Indocumentado mexicano se convirtió en prestigioso neurocirujano de EEUU

El actor Brad Pitt quiere producir una película sobre la extraordinaria vida del médico conocido como "Dr Q."

El Dr Alfredo Quiñones-Hinojosa, conocido como Dr Q., es toda una personalidad en el mundo de los cirujanos neurológicos de Estados Unidos. Pocos saben, sin embargo, que antes de ser una celebridad médica, Quiñones fue un indocumentado que trabajó de sol a sol y ni siquiera hablaba inglés.

Ahora es el investigador principal en el laboratorio de células madre para los tumores cerebrales de la Clínica Mayo en Florida y preside la cátedra de cirugía neurológica.

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Como galeno, el Dr. Quiñones-Hinojosa cree que la interacción personal que tiene con sus pacientes es lo que hace que su trabajo sea tan especial. “La dificultad de lo que hacemos -asegura- no está en la cirugía, sino en la conexión emocional que uno establece con los pacientes”.

Tal vez este trato cálido se deba a que el Dr. Q. prefiere darle a los enfermos ese calor que a él mismo le faltó cuando, siendo el mayor de seis hermanos de una familia humilde de las afueras de Mexicali, tuvo que trabajar desde los cinco años, pero sobre todo cuando a los 18 años decidió saltar la barda fronteriza que separa a México de los Estados Unidos.

Capturado por la policía de la frontera y devuelto a su país, aquel jovencito volvió a intentarlo, y esa vez sí que lo logró. A partir de ese momento todo fue sacrificio y fortaleza, pues no tenía un centavo para empezar su nueva vida, y ni siquiera hablaba inglés.

“Yo conocía los riesgos -admite ahora-. Tenía grandes sueños, y prefería arriesgar mi vida antes que quedarme en México...”

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Apenas arribó a Fresno, California, el jovencito Alfredo Quiñones-Hinojosa se puso a trabajar como cosechador de algodón, tomate, maíz, uvas y hasta melones. También fue pintor y soldador. Vivía de inicio en una casa móvil, mitad de metal, mitad de madera contrachapada; luego pudo compartir un apartamento de apenas una habitación con cinco miembros de su familia.

Han pasado muchos años, pero este valiente recuerda todavía un día en que, en medio de un campo en el que trabajaba, le dijo a su primo que quería ir a la escuela, aprender inglés y tener un mejor futuro. “¡Este es tu futuro! -le contestó el otro- Tú viniste a este país a trabajar en el campo, así como nosotros”.

Pero aquel no sería su destino. Alfredo estaba convencido de ello, y para lograrlo, incluso siendo un indocumentado, se puso a estudiar, aprendió inglés, ayudó a otros como él que necesitaban ayuda en ciencia y en matemáticas, mientras se incorporaba a trabajar como soldador en una compañía de ferrocarriles.

Fue en esa época, cuando con 21 años cumplidos, Alfredo estuvo al borde de la muerte. El 14 de abril de 1989, mientras trabajaba como soldador, el joven se cayó en un tanque de petróleo vacío. El impacto fue muy fuerte, Alfredo había recorrido unos 18 pies de altura antes de llegar al fondo. A duras penas, con la ayuda de sus colegas, fue extraído, pero la inhalación de toxinas hizo que se desmayara en el trayecto y volviera a caer.

Cuando despertó estaba en la unidad de cuidados intensivos del hospital más cercano.

“Siempre he sentido que todo lo que me ha pasado desde ese momento ha sido un regalo -reflexiona el Dr. Q. en la actualidad-. Yo pienso que estaba destinado a salir de aquello”.

Es esa misma sensación la que este científico neurocirujano con un reconocimiento internacional y una labor meritoria en el Hospital de Johns Hopkins, de Baltimore, en Maryland, trata de imprimirle a sus pacientes momentos antes de una cirugía: “tienes suerte de estar vivo, ahora vive tu vida al máximo”.

En 1992, Quiñones renunció a su trabajo en los ferrocarriles, logró sacar sus estudios preparatorios e ingresó al Colegio Comunitario del Delta, en el norte de California. Luego logró hacerse de una beca para la Universidad de California Berkeley, donde estudió psicología.

Pero ahí no terminó su recorrido. Con la imagen de su abuela, una curandera de Mexicali, siempre presente, Alfredo optó por estudiar medicina, para luego especializarse en neurociencias, y seguidamente aplicar para la Escuela de Medicina de Harvard, donde fue aceptado.

“Siempre me esforcé por ser el mejor [trabajando en el campo] y eso no cambió cuando entré en Berkeley en 1991 -confiesa Dr. Q.-. Quería ser el mejor estudiante de pregrado. Cuando llegué a Harvard, quería ser el mejor estudiante de medicina”.

En Harvard, el Dr Quiñones descubrió la química que tenía con el Dr. Ed Kravitz, responsable del laboratorio de neurobiología. Kravitz había sido un niño callejero del Bronx que a los 30 años llegó a profesor en Harvard.

De aquellos años data el impulso del Dr. Q. para ayudar a los estudiantes menos afortunados para que encontraran un lugar donde alojarse. Fue allí también cuando vinieron los momentos más grandes de su superación, cuando recibió honores académicos de los que hoy está muy orgulloso.

También recibió su ciudadanía estadounidense, vio nacer a su hija y finalmente, en 1999, se graduó con honores, siendo él quien leyera el discurso en la ceremonia de graduación de la escuela de medicina de Harvard.

A partir de ese punto, el Dr. Quiñones realizó su internado, su residencia, y su trabajo post-doctoral en la Universidad de California San Francisco. En 2005 llegó al Johns Hopkins Hospital como profesor y cirujano especializado en cáncer cerebral y en tumores pituitarios.

Sus títulos lo dicen todo: Profesor Asociado de Cirugía Neurológica, Profesor Asociado de Oncología, Director del Programa de Cirugía de Tumores Cerebrales en el Johns Hopkins Bayview Medical Center, y Director del Programa de Cirugía Pituitaria en el Hospital Johns Hopkins.

Quien fuera víctima de la discriminación cuando trabajaba en los campos de California, lo tiene todo muy claro: “Miro los cerebros de cristianos, musulmanes, judíos, de gente de China, de México y de Europa, y no hay distinciones”, puntualiza.

Todos los que lo conocen saben que cuando no está enseñando o en el quirófano, el Dr. Quiñones se encuentra en su laboratorio, investigando para la búsqueda de una cura al cáncer.

Su creencia es que existen células madres naturales en el cerebro que, si se colocan en el lugar correcto, pudieran detener la migración de células cancerosas hacia ese órgano, lo que sería mucho más efectivo y natural que cualquiera de las cirugías y los tratamientos con radiaciones que se empleen en la actualidad.

A finales del año pasado, la presa divulgó que el célebre actor Brad Pitt planea producir una película basada en la vida de este neurocirujano que con apenas 18 años cruzó la frontera y se empeñó en lograr sus sueños de crecer cada vez más.

“Yo le digo a la gente que los sueños nadie te los puede quitar -concluye Dr. Q.-. Al final del día en este país todavía se valora la honestidad y el trabajo duro”.