Desapareció en México, solo se hallaron sus restos: la historia de la doctora María Elizabeth Montaño y su importancia para la comunidad trans

Un discurso vibrante la consagraba como un símbolo del golpeado colectivo trans. Menos de un año después desapareció entre sombras en Ciudad de México. Queda una duda, mucha pena y este hondo sentimiento de orfandad.
/ Source: Telemundo

CIUDAD DE MÉXICO — A la doctora María Elizabeth Montaño Fernández le gustaba usar una alegoría para explicar qué es el género: clavaba su mirada profunda en la audiencia y le pedía que se imaginara a un hombre llamado Alfred que un mal día salía a la calle y lo arrollaba un coche.

El vehículo seccionaba a Alfred por la mitad, y aunque los médicos lograban salvar su vida queda amputado de la cintura para abajo. “¿Aunque ese hombre haya perdido sus genitales sigue siendo un hombre?”, preguntó Montaño con ojos brillantes durante un debate celebrado el 28 de septiembre de 2019. “Por supuesto que sí, porque lo que nos hace hombres o mujeres no es lo que tenemos entre las piernas, sino nuestro cerebro”.

Y luego explicó que las ciencias neurológicas ya saben cuáles son las partes del cerebro por las que somos hombres, mujeres, personas no binarias o cualquiera de las variantes de la diversidad sexogenérica.

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“Supe que era una persona transgénero a la edad de 5 años pero tenía mucho miedo de decirlo. ¿Por qué sentía eso? Porque hace 40 años ser una persona transgénero se consideraba como una enfermedad mental”, dijo ante un auditorio lleno de médicos que la aplaudieron ruidosamente durante la Conferencia Internacional Educativa de Médicos Residentes (ICRE, por su sigla en inglés), en Canadá.

De muchas maneras, su exitosa intervención en ese evento fue un momento de consagración profesional. Dos años antes ya había participado en esa conferencia, pero cuando aún era conocida públicamente como un doctor. Tras esa ponencia rápidamente se convirtió en un símbolo de la comunidad trans, así como una embajadora de los temas de inclusión y educación médica, por su trabajo en la coordinación de Educación en Salud del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Alexandra Rodríguez, directora del Centro Cultural Jauría Trans prendía velas junto al retrato de María Montaño, durante una protesta frente al Hospital Siglo XXI, en Ciudad de México, el 24 de junio de 2020.EFE

Apenas 266 días después, el 8 de junio, desapareció sin dejar rastro tras salir de su trabajo en el Centro Médico Nacional Siglo XXI en Ciudad de México. 

“Podías contar con ella en todo momento, aunque no estuviese de buen ánimo”, explica Alicia, una de sus compañeras, que prefiere mantener su anonimato. “No era de esas personas que se desaparecen, sino que buscaba la manera de estar siempre presente. Por eso nos preocupó tanto”, añade, “fue muy raro porque nunca hacía eso”.

Diez días después su cuerpo sin vida fue hallado en un parque del Poblado de Tres Marías, en el estado de Morelos, a 130 kilómetros de la capital. Junto a ella reposaba su bolso y una mochila, con dinero, tarjetas bancarias y el celular.

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Su muerte ha conmocionado a la comunidad trans de México que, después de Brasil, es el país latinoamericano con los peores índices de violencia hacia personas gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros o queer, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). 

Desde 2015, ese organismo ya advirtió en un informe que la esperanza de vida de las personas trans en América Latina es de solo 35 años, debido a la violencia transfóbica. El contraste con las estadísticas de hombres y mujeres no trans es devastador: en promedio las mujeres viven 79 años y los hombres 73.    

Las vidas de las personas trans importan. Nosotres vivimos situaciones sistemáticas de violencia desde la infancia, adolescencia, adultez y la vejez”, indica Jessica Marjane Durán Franco, abogada y activista de la Red de Juventudes Trans. “Por eso exigimos que las fiscalías generen mecanismos que prevengan casos como el de María Elizabeth y tantos otros”, concluye.

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Montaño tenía 47 años y era considerada como la funcionaria pública de mayor rango que había hecho un proceso de transición en México. Estudió Medicina en la Universidad La Salle y se especializó en urgencias médico-quirúrgicas; además hizo una maestría en Administración Pública. También le interesaba el aprendizaje por simulación robótica. Pero su gran pasión era el aspecto educativo.

“Era una increíble educadora y una maravillosa activista en los temas de educación médica”, cuenta Simon Fleming, médico especialista en traumatología y ortopedia que conocía a Montaño.

En los últimos años ella se dedicó con ahínco a realizar múltiples actividades de capacitación para entrenar al personal de la salud sobre cómo atender a la población trans, en cumplimiento con los protocolos internacionales de Derechos Humanos. También se esforzaba por darle seguimiento a los casos de acoso, hostigamiento y abuso en el IMSS.

La protesta del pasado 24 de junio frente al IMSS de Ciudad de México, para exigir justicia por la muerte de María Elizabeth Montaño Fernández.NurPhoto via Getty Images / NurPhoto via Getty Images

“Reconocía el poder de la educación para superar la discriminación. Cada conversación con María Elizabeth era muy estimulante intelectualmente porque era brillante”, asevera Fleming, quien también es un influyente investigador académico. “Era reflexiva e intuitiva y siempre estaba abierta a tener conversaciones sobre sus experiencias como persona transgénero”.

Ante las recurrentes denuncias de discriminación contra la comunidad trans, Montaño admitía que su caso fue excepcional porque tuvo el apoyo de sus superiores y pudo hacer rápido el trámite legal de ajuste de nombre e identidad de género. Además, no fue degradada en el escalafón de la institución médica en la que trabajaba, aunque advirtió que el motivo fue que era funcionaria pública.

“Espero que llegue el día en que no se necesite un movimiento para lograr la igualdad, la realidad actual es diferente por eso debemos continuar presionando hasta alcanzar la igualdad”, afirmó en la conferencia ICRE de septiembre. “Hay que cambiar las mentes, y cambiar las reglas para que todos tengan una oportunidad”.

No obstante ese respaldo institucional, entre su círculo de amistades más cercanas Montaño se permitía comentar las múltiples humillaciones diarias a las que se veía sometida por el contexto social. Desde las miradas raras en algún Starbucks, un bar o un restaurante pasando por los comentarios imprudentes de taxistas, vendedores o meseros que maliciosamente le decían “señor”, para luego corregir rápidamente

O explicarle a un obtuso funcionario de su trabajo que le tenía que dar el uniforme que le correspondía como mujer y que podía usar falda porque le daba la gana.

“Era realmente desgastante que, aparte de volcar toda su energía, su inteligencia y genio en su trabajo, también tuviera que enfrentar esa presión social, estar ratificando constantemente que era una mujer como cualquier otra”, explica su compañera Alicia.

"Las personas trans existimos y resistimos: justicia para Elizabeth". La protesta del pasado 24 de junio frente al IMSS de Ciudad de México, para exigir justicia por la muerte de María Elizabeth Montaño Fernández.NurPhoto via Getty Images / NurPhoto via Getty Images

“Siempre me decía que no le daban miedo las grandes humillaciones, ni la intensidad laboral”, agrega, sino “las pequeñas cosas, la gente que le quitaba el saludo, los familiares que ya no la trataban igual: eso era lo que la cansaba más”.

Quizá a eso se refería el 18 de agosto, que fue su último cumpleaños, en un largo mensaje en su cuenta de Facebook que iniciaba con la frase: “Perdí muchas cosas y personas este año, y ¿sabes qué? No perdí la principal; a mí misma. A mí misma me gané”.

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Junto al cuerpo sin vida de Montaño se encontraron "dos bolsas con diversas pastillas sin etiquetar y dos botellas de agua”. Y la Fiscalía maneja la hipótesis del suicidio por ingesta de medicamentos.

No queda claro el supuesto suicidio porque estuvo 10 días desaparecida. Fue encontrada en un parque, un lugar desolado y lejos de su casa en otro estado. Hay muchas preguntas y no nos vamos a callar”, disiente Alexandra Rodríguez, directora del Centro Cultural Jauría Trans.

Las cifras oficiales de delincuencia y violencia no diferencian a las víctimas según características como orientación sexual, lo que dificulta visibilizar el problema. Ese vacío lo cubren asociaciones civiles como Letra S: Sida, Cultura y Vida Cotidiana, que registra desde 1998 los crímenes de odio. Entre 2015 y 2019 contabilizó 441, pero este último año se produjo un aumento del 30%.

“De los 117 casos registrados en 2019, solo cinco se investigaron como crímenes de odio”, indica Jair Martínez, psicólogo social que dirige las investigaciones sobre estos delitos en Letra S. “De los 117 casos solo se abrieron 29 carpetas de investigación oficiales, según nuestros registros, con figuras desde el robo, el asalto, el homicidio simple, y ya solo 5 como crímenes de odio”.

Martínez cree que los crímenes de odio están creciendo porque el colectivo LGBTQ+, y en concreto las personas trans, ocupan más ámbitos públicos y participan en la toma de decisiones sociopolítica, provocando el rechazo de los sectores más conservadores.

Culturalmente se envía un mensaje de que a las instituciones no les interesa y se fomenta la impunidad, de por sí enorme, porque los perpetradores saben que no van a ser castigados por, por ejemplo, asesinar a una mujer trans”, advierte.

“Vivimos en una sociedad donde los feminicidios y los transfeminicidios se han normalizado, por eso siempre buscan excusas en las investigaciones”, agrega.

Otro elemento resaltado por las activistas es que el deceso de la médica sucedió en un contexto de debilitamiento de la institución que previene la discriminación en el país, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred).

El 18 de junio, el presidente Andrés Manuel López Obrador criticó la existencia del Conapred y comentó que podría desaparecer. “Claro que se tiene que combatir el racismo y se tiene que combatir la discriminación, pero no crear un organismo para cada demanda de justicia”, señaló. Al día siguiente renunció Mónica Maccise, directora del organismo. 

La retirada de Maccise se suma a las renuncias de Mara Gómez, presidenta de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, Asa Cristina Laurel, subsecretaria de Integración y Desarrollo de la Secretaría de Salud, y Candelaria Ochoa, titular de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Todas estas dimisiones han sucedido en el mes de junio.

López Obrador acaba de dejar acéfalo al organismo que justo se dedica a prevenir y eliminar la discriminación en el país, y lo hace sin tener claridad del panorama que viven quienes históricamente han sido silenciadas como nosotras las personas trans. Eso es muy grave”, advierte Durán Franco, de la Red de Juventudes Trans.

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Kenya Cuevas Real, activista de la comunidad trans en México, el 27 de junio de 2020.Albinson Linares

 

“Los funcionarios me tienen miedo, porque saben que cuando llego o nos atienden o no me voy”, dice riéndose Kenya Cuevas Real, mientras reparte alimentos en la calle para la población más vulnerable. A su alrededor,  ancianos y personas de la comunidad trans hacen filas para comer.

Tiene una fundación y un albergue que ayuda a proteger y formar a las personas transgénero, pero es célebre por sus protestas y performances, colocando féretros en avenidas públicas para denunciar la violencia y los transfeminicidios

Montaño era muy consciente de la precariedad que su comunidad enfrenta a diario. “Me preocupa y me entristece mucho que pierdan sus empleos y sus casas por el simple hecho de ser personas trans. Y muchas se dedican a la prostitución porque no pueden hacer nada más. ¿Qué quieren, que se mueran de hambre?”, se preguntaba en intervenciones públicas.

Kenya Cuevas Real durante una actividad de entrega de alimentos a la población vulnerable en Ciudad de México, el 24 de junio de 2020.Albinson Linares

“Cada vez que una minoría reclama sus derechos, los grupos privilegiados se quejan”, afirmó en su discurso de septiembre. “Pero nadie quiere un tratamiento especial, solo queremos igualdad, queremos ser tratadas como cualquier otra persona. Si eso es mucho pedir para los grupos privilegiados hay que advertirles que eso no va a cambiar”. Y, en ese momento, el auditorio estalló en aplausos.

“La doctora Montaño era como un símbolo nuestro”, explica Mamá Kenya, como le dicen sus colaboradoras, un enjambre de mujeres que, en cuestión de minutos, arman mesas y toldos tres días a la semana cerca del metro Revolución, en la calle Bernardino de Sahagún, donde alimentan a decenas de personas.

Ella nos representaba en el sistema de salud pública, quería que cuidaran de nosotras porque era como nosotras. Ahora, ¿quién va a hacer eso?”, se pregunta. 

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La periodista Marina E. Franco colaboró en la investigación de este reportaje.

Edición: Bruno G. Gallo y Eulimar Núñez.

Si usted tiene información sobre casos de discriminación en México o Centroamérica puede escribir a albinson.linares@nbcuni.com.

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