Viaje al experimento penal de Nayib Bukele: pandilleros rivales intentan convivir en las cárceles salvadoreñas

Hacinamiento, celdas selladas y pobres condiciones sanitarias son algunas de las condiciones que imperan en Ciudad Barrios, una de las cárceles donde el gobierno de Bukele obligó a que miembros de pandillas rivales compartan las mismas celdas.

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Por Roberto Valencia

SAN SALVADOR.– La celda huele a celda de cárcel salvadoreña, una peste singular que la mascarilla N-95 apenas amortigua. Está a reventar, 90 hombres en un espacio pensado para 30. Y no hay ni un catre, ni una mesa, ni una silla; sólo paredes y suelo y barrotes.

Quizá sonaría anormal en otras latitudes, pero no lo es tanto en el sistema penitenciario de El Salvador, y menos aún en una cárcel de pandilleros. Lo verdaderamente anormal acá, lo extraordinario, es que entre los presos haya homies con tatuajes de la Mara Salvatrucha y homies de la pandilla Barrio 18-Sureños. Activos los unos, activos los otros.

Es la celda 6 del Sector 2 del Centro de Cumplimiento de Penas Ciudad Barrios, una instalación penitenciaria ubicada a 100 millas al este de la capital, San Salvador. Ahora mismo, la tarde de un lunes de mayo, los custodios tienen a los 90 pandilleros sentados al fondo, descamisados la mayoría por la calor, topados unos contra otros, las manos entrelazadas sobre la cabeza, la cabeza gacha sobre las rodillas. Ellos saben que no les conviene siquiera girarse a mirar, pese a lo inusual de la visita.

A la izquierda, una imagen del patio central de Ciudad Barrios tomada en septiembre de 2012 y otra del mismo lugar en mayo de 2020. Roberto Valencia

—Buenas tardes. ¿Quién es el encargado de la celda? Quisiera platicar con él. Soy periodista.

Se giran dos cabezas, con cautela, una en cada mitad. Hay dos encargados en esta celda, uno por pandilla. Miro a los guardias, para que puedan pararse y acercarse a conversar. Asienten. Tras un formalismo escueto, la pregunta: ¿cómo es la convivencia con el enemigo de toda la vida?

—Primeramente, buenas tardes –toma la palabra Ariel Alexander Ávila Gómez (1992, 13 de julio), de la pandilla Barrio 18-Sureños–. Nosotros, en realidad, como usted puede ver, ya estamos lo que es conviviendo con los compañeros de las Letras [por la MS-13 o Mara Salvatrucha], ¿veá?

Llevan así varias semanas; emeeses y dieciocheros durmiendo hombro con hombro sin incidentes ni motines ni fallecidos. Como si nada. Definitivamente, esto no es normal.

 

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Esta cárcel se reestrenó el 21 de agosto de 1999. “Antes, durante la guerra, fue una base militar, un lugar de descanso y recuperación para las tropas que operaban en los alrededores”, explica Juan José Montano (1971, 20 de septiembre), el actual director del penal.

La guerra civil salvadoreña terminó en 1992, y durante la primera posguerra este centro operó como penal improvisado. Pero la precariedad era tal que hubo que vaciarlo para remodelarlo. De ahí el reestreno del 21 de agosto de 1999.

[“Estamos tratando de convivir”: así es la tregua de pandillas rivales mezcladas en las cárceles de El Salvador]

Aquel día, sin embargo, no fueron reos adultos quienes lo estrenaron, sino un grupo de casi 200 menores infractores que fueron trasladados de emergencia, mientras se acondicionaba el recinto en el que serían ubicados definitivamente. Entre aquellos menores infractores había emeeses –la mayoría– y dieciocheros.

El 1 de septiembre, transcurridos apenas 11 días desde el reestreno, un motín provocado por la Mara Salvatrucha destrozó el mobiliario y acabó con la vida del joven dieciochero  Jorge Alberto Catacho Mejía, de 17 años. Le trituraron la cabeza, literalmente. No era el primer marero asesinado por la pandilla rival en un penal ni sería el último.

Esta celda se construyó para un máximo de 30 personas y alberga a 90: 46 de la MS-13 y 44 de la 18-Sureños, el 4 de mayo de 2020.Roberto Valencia

Para el cambio de siglo, el fenómeno de las maras acumulaba ya una década enraizándose en El Salvador. Los primeros homies habían llegado deportados desde Estados Unidos, del área de Los Ángeles en su inmensa mayoría, y con ellos viajó el odio visceral que se profesaban las dos pandillas.

Humillar, ganarse canchas y asesinar al contrario era casi una razón de vida para miles de jóvenes de los estratos sociales empobrecidos. Y así lo ha seguido siendo por años, lustros, décadas.

Por eso no es normal lo que está pasando ahora en la cárcel de pandilleros de Ciudad Barrios.

Entre 2000 y 2004, Barrios fue un penal con presencia mayoritaria de la 18, compartido por civiles. Luego, con presencia mayoritaria de la Mara Salvatrucha y civiles. Hasta el 2 de septiembre de 2004, cuando el Gobierno decidió asignárselo por completo a la MS-13.

Dice el director Montano: “Ciudad Barrios era como el cuartel general de esa pandilla; tuvieron tantos años de estar acá... y acá trajeron a los líderes históricos de la pandilla en 2012; en esos años ellos consideraban este penal como la base de operaciones”.

Montano es director desde marzo de 2017. “Cuando yo vine, todo el penal era de emeeses”, dice. Todos emeeses, pero la celda 1 del Sector 1 la habitaba un grupo de disidentes que se hacían llamar MS-503 y que, ayudados por el Gobierno, pretendía dar un golpe de Estado al grupo que comandaba la pandilla.

En aquellos primeros días de Montano como director, el 24 de marzo de 2017, la Mara Salvatrucha logró colar una granada M-67 y la lanzó en la celda del grupo de disidentes. “La granada explotó pero tuvieron la suerte de que, cuando la tiraron por la puerta, pegó en un barril de plástico, rebotó y cayó en el baño; salieron como dos internos lesionados por esquirlas, pero ni siquiera hubo que llevarlos al hospital”, recuerda el funcionario.

A las pocas semanas, el grupo de disidentes fue trasladado.

Ciudad Barrios fue el penal de la Mara Salvatrucha desde septiembre de 2014 hasta julio de 2019, cuando unos 800 dieciocheros fueron trasladados desde otras cárceles por el Gobierno actual, el encabezado por el presidente Nayib Bukele.

Perder la exclusividad no gustó, pero para entonces el Estado ya había retomado buena parte del control en esta cárcel y podía manejar a los internos de las tres pandillas (Mara Salvatrucha, Barrio 18-Sureños y Barrio 18-Revolucionarios) en celdas distintas, sin que coincidieran en las horas de patio.

El odio entre las pandillas ha hecho correr mucha sangre en las calles, en el sistema penitenciario y en esta cárcel en concreto de Ciudad Barrios. Por décadas. Por eso es tan excepcional lo que está pasando en estos días. La convivencia.

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A Ariel, el dieciochero que lleva palabra en la celda 6, le dicen El Chino. Es bajito, delgado, moreno de piel, cabello negro, y conserva un aire juvenil a los 27 años. Pero nada lo singulariza más que la tinta que mancha su cuerpo de cuello para abajo: nombres, rostros y palabras en los espacios que dejan los tatuajes dominantes, los dedicados a la pandilla 18. Ariel es de Santa Ana, cayó preso por primera vez en 2012 y está condenado por extorsión tentada y posesión de drogas.

—La idea de nosotros, como pandilla que somos, es buscar la manera de llevarnos bien –dice–. Tal vez nosotros fuimos enemigos y todo; ahora ya sabemos que es otra vida la que tenemos que hacer juntos, pues conviviendo así como estamos ahora, ¿verdad?

A la par de Ariel está Francisco Arturo Quintero (1989, 23 de octubre), orgulloso miembro activo de la Mara Salvatrucha. Mucho más reservado, habla lo justo. Es algo más chele de piel, pero la misma altura, idéntica planta. También su cuerpo es un lienzo tintado, con el cuello marcado por dos tatuajes –uno dice “EME”; el otro, “ESE”– que seguirían a la vista incluso si se vistiera con un esmoquin. Es de un pueblo llamado Candelaria de la Frontera, tiene ficha en el sistema penitenciario desde el año 2009, y está condenado por homicidio.

A la izquierda, una imagen del patio del Sector 2 de Ciudad Barrios tomada en septiembre de 2012 y otra del mismo lugar en mayo de 2020.  Roberto Valencia

—Como ya le dijo el compañero, ¿veá? Nosotros estamos tratando de convivir entre nosotros mismos.

Como ya le dijo el compañero. El compañero.

—Esto no lo esperábamos. Fue una sorpresa, pero entonces lo que nosotros buscamos es tratar la manera de convivir, entre nosotros mismos. Nos coordinamos entre pandillas, entre ambas pandillas, a modo de que todo marche bien, ¿veá? A la perfección.

Es real la posibilidad de que todo sea una farsa, de que sean impostura tanta camaradería y palabras amables para la pandilla contraria, para la pandilla contra la que asesinaron y fueron asesinados. Pero incluso así concebido, no deja de ser algo fuera de lo normal.

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Han pasado casi ocho años desde la última vez que me dejaron ingresar en Ciudad Barrios, el 27 de septiembre de 2012.

Lo que vi entonces parecía más un mercado o un centro social que una prisión, comenzando por el hecho de que quien autorizó aquella visita de periodistas para una entrevista fue la propia Mara Salvatrucha, su ranfla histórica, algo así como su comandancia general.

La bienvenida nos la dio Dionisio Arístides Umanzor, apodado El Sirra, un peso pesado de la clica Teclas Locos, en la puerta de acceso desde el área administrativa. Los custodios quedaron fuera. Hubo un tour por toda la cárcel, que entonces albergaba un millar de reos menos que en la actualidad. Había panadería, carpintería, cocinas, sastrería y gimnasio, administrado todo por la pandilla, precario y envejecido todo, remendado pero funcional.

Pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 conviviendo en el centro penal de Ciudad Barrios.Marlén Viñayo

Los sectores también los controlaba la MS-13. El Sirra y otros homies nos llevaban con un dejo de orgullo entre pasajes, escaleras, celdas, patios... puro laberinto. Sensación acentuada por los plásticos, por las láminas, por la ropa tendida, por los manojos de botellas llenas de agua que colgaban, por las ventas cual mercado que ofrecían pasta dental, jabón, galletas, huevos, desodorante, azúcar, leche en polvo, cepillos, papel higiénico, sodas, boquitas Diana... y por los grafitis, por supuesto, los placazos como dicen ellos.

Cada clica, cada programa, cada palabrero muerto, la historia encriptada de la filial salvadoreña de la Mara Salvatrucha estaba pintada en las paredes de Ciudad Barrios. Y en el largo muro que bordea la cancha de baloncesto, un imponente “MARA SALVATRUCHA”, cada letra de 10 pies de altura, blancas sobre fondo azul, los colores de la bandera salvadoreña.

Nada hoy es así. Nada. Sentí como cuando Marty McFly, en Regreso al futuro II, regresa al presente alterado por el almanaque. Otro mundo.

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La plática con Ariel y Arturo prospera a pesar del ruido. En la celda contigua, la 5 del Sector 2, una cuadrilla de trabajadores del metal se desvive por terminar su trabajo antes de que anochezca, algo que ocurrirá en unas tres horas.

Los obreros llevan varios días midiendo y cortando pesadas planchas de acero, y soldándolas a los barrotes de las puertas de cada celda. Ya terminaron con el Sector 3, el más concurrido del penal, con casi 1,200 pandilleros distribuidos en 14 celdas, y hoy esperan terminar el trabajo en este sector.

—¿Les han explicado por qué sellan la puerta? –pregunto a los dos.

—Mire, nosotros desconocemos eso, ¿verdad? –responde Ariel–. Es nuevo para nosotros. Aquí, como le digo, la idea de nosotros es acoplarnos a las normativas de lo que es el centro penal, tratar de no dar problemas. Si ellos hacen eso, ellos sabrán por qué, ¿verdad?

Nosotros, nosotros, nosotros. Una primera persona del plural que incluye al enemigo.

Quizá no sepan que el sellado es consecuencia de un arrebato tuitero del presidente Bukele, consecuencia a su vez de la explosión homicida –atribuida a la Mara Salvatrucha– que se vivió en el país entre el 24 y el 28 de abril, cuando se promediaron 17 asesinatos al día, después de varias semanas con dos diarios.

Osiris Luna, director general de Centros Penales, en la cárcel de Ciudad Barrios, el 4 de mayo de 2020.Miguel Majano

En realidad, aquel tuit tampoco se cumplirá a rajatabla. “De ahora en adelante, todas las celdas de pandilleros en nuestro país permanecerán selladas”, escribió Bukele en la tarde del 27 de abril, “estarán adentro, en lo oscuro, con sus amigos de la otra pandilla”. 

Las planchas sellan las puertas, salvo un rectángulo del tamaño de una caja de zapatos para meter y sacar los recipientes con comida. Pero los pandilleros no están “en lo oscuro”. Esta celda –y todas– tiene en la parte alta, a unos ocho pies de altura, unos ventanales enrejados por los que entra abundante luz del día.

Ahora, con las chapas, el penal de Ciudad Barrios es nomás un pelín más desalmado que lo que ya era. Nadie aquí ha recibido la visita de una madre o de una esposa desde hace cuatro años. Los programas de readaptación que la Constitución explicita en su artículo 27 son una fantasía. Y las pocas áreas que en su día hubo para tratar de reeducar son hoy áreas reconvertidas, por lo general, para embodegar a más pandilleros. Lo que hace unos años era una panadería, para enseñar el oficio, hoy es el Sector 5 o Sector Ex-Panadería, con casi 300 personas en dos celdas. Hay también un ex-Gym, una ex-Carpintería, un ex…

—Tal vez alguna instalación de agua. Es lo que más se carece en esta celda; usted sabe que el vital líquido es necesario para el ser humano –responde Ariel.

Le he preguntado qué sería lo primero que pediría para mejorar las condiciones en su celda, la 6 del Sector 2, en la que no hay ni un catre, ni una mesa, ni una silla; sólo paredes y suelo y barrotes.

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Jefferson Alexander Gómez, miembro del Barrio 18-Revolucionarios, cumple su condena en el centro penal de Ciudad Barrios.Marlén Viñayo

—Hemos implementado una filosofía de orden, control y disciplina –dice enfático Osiris Luna (1989, 8 de febrero), director general de Centros Penales y viceministro de Seguridad Pública. Le gusta repetir esa terna que ha hecho propia: orden, control y disciplina.

Osiris es uno de los funcionarios más jóvenes en puestos prominentes de la Administración Bukele. El cargo que le ofrecieron no es de los más codiciados ni mucho menos, pero Osiris, en su primer año, ha logrado sobresalir por razones varias: ora por decisiones enérgicas y fotografías de mareros vejados que dan la vuelta al mundo, ora por algún que otro escándalo, como cuando se viralizó la etiqueta de la red social Twitter #QuiénpagóelviajedeOsiris al conocerse fotografías con su pareja en México en un jet privado.

—Orden, control y disciplina –repite. Y estos días, el control se siente más: el Estado antes no lo tenía.

Antes, para Osiris, significa antes del 1 de junio de 2019, el día que arrancó el mandato de Bukele. Y si bien es cierto que después de ese día se han adoptado decisiones firmes para recuperar las cárceles, también lo es que el giro de timón empezó en marzo de 2016, con las “Medidas Extraordinarias” implementadas en la administración del expresidente Salvador Sánchez Cerén. Tan eficaces para minar el poder de las estructuras criminales enquistadas en los penales como reprochables desde el punto de vista de los derechos humanos.

En las celdas no hay mobiliario, ni siquiera camas, y las escasas pertenencias de los reclusos cuelgan de las paredes.   Roberto Valencia

—Voces como la de José Miguel Vivanco, de la organización Human Rights Watch, advirtieron de que mezclarlos provocaría baños de sangre –le planteo.

—Y no ha habido altercados en las celdas. Como ellos mismos lo han mencionado, tienen un pacto de no agresión.

—¿Por qué mezclarlos entonces?

—Porque fuera de los penales, en los territorios que ellos dominan, hay muchas cosas que aún los dividen, y creemos que mezclados sus comunicaciones se limitarán, porque el bando contrario no debe saber.

—¿El Gobierno dio ese paso sabiendo que no se iban a atacar?

—Definitivamente sabíamos cómo iban a proceder. Quizás suene un poco fuerte esto, pero su rival no son ellos mismos sino los salvadoreños honrados que salen a trabajar.

La pregunta definitiva: ¿Y si esta convivencia hace que las tres pandillas comiencen a entenderse y a actuar conjuntamente contra el Estado y la sociedad?

—Ellos siempre han estado en contra de la sociedad. La sociedad debe saber quién causa luto y dolor, y son las pandillas. Si llegan a unificar su procedencia... su operar… entre otros... el resultado es... el mismo... Más allá de si se unen o no... eso en realidad va a ser una práxis diferente... pero el Estado debe perseguir el delito. Los gobiernos anteriores les dieron carta libre.

Ni Osiris ni nadie sabe en qué desembocará a medio y largo plazo la mezcla masiva de emeeses y dieciocheros en las cárceles. De momento, la única respuesta parece ser un lugar común: el tiempo lo dirá.

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A la izquierda, el grafiti de una de las clicas de la Hollywood Locos en 2012, y otra imagen del mismo sitio en mayo de 2020.Roberto Valencia/Miguel Majano

Agradezco a Ariel y Arturo la plática y me despido. Ellos regresan al lugar del que se levantaron y se mimetizan: de espaldas a los guardias, las manos entrelazadas sobre la cabeza, la cabeza gacha sobre las rodillas.

La celda está en el segundo piso. Fuera ya, miro hacia abajo, a un pequeño patio en el que un obrero aún corta planchas de metal –el ruido, las chispas– para la única puerta del sector que falta por sellar. No hay plásticos ni láminas ni ropas tendidas, pero reconozco ese pequeño patio como el que fotografié en aquella visita de septiembre de 2012. En esta celda ya había estado, solo que entonces había catres, hamacas, menos gente y un televisor de plasma que el Gobierno instaló.

Ubicado al fin, bajamos las escaleras para buscar la salida y reconozco también la pared en la que hace ocho años había un placazo poderoso –por grande y bien hecho– de la clica Monserrat Lil Criminals de la Hollywood Locos (HLS), en aquellos años uno de los programas con mayor influencia en la MS-13. Ahí, entre las letras góticas, estaban dibujadas las lápidas con los apodos de algunos de los homies venerados: Ángel Negro, Demonio, Vato Loco, Lonely, Spooky, Jocote…

Ahora es una pared pintada de beige, silente, como todo el penal de Ciudad Barrios.

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