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Este padre desesperado viajó a la frontera a buscar a su familia para evitar que les expulsen de nuevo a México

"Yo le hago esta pregunta a muchos padres: ¿qué están dispuestos a hacer por sus hijos? ¿Qué están dispuestos a hacer por su familia? Y este es uno de los riesgos que estoy tomando", explicó. Así buscó a sus hijos en plena oscuridad en el mero río.
/ Source: Telemundo

MCALLEN, Texas.– Al bajar del coche, estira las piernas y cambia las chanclas por unos tenis. Ha manejado durante horas hacia el sur, dirección a la frontera, y al llegar le sorprende la suave brisa que esta noche amansa el calor texano. Piensa que quizás es un buen augurio. Desde el mediodía, ni come ni va al baño porque sabe que los nervios se le ponen siempre en el estómago. 

Edín Galeano, un inmigrante hondureño de 36 años, quiere encontrarse esta noche con su familia en la exacta línea fronteriza, en el mero río.

Lleva casi seis años sin darle un abrazo a su pareja, dejó a su hija cuando era una bebé, y a su hijo, de 5 años, lo conoce sólo por videollamadas desde Honduras. La mamá y los niños intentaron cruzar la frontera dos veces, pero las autoridades estadounidenses los expulsaron: primero bajo el Gobierno de Donald Trump y, en agosto de 2021, durante la Administración de Joe Biden.

Desesperado y endeudado por pagar los cruces, Galeano no vio otra alternativa que viajar él mismo a la frontera y evitar a toda costa que la Patrulla Fronteriza encuentre a su familia, los procese y los expulse sin evaluar las opciones de asilo, como está ocurriendo desde que empezó la pandemia. 

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“Yo le hago esta pregunta a muchos padres: ¿qué están dispuestos a hacer por sus hijos? ¿Qué están dispuestos a hacer por su familia? Y este es uno de los riesgos que estoy tomando como padre de familia responsable. Sueño con esto. Lo más importante en mi vida es mi familia. Siento que nada tiene valor para mí, nada tiene sabor para mí en este país después de cinco años sin ellos”, dijo Galeano a Noticias Telemundo Investiga.

Edín Galeano observa el valle de Rio Grande en Texas la noche en que fue a recoger a su familia en la frontera.Damià Bonmatí

10:30 pm: “Yo creo que van a salir por aquí”

Embarcado en una lenta solicitud de asilo desde 2016, es consciente de lo riesgoso que es lo que está a punto de pasar. Busca un chicle porque los nervios le están amargando la boca y coloca una sillita infantil que espera estrenar con sus hijos. “Me la encontré entre las cosas que botan los americanos, a uno le sirven”. También hace pruebas con las llaves del auto para comprobar esas cosas en las que normalmente nunca se fija: si, al abrirse la cerradura, hace ruido y si se encienden las luces.

Cerca de la frontera, por las noches, las carreteras y los caminos se llenan de camionetas de la Patrulla Fronteriza, autos de policías locales, agentes del estado de Texas y reservistas del Ejército. De vez en cuando algún helicóptero aparece en el cielo estrellado o un gran foco rompe la negritud de la vegetación. Galeano, que se aferra a su permiso de trabajo en Estados Unidos, siente que esta noche tiene que ser invisible en la frontera. 

En Texas, muchos terrenos que dan al río son de propiedad privada y, en los últimos meses, el estado sureño ha intentado aumentar los castigos para los migrantes que cruzan por esos campos y para las personas que los transportan por las carreteras del estado.

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Cada pocos segundos, Galeano baja la mirada al celular. Su pareja lleva un teléfono escondido entre la ropa y le envía la ubicación en tiempo real por WhatsApp. “Nosotros estamos en este lado y yo creo que van a salir por aquí”, indica en la pantalla. Los dos puntos se ven cerca, cada vez más cerca en el mapa, pero en medio está el río Grande, que se ha convertido en esa frontera tan transitada, soñada, ansiada y dolorosa.

11:55 pm: “Esos podrían ser mis hijos”

De camino al río, se cruza con familias migrantes que acaban de tocar suelo estadounidense y buscan a los agentes de la Patrulla Fronteriza para entregarse. Hay madres cargando a sus bebés en la espalda, padres que dan la mano a sus pequeños, y rostros jóvenes que casi no son ni adolescentes, con las botas embarradas. Galeano comprueba cada uno de los rostros. Se dan las buenas noches mutuamente y, mientras se alejan, él piensa en voz alta:

– “Es gente que trae muchos sueños por cumplir. Pienso que uno de ellos podrían ser mis hijos, ¿verdad?”.

Una cicatriz le recuerda por qué dejó Honduras: dice que recibió un disparo trabajando de chofer para una campaña política y pidió asilo en Estados Unidos. No partió de inmediato, pues le tocó reunir el dinero para la costosa huida. Ahora, con el intento de su familia, los pagos se han ido sumando y las deudas acumulándose.

Con la pandemia, Estados Unidos ha aplicado el llamado Título 42 en la frontera. Considera que la llegada de migrantes es un riesgo para la salud pública y ya ha realizado más de 800,000 expulsiones en lo que va de año fiscal.

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La mayoría son devueltos a ciudades fronterizas de México donde enfrentan precariedad, extorsiones y secuestros de manera cotidiana. La organización Human Rights First ha contabilizado al menos 6,356 secuestros, agresiones sexuales y otros ataques violentos desde que Joe Biden asumió la presidencia. 

El primer viaje de la mamá y los niños costó unos 10,000 dólares, pero los devolvieron. Luego unos 9,000 más, y los expulsaron a Ciudad Juárez. Y esta tarde, Galeano ha tenido que hacer un pago más, de 2,000, para que los crucen de nuevo.

12:30 am: “Tampoco están en esa balsa”

Al llegar al río, Galeano apaga la linterna y delante de él sólo ve oscuridad. Intuye lo que pasa del otro lado, en México: se oye a los migrantes que susurran antes de cruzar. Es un trajín casi indetectable, sólo roto por algún llanto infantil, las órdenes de un coyote con voz grave y el ruido de las balsas llenándose de aire.

Edín Galeano mira a los migrantes cruzar en una balsa el Rio Grande mientras espera encontrar a su familia.Damià Bonmatí

Con la linterna, Galeano ilumina las primeras balsas que cruzan el río. Cara a cara, mira si encuentra a su pareja y a sus hijos. Pero no. Devuelve la mirada al celular, a la ubicación que le mandan por WhatsApp. 

– “Ya están en el río. Ya está para cruzar”.

Ayuda a unos niños a salir de la balsa que se tambalea. Le impresiona un bebé de meses bien pegado al pecho de su papá. Una mujer se cae en las rocas. Llega una balsa, y otra, y otra.

Pero no encuentra las caras que tanto desea ver.

La cara se le va hundiendo. Balbucea. Duda si está en el buen lugar, se pregunta si ya han pasado quizás, si han perdido la señal del teléfono o se lo han robado. Su idea de bajar hasta la frontera estaba llena de buenas intenciones pero, ahora, en este rincón de río, evitando los mosquitos y las hormigas, también le parece muy ambiciosa en una frontera tan grande, remota y oscura.

– Falta un grupo más, jefe. Uno más y ya – le dice el coyote, un hombre de voz grave, con el torso desnudo, tatuajes a la vista y el agua por la cintura, que se ha dado cuenta de que Galeano busca a alguien.

Galeano se sienta en una roca. Teme que sus hijos no le reconozcan, pero luego se corrige al pensar que uno no cambia tanto en videollamada.

Sonríe. Cuenta que le hizo una promesa a su hija de 6 años. Si no se quitaba la mascarilla en todo el camino, comerían juntos un helado en Estados Unidos. La mamá le dijo que no se la volvió a quitar.

Llega la última balsa de la noche según el coyote. Una mujer lleva sus pertenencias comprimidas en una bolsa de supermercado. Un hombre carga en sus brazos a una niña dormida de unos 6 años. 

– No – dice, cortante, Galeano. Tampoco están en esa.

12:50 am: “Tranquila, tranquila”

Traga saliva, vuelve al teléfono y no le contestan a la llamada. Pero, de repente, se oye el sonido agudo que salta cuando recibe mensajes de whatsapp.

– “¡Dice que ya cruzó!”

La ubicación es también en el río, pero más arriba. Intenta orientarse. Galeano cruza el monte a oscuras, lo más rápido que puede. Avanza entre la vegetación, se oye el crujir de las ramas a su paso, y casi pisa un alacrán. La humedad y el calor le invaden el cuerpo pero no se da cuenta, pues teme que las autoridades los encuentren antes. Hasta que llega a una curva en el camino y se los topa.

El inmigrante hondureño Edín Galeano abraza a su pareja tras encontrarla en la orilla del Rio Grande, Texas, después de más de cinco años sin verla.Damià Bonmatí

– Ahí está mi niña preciosa… Tan lindo mi niño, precioso, caramba – su voz tiembla entre el llanto y la risa mientras los abraza. 

A su pareja, cuando la abraza, le susurra al oído: “¿Tranquila, ok? Tranquila”.

Mientras Edín repite “tan grande mi bebé, si está grande mi bebé”, sus hijos dicen que ese es su “papi”. Lo han reconocido. Se han reencontrado. Lo han logrado.

1:31 am: Hamburguesas en el drive-thru

Les toca deshacer el camino y volver al coche, en el máximo silencio y con la linterna apagada. Las rondas de reservistas del Ejército siguen y la Patrulla Fronteriza continúa procesando a personas. Se suben al auto e inician el trayecto. Ven por la ventanilla una calle cortada donde las autoridades migratorias tienen a filas de migrantes esperando y un autobús blanco listo para procesarlos.

Durante decenas de millas, Galeano maneja bien lento, con la máxima cautela, cualquier pequeño error llamaría la atención de las patrullas de tráfico que pueblan las carreteras fronterizas. Hasta que se sienten más seguros y paran a comer algo.

Es un drive-thru texano, abierto 24 horas y presidido por una bandera estadounidense. Piden coca-cola, limonada, hamburguesa y ensalada. Celebran que están juntos a las 3:30 de la madrugada.

Edín Galeano se reúne con su pareja y sus dos hijos, al menor de los cuales conoce en persona por primera vez, casi seis años después de que salió de Honduras.Damià Bonmatí

El día después

Con la luz del sol, la familia vuelve a la realidad. Compran ropa, se ponen al día, se ajustan a la coexistencia de los cuatro cuerpos en un mismo espacio físico como es la habitación de un motel. Visitan a un abogado de inmigración en una organización comunitaria de la frontera, La Unión del Pueblo Entero, y se dan cuenta de algo.

Después de soltar la adrenalina a pie de río, ahora les tocará segregar paciencia. Pueden incorporar a la mamá y a los hijos en el caso de asilo de Galeano, pero el proceso es lento.

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El gran riesgo, comenta el abogado, Jorge de la Fuente, es salir del área fronteriza antes de que ese proceso esté en marcha. Los checkpoints en dirección al norte son un peligro especialmente para la mamá. Tras sus lentes gruesas, sus ojos se le achican. Sufrió mucho en el camino y no quiere afrontar una probable detención que la lleve a una posible nueva expulsión.

El niño juega con un dinosaurio de juguete y la mayor intenta entender la conversación. Los padres escuchan tensos al abogado, que sabe que no les dice lo que más les gustaría oír, y le dan las gracias.

Salen de la oficina pensativos y agarrados de la mano de sus hijos. No queda claro quién le agarra la mano a quién.

El periodista Caleb Olvera participó en el reporteo de esta nota.