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Una rara secuela del coronavirus lo llevó al borde de la muerte pero el amor de su esposa ayudó a salvarle la vida

El síndrome de Guillain-Barré mantuvo a Hernando Rodríguez semanas en el hospital, mientras su esposa Solangi Urueña buscaba formas de mantenerlo vivo y seguir cerca de él. Sus médicos creen que esta relación fue clave para explicar su extraordinaria recuperación.

Hernando Rodríguez despertó una mañana en la cama de un hospital, desorientado, medicado y conectado a equipos médicos.

Su desconcierto aumentó con la llamada de un amigo, que rompió a llorar de felicidad y asombro al poder volver a tener una conversación normal con él.

“Bueno, gracias", respondió Rodríguez extrañado, "pero yo no estuve tan grave”.

Su esposa Solangi Urueña estaba a su lado, como lo había estado los últimos 22 años, con pocas excepciones. Ella recuerda que lo miraba y pensaba: “¿Cuándo le voy a decir todo lo que hemos pasado?”. 

Al acabar la llamada, Urueña le dijo: “Venga, mi amor, nosotros tenemos que hablar”. 

Durante un mes, Rodríguez había permanecido en estado crítico, inconsciente y paralizado por un síndrome poco usual. Había llegado al borde de la muerte y regresado: en palabras de sus médicos, “había vuelto a nacer”, y miles de personas habían seguido de cerca su recuperación.

“Le empecé a mostrar videos y a contar todo”, cuenta Urueña desde su casa en Miami. “Él se puso a llorar, y preguntaba: ‘¿Cómo así que yo estuve tan mal?’. Y nos pusimos a llorar los dos”.

* * *

Rodríguez, su esposa y sus tres hijos se contagiaron de coronavirus a principios de este año. Planeaban un viaje de Florida a Tennessee para celebrar sus 17 años de casados y temieron tener que suspenderlo, pero al hacerse las pruebas poco después todos dieron negativo y el 9 de enero de 2021 pudieron partir.

Hernando Rodríguez y Solangi Urueña en Tennessee en enero de 2021. Cortesía Solangi Urueña

Fue allí donde Rodríguez comenzó a sentirse mal. Empezó con una molestia “que no era un dolor cualquiera: era como si literal me quemaran las piernas por dentro”, recuerda. Ningún analgésico funcionaba contra ese dolor insoportable. Al volver a Florida, acudieron a una clínica cercana donde le aseguraron que se trataba de síndrome post-COVID, una serie de secuelas de largo plazo que incluyen fatiga, desorientación y neuropatías como dolores en las extremidades. Le recomendaron seguir tomando analgésicos.

Pero el dolor persistía, la debilidad aumentaba y su esposa empezaba a preocuparse. Un mediodía, a la hora de preparar el almuerzo, Rodríguez quiso acompañarla, pero tuvo que pedirle ayuda para pararse. “Me estás asustando, mi amor”, le dijo Urueña.

Él llegó a la cocina tambaleándose, tomó un vaso de agua y se desplomó: “Mis piernas no me responden”, exclamó.

Rodríguez “se puso verde”, recuerda su esposa, “yo gritaba como una loca”. Sus sobrinos, que viven en Colombia, estaban de visita y corrieron a ayudar a levantarlo. Pidieron un Uber para ir al hospital Kendall Regional Medical Center.

Era 20 de enero de 2021, justo cuando los hospitales de todo el país estaban al borde del colapso por la pandemia del coronavirus.

Cuando llegaron, unos 15 minutos después, la parálisis se extendía por el resto de su cuerpo: si alcanzaba a sus músculos respiratorios y no lo intubaban a tiempo, su vida correría peligro.

Le hicieron exámenes, tomografías y resonancias magnéticas. Urueña recuerda estar “inconsolable”; las enfermeras se apiadaron de ella y le dejaron verlo antes de trasladarlo a la unidad de cuidados intensivos. Al salir, con él estaba la neuróloga que le comunicó el diagnóstico: síndrome de Guillain-Barré.

Pese a ser poco común, esta enfermedad ha sido identificada como una posible secuela del coronavirus. Suele presentarse después de que el cuerpo derrota una infección (que puede ser una bacteria o un virus, en este caso fue el Sars-COV-2). Las defensas del cuerpo, en lugar de volver a la calma, pierden el control y atacan las células sanas de la mielina, la capa que recubre las conexiones entre las neuronas del cerebro y del sistema nervioso del cuerpo entero, según los Institutos Nacionales de Desórdenes Neurológicos.

[Una neuróloga explica qué es la enfermedad de Guillain-Barré que padece Vicente Fernández]

Igual que el plástico que recubre los cables de electricidad, la mielina asegura que no se dispersen las señales eléctricas que se disparan de neurona a neurona, haciendo posibles todas las funciones del cuerpo y de la mente, desde caminar o sostener un tenedor hasta leer un artículo en internet como éste.

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) calculan que hasta 6,000 personas desarrollan Guillain-Barré en Estados Unidos cada año. Se han reportado al menos 250 casos en una docena de países, desde Italia y Egipto hasta India y el Reino Unido, que han ocurrido tras una infección de COVID-19, y al menos otros 100 casos tras la aplicación de la vacuna de Johnson & Johnson. No se sabe qué lo causa o por qué aflige a unos y a otros no. Tampoco se conoce una cura.

Aunque la mayoría de afectados se recupera, es menos probable que sobrevivan quienes llegan a sufrir una parálisis completa, como la que sufrió Rodríguez.

* * * 

Hernando Rodríguez nació en Ibagué, Colombia, hace 46 años, y en 1999 conoció en Cali a su esposa, Solangi Urueña, de 42 años. A él le gustó desde el primer instante, pero durante meses “no le di ni la hora”, ella misma cuenta. Un día, cuando parecía que ya él iba a desistir, fue ella quien le dio el primer beso. Dos años después se casaron. Tuvieron tres hijos: Juan Pablo, de 22 años, Mariana, de 16, y Gerónimo, de 14.

Hernando Rodríguez y Solangi Urueña en Cali, Colombia, en 1999, el año en que se conocieron. Cortesía Solangi Urueña

Hace tres años emigraron de Colombia a Estados Unidos, tras pasar la mitad de sus vidas juntos. Pero cuando lo hospitalizaron aquel 20 de enero, su esposa no pudo acompañarlo debido a las restricciones por el coronavirus.

Ella pidió entonces instalar un trípode con un iPad en el cuarto de Rodríguez para verlo y hablarle, de día, de noche, consciente o inconsciente, “para que no se sintiera allá, solo y olvidado”. 

Comenzó así una odisea contra una enfermedad de la que su familia no sabía nada. El síndrome de Guillain-Barré es particularmente peligroso porque afecta a todo el cuerpo. La inmovilidad puede desencadenar por ejemplo coágulos en las piernas que viajan al corazón o pulmones; cualquier complicación, por pequeña que sea, puede ser fatal.

Precisamente para evitar los coágulos, Rodríguez tuvo que usar botas de compresión especiales que estimulaban su circulación. Pero la inmovilidad le generó una herida abierta en el coxis que debía ser desinfectada a menudo para evitar una infección a toda costa. Equipos de enfermeros entraban y salían a todas horas, y allí, al lado de Rodríguez, todo lo que se lo permitían, estaba su esposa, ayudando, observando y aprendiendo.

Hernando Rodríguez debía usar botas de compresión para estimular su circulación y que no se formaran coágulos.Cortesía Solangi Urueña

La complicación más inesperada llegó cinco días después de ser internado. Para sorpresa de los médicos, Rodríguez dio positivo de nuevo a la prueba de COVID-19 ese día y por todo el mes siguiente.

Desarrolló una neumonía severa que duró 50 días. Tuvieron que practicarle una traqueostomía para respirar, y no podía ni masticar ni tragar, por lo que lo alimentaban y medicaban con un tubo conectado al estómago.

Pasaron 10 días y, pese a la angustia de su familia, Rodríguez pareció recuperarse: comenzó a mover la cara y a sonreír.

"Todos estábamos felices, la neuróloga nos llamó, puso la cámara, saludándolo, esa euforia de todo el mundo”, recuerda Urueña. Pero dos días después, el 7 de febrero, la parálisis regresó y más fuerte que nunca.

“Yo sentí que entré fue a sanarlo”

Tras 28 días hospitalizado, una llamada despertó a Urueña de un profundo sueño. Eran las 2:40 de la madrugada. Rafael, uno de los enfermeros que cuidaban a Rodríguez y con quien había entablado una amistad, le dijo, “Tu esposo no está bien… yo no lo dejé así anoche”. Aunque Rodríguez había pasado de cuidados intensivos a cuidados intermedios, Rafael le dijo que había tenido que llamar a los médicos de la UCI y le mostró a su esposo por videollamada.

“Cuando me lo puso en la cámara casi me muero”, dice ella, “no era mi esposo, estaba muy, muy malito”. Rafael la animó a venir corriendo al hospital y buscar permiso para verlo: “Llama a quien sea, pero tienes que entrar”, le dijo desesperado.

"Él salivaba todo el tiempo porque los músculos de su garganta no funcionaban aún, y tampoco podía tragar por la traqueotomía y podría broncoaspirar", explica Urueña.Cortesía Solangi Urueña

“Yo quedé en una crisis de... me dio como un ataque de pánico”, recuerda ella. Fuera del hospital, le suplicó esa madrugada a la jefa de enfermeras que la dejara pasar: "Se lo ruego, por favor, déjeme ver a mi esposo”, recuerda que le dijo, “llevo un mes con él en urgencias, nunca más lo he podido tocar, no lo he podido sentir, él está mal, yo sé que si él me ve él se puede parar, yo sé que al verme, su energía, mi energía… nos necesitamos, por favor, esto es una crueldad”.

Le dijeron que podía entrar pero más tarde. A las 10 de la mañana pudo al fin pasar a una sala de la UCI, donde recibió la llamada de una de las doctoras, que le contó que llevaban horas luchando por estabilizarle su baja presión arterial y el ritmo de su corazón, que latía a 200 por minuto: habían hecho todo lo médicamente posible, le dijo, pero su estado era “crítico y delicado” y no respondía. Aunque no lo dijeron, ella sintió que le estaban avisando para despedirse. 

Una enfermera salió para hacerla pasar, pero justo antes la detuvieron de nuevo porque había empeorado súbitamente. Allí, a la entrada del cuarto, Urueña se arrodilló, levantó sus manos y se puso a rezar.

“Sentí que una persona me cogió una mano y otra persona me cogió la otra, y cuando abrí los ojos yo pensé que me iban a parar, pero eran dos enfermeras orando y llorando conmigo”, recuerda. “No te imaginás todo lo que uno alcanza a... no sé, a generar, a mover, a hacer, en un momento de tanta angustia y tanta desesperación”. 

No te imaginás todo lo que uno alcanza a... no sé, a generar, a mover, a hacer, en un momento de tanta angustia y tanta desesperación”

Sol Urueña

La enfermera salió de nuevo y le dijo que tenía un minuto para verlo.

“Cuando entré a la habitación, ella le dijo, ‘Tu esposa está aquí’... cuando él oyó eso, mi esposo volvió. Tenía la boquita desencajada... no, no era él. Y cuando ella le dijo eso, él abrió los ojos y cerró la boca, o sea, volvió en sí. Y claro, yo me le fui encima, yo le daba besitos y besitos, yo le decía que fuera fuerte, que tranquilo, que Dios estaba con nosotros, y empecé a orar, de una manera... que no te la podría explicar porque me quedo corta de palabras”, explica.

[Estos son los síntomas del síndrome de Guillain-Barré, la rara afección vinculada a la vacuna de J&J]

Nueve horas más tarde, los doctores lograron estabilizar su corazón y encontraron lo que lo estaba matando: una infección urinaria que había llegado a sus riñones.

“Los médicos me dijeron que ese día volvió a nacer”, cuenta Urueña. Pero ahora comenzaba el segundo tramo de su odisea: volver a aprender a comer, a tragar, a ir al baño, a sentarse, a caminar, “igual que un bebé”.

“Hernando, desafortunadamente, tuvo que llegar hasta el punto de una falla respiratoria”, cuenta José Barros, especialista en medicina interna que lo trató en el Kendall Regional Medical Center. Lo que más le impresionó fue lo rápido que se recuperó con la dedicación de su familia, y sobre todo de su esposa, agrega.

“Vimos todo el cariño, el amor… es decir, estás hablando de una señora que dormía mirando en el iPad a su esposo, nosotros se lo poníamos en un trípode y ella lograba verlo durante la noche, y durante las 24 horas del día”, dice Barros. 

Sus hijos Juan Pablo y Gerónimo también le hablaban por videollamada a todas horas. Su hija Mariana le contaba lo que había hecho en la escuela ese día y le cantaba las canciones que juntos interpretaban en la iglesia. Sobrinos, primos y tíos le enviaban mensajes de voz dándole ánimo.

“A mi esposo duré 30 días sin verlo, solo por cámara. Eso no sé cómo llamarlo… una tortura, un crimen, eso es muy duro”, explica, “de verdad es tenaz: ¿vos saber que la persona que más amás está ahí muriéndose, y vos no podés ni siquiera ir a cogerle la mano? Muy duro, de verdad. Enloquecedor”.

Los médicos me decían: ‘Ustedes son exceso de amor… no, esta mujer no puede salir de acá, ella lo va a parar de esa cama, como sea”

Sol urueña

Urueña pedía que la dejaran estar más tiempo con él, quizá quedarse en el hospital una noche, o varias. No era una decisión fácil, pues las restricciones del COVID-19 significaban que no iba a poder entrar y salir, iba a tener que quedarse internada con él mientras sus hijos permanecían con familia afuera. Finalmente, al ver cómo había reaccionado a la presencia de su esposa aquel día en que casi muere, y tras insistir sin tregua por un mes desde que lo internaron, cuando Rodríguez salió de cuidados intensivos y salió negativa su prueba de coronavirus, el hospital dejó que Urueña se quedara con él. Ella se puso entonces manos a la obra. 

“Ella llegaba a trabajar de la mano, a ayudar, a moverme, a preguntar”, explica Rodríguez. “Se volvió enfermera VIP, terapeuta respiratoria, fisioterapeuta, rehabilitadora, peluquera, todo, por amor... Uy, esa pelada se ganó un viaje a Hawaii”, bromea, y ella, a su lado, ríe.

“Los médicos me decían: ‘Ustedes son exceso de amor… no, esta mujer no puede salir de acá, ella lo va a parar de esa cama, como sea”, cuenta Urueña.

Urueña trabajó de la mano con doctoras y enfermeros del Kendall Regional Hospital para acelerar la rehabilitación de su esposo. Cortesía Sol Urueña

Gran parte de ese primer mes, Rodríguez estuvo sedado por el dolor o porque sus movimientos involuntarios dificultaban el tratamiento. Las medicinas le causaban pesadillas y alucinaciones. Cuando por fin pudo mover un poco su cabeza, ambos diseñaron un sistema para comunicarse, letra a letra.

“Ella me decía, ‘¿Quieres decirme algo?’ Sí. ‘¿Vocal o consonante?’ Vocal. Y yo movía la cabeza con cada letra”, recuerda Rodríguez, "nos demorábamos horas”.

Urueña permanecía el día entero al lado de su esposo. Le cortaba las uñas, el pelo, la barba, lo ayudaba a hacer sus necesidades y lo limpiaba desde las orejas hasta los pies. Le cambió la bata de hospital por la ropa de él, y cuando las fisioterapeutas se iban, entre miradas y chistes que solo los dos entendían, ella continuaba la terapia horas más para que recobrara el control de sus músculos y de su vida lo más rápido posible.

“El amor que se profesaban era increíble”, recuerda el doctor. Lo “impresionó mucho” una pancarta que le hizo su familia y que siempre estaba en su habitación. Rodríguez y Urueña aún la tienen en su cuarto en Doral.

Mariana y Gerónimo Rodríguez, hijos de Sol y Hernando, construyen una pancarta para su padre en la sala de su casa en Doral, Florida, febrero de 2021.Cortesía Sol Urueña

“Cada vez que abría los ojos entre tanta medicación veía [la pancarta] de frente y me conectaba de nuevo a mi familia”, dice Rodríguez. “Yo estaba sedado, yo no me daba cuenta de nada, pero [Urueña] en casa, en esa angustia, la incertidumbre, el dolor de los hijos, solos en este país. Ella se refugió en la oración”.

Su esposa no estaba sola. Desde el comienzo enviaba mensajes de voz por WhatsApp a sus amigos y familia para actualizarlos sobre el estado de Rodríguez, y ellos los reenviaban a otros. Así llegaron a congregaciones religiosas de miles de personas, católicos, cristianos, adventistas, pentecostales, judíos, en ciudades de Colombia y Estados Unidos. “Se convirtió en algo masivo”, dice. 

En las iglesias colgaban fotos de la familia y ofrecían misas, vigilias y ayunos por ellos. Organizaban grupos de oración para rezar por él. Decenas de personas los llamaban conmovidas, llorando, a contarle cómo oír su historia los había llevado a valorar más a sus parejas y los acercó a su fe. Algunos ofrecían dinero, pues Rodríguez era cabeza de familia y las cuentas médicas no tardarían en acumularse, pero Urueña solo les pedía que rezaran por él. 

"Yo estaba absolutamente segura de que mi esposo iba a salir de esa UCI y se iba a parar de esa cama”, explica ella. "Nunca dudé".

* * *

Ese día cuando Urueña por fin le pudo contar a su marido lo grave que había estado, lo que a él más le dolió fue pensar en lo que su familia sufrió mientras él estaba inconsciente. Pensaba, por ejemplo, en cuando su hija Mariana le cantaba por videollamada.

“Lo más doloroso era no recordar ese momento especial”, dice él entre lágrimas. "Era la forma en que ella me decía: 'Papá, no se vaya”.

“Tengo que aceptar que una vez sí tuve miedo”, cuenta Mariana, pero “yo he estado fuerte con mi mamá… fue la fuerza y la fe y el amor de toda la gente: todo lo que mi papá algún día le dio a las personas, se le devolvió”.

Rodríguez pasó 78 días internado y trabajando arduamente en su rehabilitación, con un régimen de fisioterapia y ejercicios que lo dejaban sudando, pero siempre animado, haciendo chistes y agradecido con lo que progresaba. 

Finalmente salieron del hospital el 8 de abril. Aunque los médicos le dijeron que podría tardar hasta un año en comenzar a caminar, para ese entonces ya daba unos pasos con un caminador.

Rodríguez y Urueña regresando por primera vez a casa en Doral, Florida, tras semanas en cuidados intensivos y terapias, 8 de abril, 2021. Juliana Jiménez J. / Noticias Telemundo

Lo primero que hizo al salir fue ir a la iglesia. Ser capaz de nuevo de arrodillarse para darle gracias a Dios era lo más importante para él ese día, dice. De ahí, fueron a su casa, donde lo recibieron unos 30 vecinos y amigos, con pancartas con frases como: “Eres un valiente”, “un guerrero” y “un milagro de Dios”.

“Personas como él mueven corazones”, contó ese día Amparo Saavedra, una amiga de toda la vida que estuvo allí para recibirlo con globos de colores en la mano.

“Si no hubiera tenido a mi familia conmigo durante ese momento pues yo creo que mi proceso de sanación hubiera sido más lento, o tal vez, sencillamente, no hubiera luchado”, cuenta Rodríguez. “Parte de la medicina era eso”, agrega.

Si haces las cosas bien, si tratas a los pacientes, si tienes una familia que nos ayuda, salen adelante”

DR. JOSÉ BARROS, INTERNISTA

Durante las crisis y la rehabilitación, dice que nunca se sintió frustrado o deprimido. “Mucha gente se deprime en cama y no avanzan por eso", opina, "se sienten solos, pierden las esperanzas”.

Múltiples estudios (y análisis de estudios) avalados por los Institutos Nacionales de la Salud confirman en efecto que el estrés demora la sanación y que el bienestar emocional y las buenas relaciones personales, en cantidad y calidad, aceleran la curación de las heridas y del trauma físico.

“Él fue bastante rápido”, dice el doctor Barros, “piensa en esto: es un paciente que tuvo una atrofia muscular, no respiraba por sí mismo, no comía por sí mismo, y se fue recuperando”.

“No se me olvida el primer día que lo logramos sentar en la cama”, recuerda Barros con una sonrisa. El caso de Rodríguez es uno que lo hizo reflexionar: “Con estos pacientes, tú te das cuenta de que las cosas que pensamos que están garantizadas no lo están", explica, "la epidemia del Covid ha sido horrible. Vemos muchos pacientes que en realidad no lo logran, con este tipo de enfermedades y muchas otras complicaciones del Covid. Este caso para nosotros fue como esa luz de esperanza de que, sí, si haces las cosas bien, si tratas a los pacientes, si tienes una familia que nos ayuda, salen adelante”.

“Como yo hay miles”

Durante su ardua recuperación, Rodríguez pensaba no solo en volver a su vida normal, y hasta correr la maratón de Miami del próximo año, sino también en ayudar a otros como él. 

Ahora, personas que padecen Guillain-Barré los llaman a pedirles consejos. Ellos comparten su historia, los videos de su recuperación y, sobre todo, su buen ánimo.

“Como yo hay miles”, dice Rodríguez, “a los que están en cama, es llevarles ese mensaje de que sí se puede, de tener fe en Dios, de ser fuertes, que la familia es importante, que hay que trabajar en equipo, que van a pararse y que van tener una vida normal”.

Rafael Fuenmayor contribuyó a este reportaje.