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“No queremos robar nada sino tener un futuro”: migrantes climáticos buscan el sueño americano pero son retornados a México

Decenas de personas son retornadas a Ciudad Juárez cada día tras una huida frustrada de las consecuencias más severas del cambio climático. “Me da miedo que pueda pasarme eso pero, cuando uno tiene necesidad, sale, pase lo que pase, porque no hay opción”, explica una de ellas.
/ Source: Telemundo

CIUDAD JUÁREZ — A Deivis Nahum Espina la tragedia le cayó del cielo. Un largo diluvio azotó su aldea en Honduras, inundando los cultivos, desdibujando los terrenos, arrasando con casas y caminos. “Fue como en la Biblia”, contaba mientras señalaba al cielo y describía la devastación ocasionada por los ciclones Eta e Iota en 2020.

Aquel cataclismo le impulsó a dejar su país, a los 31 años y acompañado por sus dos hijos, su hermana y sus sobrinos. “Nos vinimos caminando y, a ratos, en buses, fueron como dos meses de viaje”, desgranó. El pasado 15 de marzo cruzó al fin la frontera por el pueblo mexicano de Reynosa y se entregó a las autoridades estadounidenses. 

“Nos metieron a migración, nos hicieron las pruebas y aguantamos frío por dos noches, pero no nos dijeron que veníamos para acá”, contaba con desaliento dos días después en las instalaciones del Consejo Estatal de Población y Atención a Migrantes (Coespo) del estado de Chihuahua, en Ciudad Juárez. Cada tanto volvía a preguntar dónde estaba, como si creyera que todo había sido un error.

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Espina fue devuelto a México sin posibilidad de solicitar asilo en la frontera estadounidense por la aplicación del Título 42, una norma impulsada por el entonces presidente Donald Trump para impedir la entrada de extranjeros alegando la amenaza que supondrían para la salud pública debido a la pandemia de coronavirus. Entre el 21 de marzo de 2020, cuando fue invocada, y el pasado mes de enero, las autoridades fronterizas reportaron más de 62,000 expulsiones exprés de solicitantes de asilo bajo esta medida

“Tenemos a muchas personas que fueron retornadas y están en una situación muy inconveniente porque no quieren solicitar una medida de protección internacional como el refugio en México, y no quieren regresar a sus países sino esperar para ver si logran cruzar”, explicó Enrique Valenzuela, coordinador del Coespo.

Desde su oficina, Valenzuela puede ver, en tiempo real, el tránsito de personas por el Puente Internacional Paso del Norte. En muchas ocasiones, abandona sus reuniones de manera precipitada al observar las largas filas de personas llorosas y angustiadas que avanzan lentamente por el paso peatonal. Tras la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, las autoridades del estado mexicano de Chihuahua comenzaron a notar el incremento en el flujo de migrantes retornados por los puntos de acceso fronterizo. Ahora están llegando, de media, entre 80 y 100 personas diarias.

“Se encuentran en una suerte de limbo migratorio. Es decir: no están en su tierra, acá no pueden ni quieren regularizarse, y tampoco pueden acercarse adonde quieren pedir protección internacional. Para ellos es un laberinto burocrático que genera mucha angustia”, explica con preocupación.

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Huyendo de las tormentas y del hambre

En el año de la pandemia del coronavirus, con más de dos millones de muertes en todo el mundo, Centroamérica sufrió además las consecuencias de la emergencia climática con la formación de 30 ciclones que devastaron regiones enteras y alimentaron la necesidad de emigrar. 

En el Corredor Seco de Centroamérica, una zona geográfica de 1,000 millas de longitud que atraviesa el estado mexicano de Chiapas y se extiende por Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua, hay ocho millones de personas que sufren de inseguridad alimentaria por los crudos efectos del cambio climático, según un informe  de las organizaciones Acción contra el Hambre, COOPI, Trócaire, Oxfam y We World-GVClos.

"Algunos migrantes de la región empiezan a identificar los impactos de los huracanes como motivos de migración. Hay bastantes probabilidades de que la migración, primero interna y quizás internacional también aumente”, explicó Pablo Escribano, especialista de la Organización Internacional para las Migraciones.

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En Honduras, el paso devastador en apenas dos semanas de la tormenta tropical Eta (que tocó tierra en el norte del país el 5 de noviembre de 2020) y el huracán Iota (18 de noviembre) dejaron a más de 250,000 personas sin apenas posibilidad de acceder a servicios de ningún tipo, incluidos sanitarios.

En noviembre de 2020, Francisco Argeñal, director del Centro Nacional de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos, comenzó a darse cuenta de que Honduras vivía una situación climática sin precedentes.

“Fue extraordinario porque nunca habíamos tenido dos ciclones tan seguidos desde que se iniciaron los registros meteorológicos en 1951", explica, "hay una combinación del deterioro ambiental actual y el grado de vulnerabilidad de las personas que han construido cerca de los ríos y en zonas de riesgo”.

Argeñal comenta que solo Eta hizo que en noviembre cayeran más de 800 milímetros de lluvia durante siete días en el norte del país, cuando lo normal son 400 o 450. Es decir, todas las precipitaciones de dos meses se concentraron en una semana, lo cual desbordó los ríos y provocó inundaciones que Iota solo empeoró.

“Algo que vincula esos fenómenos con el calentamiento global es que, en menos de 36 horas, evolucionaron rápidamente de una depresión tropical a convertirse en huracanes de categoría 4. Eso no se había visto antes y está ligado a la subida de la temperatura superficial del mar y mayores cantidades de vapor latente que se relacionan con el cambio climático y el surgimiento de más ciclones en la región”, asevera el experto.

"El impacto ha sido tremendo", explicó Marco Antonio Suazo, consultor de la organización Project HOPE. "Aún hay viviendas destruidas, sectores llenos de lodo como los dejó la inundación. Además, muchas personas perdieron sus empleos por la pandemia”, añadió.

"Ahora vemos a familias casi enteras donde padres, madres e hijos se movilizan para perseguir un sueño pero no saben los riesgos, ni sus condiciones de salud o el idioma. Somos países muy pobres donde el horizonte de la mayoría de las personas es Estados Unidos", asevera Suazo.

Una de esas personas es Estefany Suazo, de la localidad hondureña de El Calán, que conversó con un equipo de Noticias Telemundo la semana pasada: "Hay una nueva caravana y he pensado en irme con las dos niñas, porque la verdad aquí no puedo hacer nada".

Un reporte publicado en febrero por la Red Franciscana para Migrantes estima que cada hora emigran 34 personas de Guatemala, Honduras y El Salvador. Son países azotados por la violencia, la pobreza y la inestabilidad política, pero "las nuevas caras" de este éxodo son este año "los migrantes climáticos", que salen sobre todo de Honduras tras quedarse "sin hogar, sin empleo y sin cosechas", según explicó Rubén Figueroa, miembro del Movimiento Migrante Mesoamericano, una organización no gubernamental que monitorea el desplazamiento de personas en el sur de México.

Figueroa pronostica que el éxodo va en aumento y terminará por alcanzar los niveles previos a la pandemia: "Eso nos preocupa porque los migrantes son muy vulnerables a las redes de tráfico de personas y se exponen a muchos peligros". 

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Es el caso de Dagoberto Pineda: durante años trabajó en una plantación de plátanos de Chiquita, pero fue despedido tras el paso de la tormenta Eta, que destruyó su aldea en Honduras. Sin empleo ni posibilidades de reconstruir su vivienda, vio cómo muchos de sus compañeros se iban con los coyotes hacia Estados Unidos. y decidió que tambien era su momento de marchar.

"Huimos porque lo perdimos todo. Allá no nos queda nada, por eso decidí arriesgarme. Pero no logré nada", explicaba el 17 de marzo. Pasó cinco días en las instalaciones migratorias estadounidenses antes de ser retornado a Ciudad Juárez. "Nos dijeron que iban a ayudarnos pero no nos dieron nada. Nos quitaron nuestras cosas, ropa y todo porque decían que era basura", se lamentaba en la sede del Coespo.

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A pocos pies de distancia estallaba en lágrimas Alba Juárez Méndez. Decía que le gustaba su vida sin lujos, pero con la seguridad de tener un techo encima y poder alimentar a sus hijos con la siembra de papas, maíz y frijol de su milpa en la aldea de Sóchel, en la provincia guatemalteca de San Marcos. Pero las tormentas dejaron su casita de madera y láminas como un colador. Entre risas y llanto explica que a veces llovía más adentro que afuera.

"Los hoyos eran tan grandes que muchas veces nos salíamos porque todo se mojaba adentro. Nosotros nunca tuvimos electricidad, pero después del huracán tampoco había agua, nos quedamos sin trabajo y la siembra se acabó. Entonces ya no pudimos quedarnos", decía entre sollozos.

Su esperanza era cruzar a Estados Unidos y reunirse con su tío, que vive en Chattanooga, Tennessee, porque los 300 quetzales (39 dólares) que ganaba mensualmente limpiando casas y lavando ropa no le alcanzaban para garantizar los alimentos de Yareli, su hija de dos años, en medio de la devastación que dejaron las tormentas. Por eso salió de Guatemala hace mes y medio, caminando y pidiendo aventones hasta llegar a Ciudad Juárez.

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"Pero, como no me vine con un coyote, no sabía nada. Llegué al puente y la Migra mexicana no me dejó pasar. Dijeron que la frontera está cerrada por la pandemia y ni siquiera me dieron un albergue", explicaba entre sollozos.

Juárez Méndez dice que salió desesperada de las instalaciones mexicanas en la noche del 17 de marzo, cuando le dijeron que no había espacio para que se pudiera quedar en ninguno de los 18 refugios de Ciudad Juárez. Caminó durante una hora, sin dinero, por las calles polvorientas de la frontera hasta que una mujer se conmovió y le ofreció darle alojamiento a cambio de trabajo.

Un grupo de personas migrantes a las afueras del Consejo Estatal de Población en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 18 de marzo.Albinson Linares

"Y así estamos en México, no podemos regresar, allá estamos derrotados", explica, "ojalá que el presidente nos deje pasar, no queremos robar nada sino tener un futuro, construir una casa, tener electricidad, agua y estudios para mi hija".

Su voz se quiebra cuando recuerda a 16 compatriotas que fueron baleados y quemados en Tamaulipas el 22 de enero. Eran migrantes que, como ella, buscaban una oportunidad huyendo de la violencia y la crisis económica que la pandemia agudizó en Centroamérica.

"Me da miedo que pueda pasarme eso pero, cuando uno tiene necesidad, sale, pase lo que pase, porque no hay opción", concluye con un suspiro, "ellos lucharon por su vida y buscaron una manera, pero mira lo que les pasó".

Raúl Torres, corresponsal de Noticias Telemundo, colaboró en este reportaje.

Si tiene denuncias sobre la emergencia climática en México y Centroamérica puede escribir a albinson.linares@nbcuni.com