líderes sindicales, poderosas compañías de tecnología (Facebook, Google y varias otras similares), granjeros, dueños de lecherías, grupos pro inmigrantes, gobernadores, líderes religiosos, en fin, un amplio abanico de la sociedad al cual será difícil de ignorar. 

Lo de la “negociación” alrededor de la ley no es verso. Así como es cierto que se permitirá la legalización de millones de indocumentados y eventualmente la obtención de la residencia permanente y la ciudadanía, al mismo tiempo la ley incluye otros aspectos que el sistema de inmigración todo pide a gritos que se arreglen. Por ejemplo, lo de mejorar el sistema de verificación de la autorización para trabajar (el llamado E-verify) lo que hará que en un futuro cercano alguien que no tenga sus papeles en regla no podrá conseguir trabajo. O lo de que habrá un sistema para saber cuándo una persona que entró con visa al país sale de Estados Unidos.

Y ni hablar por supuesto de la llamada “seguridad en la frontera”, a la cual gracias a una enmienda de última hora se le añadió lo de los 40 mil guardias fronterizos y las más de mil millas de cerca o muro en la frontera con México. Por cierto, este es un asunto que molesta a mucha gente pro inmigrante -es la ‘militarización de la frontera’ le llaman- pero que los demócratas lo aceptaron precisamente en ese espíritu de negociación y de toma y deja para conseguir que la ley fuera aprobada. 

O qué decir del capítulo de la ley referido a las facilidades para que emigren más científicos, gente experta en computación y similares. Este ha sido un objetivo de las empresas de internet y otras y hoy con la ley lo consiguen. Algo similar con los granjeros, constructores, dueños de lecherías, etc. que contaran con un programa de trabajadores huéspedes que les permitirá traer del extranjero los empleados que necesiten.

En suma, como lo señalan varios senadores, es una ley que no satisface a todos pero que sí resuelve -o intenta resolverlos- al menos los principales problemas del sistema de inmigración. En un mundo ideal, los demócratas hubiesen querido una ley menos dura en muchos aspectos -por ejemplo en eso de que se dará preferencia a la inmigración por capacidad técnica o educación y no por vínculo familiar- y los republicanos una ley que no incluyera la legalización de los millones de indocumentados. Pero el punto es que la política es el arte del “compromise”, por utilizar el término en inglés, de llegar a un acuerdo, de aceptar que no se obtuvo todo lo uno quería en aras de un interés mayor, el interés nacional. La bolita está hoy en la Cámara baja. Por hoy sin embargo, es hora de celebrar.