Agotadas y atacadas pero decididas: las mexicanas en primera línea de batalla contra el COVID-19

Médicas, enfermeras y administradoras hospitalarias cuentan cómo es su labor alejadas de sus familias, en un ambiente de desgaste, miedo constante, y ante amenazas.
/ Source: Telemundo

CIUDAD DE MÉXICO.- Ellas se desviven para mantener a otros con vida en el que probablemente es el momento más difícil de las últimas décadas para la medicina. Y lo hacen pese a ellas mismas estar temerosas, desgastadas, alejadas de sus familias, perdiendo a seres queridos a causa del coronavirus SARS-CoV2, y siendo incluso amenazadas y atacadas solo por cumplir con su labor.

Son médicas, enfermeras, administradoras hospitalarias; son amigas, colegas, hijas, esposas, madres.

“Me choca un poco que se la pasen diciendo que somos héroes y heroínas, porque nos hace parecer como que somos invencibles, que no podemos ni debemos flaquearnos, que no necesitamos una remuneración digna”, dice Brenda Crabtree Ramírez, médica infectóloga y madre de dos niñas.

En otros países, a profesionales de la salud como ellas les aplauden diario. En México, en vez, muchos las vulneran con falta de apoyo y hasta violencia directa.

Todo a pesar de que están especialmente expuestas al contagio: más de 11,000 trabajadores médicos en México ya se han infectado de COVID-19 y más de un centenar han fallecido.

“Somos personas, mujeres que nos estamos exponiendo y no podemos dejar de hacer lo que hacemos”, dice Crabtree, “pero encima del estrés y la incertidumbre de cómo atender a los pacientes; ahora todo el tiempo estamos pensando: ¿Hoy me habré infectado? ¿Qué pasa si yo también me muero?”.

Entre las denuncias de ataques al personal médico mexicano está la de una urgencióloga en el Estado de México quien fue amenazada de muerte por los familiares de un paciente; dice que tuvo que cambiar su teléfono personal, que había usado para dar informes a los allegados de personas internadas, y que la Fiscalía le tuvo que ofrecer resguardo policial.

Aun así, no se detiene. “No puedo dejar que esto afecte lo que hago: sigo trabajando”, cuenta la doctora, Lety Valadés.

Estas son las historias de un puñado de las muchas profesionales que intentan cumplir su labor en medio de la pandemia del COVID-19 en México, país que actualmente se encuentra en el pico de contagios de coronavirus. Aquí cuentan lo que las motiva y desmotiva, lo que las aterroriza, lo que las hace seguir.

Una enfermera se prepara para ingresar al área COVID de su hospital, en CIudad de México, el 7 de mayo de 2020.Reuters /

En México, ellas representan poco más de la mitad del alumnado de facultades de Medicina, el 40% de doctores y el 85% de las personas que trabajan en enfermería.

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Aun así, las doctoras reciben alrededor de tres dólares la hora, un 7% menos que  sus compañeros  (que de por sí ganan tres veces menos que los médicos en  España o en Brasil). Las enfermeras están entre las profesionistas peor pagadas de México, con un salario mensual de 400 dólares, entre cinco y diez veces menos que lo que gana en promedio el personal de enfermería en Estados Unidos, según un informe del Senado mexicano y datos del instituto mexicano de estadística (Inegi).

Enfermeras entrevistadas por Noticias Telemundo dicen que necesitan tener dos trabajos para poder sostenerse, incluso cuando la pandemia consume todos sus esfuerzos.

Sin mencionar lo que se les exige en casa: en México, las mujeres dedican diez horas más por semana a labores domésticas que los hombres, aun si tienen empleo remunerado, y solo 2 de cada 100 pueden dedicarse de lleno al trabajo formal sin hacer tareas de casa, a diferencia de 26 de cada 100 varones, de acuerdo con el Inegi.

“El médico siempre es reconocido, raramente sucede eso con nosotras”, opina Mar Juárez, enfermera del estado de Morelos. Ella y Crabtree están entre las profesionales que, además de sus turnos, deben dedicar tiempo a la crianza y a supervisar las clases en línea de sus hijas.

Lourdes Rodríguez, enfermera que en su tiempo libre ha organizado donativos para surtir a hospitales públicos con escaso equipo de protección personal, apunta las responsabilidades añadidas en estos días: “Limpiar, cocinar y comer bien, intentar dormir, no infectar a nuestros seres queridos y nosotros estar lo más sanos posible durante la mayor cantidad de tiempo”, para “atender a cuantas personas podamos antes” de posiblemente contagiarse.

De guardia: sentirse solas

Están comprometidas. Pero cumplir su labor conlleva enormes sacrificios, sobre todo ante las exigencias por sobreextender sus horarios o trabajar sin todo el equipo necesario en nombre de su “vocación”.

Bárbara Medina, administradora nocturna del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, que fue de los primeros de México en convertirse en hospital COVID, pasó días durmiendo en su coche después de dar todo de sí en el turno de 12 horas durante el que gestiona ingresos o egresos de pacientes y el surtido de medicamentos.

El equipo de protección personal que utilizan las y los trabajadores médicos es pesado y cansado.AP

Su madre, con quien usualmente vive, tiene una enfermedad autoinmune que disminuye sus defensas, y Medina no quería exponerla.

"Tú no te quieres contagiar, pero la posibilidad de contagiar a alguien más: ese es el peor miedo", dice.

A mediados de abril recibió apoyo para poder descansar en un hotel que le abrió sus puertas gratis al personal médico, lo que Medina agradece aun cuando lamenta la soledad.

“Entras a la habitación después de desinfectarte y básicamente ya no puedes salir, entonces te quedas ahí sola con tus pensamientos, reviviendo todo el peso de lo que pasó en la jornada”, indica. “Y en estos días casi siempre sales sintiéndote derrotado del hospital, porque estamos combatiendo un enemigo que no se ve y que se la pasa sorprendiéndonos para mal”, agrega.

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Lourdes Rodríguez vive un miedo similar y le tuvo que pedir a su esposo que se mudara temporalmente; él se fue con su madre a Cuernavaca, ciudad a hora y media del sur de la capital, donde Rodríguez trabaja.

Lu Rodríguez, enfermera desde hace más de 20 años, durante un turno recienteCortesía de Lu Rodríguez

Pese a que ella tomó todas las precauciones posibles para alejarse de sus seres queridos, el padre de Rodríguez se infectó al tener contacto con otro contagiado, y la enfermera sumó a sus preocupaciones profesionales el monitoreo constante, a distancia, de su papá.

“Justo cuando menos lo veo se me fue a enfermar, lejos de mi alcance”, señala, cansada y resignada. Su papá se está recuperando en casa.

La lejanía y relativa soledad es palpable incluso para quienes siguen viviendo bajo el mismo techo con sus familiares.

Juárez, enfermera de un hospital privado en el estado de Morelos, vive con sus dos hijas, de 11 y 15 años, y con su madre. Se siente obligada a mantener distancia hasta en el hogar, lo que le duele.

“Llevo tiempo sin abrazarlas bien, me da miedo darles los besos en cachete o cabeza que antes ni dudaba”, dice. El temor es palpable para Juárez porque un tío suyo ya falleció de coronavirus.

La doctora Valadés tampoco ha podido convivir con sus familiares desde marzo, a pesar de vivir en la misma casa. A diario hace una rutina de desinfección que dice que consta de más de 30 pasos, aunque la urgencióloga indica: “De cualquier manera, siento que pudiera llevar algo a casa”.

Entonces “llegando ahí otra vez desinfecto todo y me encierro en mi cuarto; si necesito usar la cocina les escribo” a los familiares “para decirles que despejen toda el área”, explica.

Código azul: el desgaste y los ataques

A los pesares personales se suma el desasosiego profesional, sobre todo porque el personal sanitario se redujo al apartarse muchos doctores que tienen diabetes, obesidad u otras enfermedades que los exponen a agravarse si se contagiaran, y porque otros colegas se rehúsan a entrar a las áreas COVID, denuncian algunas de las entrevistadas.

Las guardias se han alargado y son mucho más demandantes: “Los 10 o 15 minutos que teníamos antes, para cenar o para un reposo mental, ya no los tenemos”, asegura Medina.

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Los trajes de protección con los que se busca evitar el contagio son cerrados, pesados y de varias capas: las doctoras y enfermeras explican que de inmediato empiezan a sudar, a sentir que les falta aire, a cansarse, a no poder ver bien porque las gafas protectoras se empañan.

“Está quemándose el personal por las horas extra, por el cansancio por el equipo de protección, y luego de estar empapados en sudor, cuando salen les da golpe de frío y se exponen a enfermarse de otras cosas”, relata Valadés.

En estos momentos el desgaste no es solo físico sino emocional. Las entrevistadas recalcan que se enfrentan a una situación sin precedentes en muchos sentidos, especialmente porque no hay tratamiento para el COVID-19.

El mayor dolor, dicen todas, es ver fallecer a tanta gente.

“No por el hecho de que seamos personal médico que está en constante visión de la vida y la muerte nos volvemos de piedra”, explica Valadés con la voz entrecortada. “Es más, creo que nuestra piel es más delgada ante lo desgarrador que es vivir esto”.

Enumera, entre otras emociones, “la frustración de buscar qué pudiera ayudar al paciente sin saber a ciencia cierta, el terror de estarse quedando sin ventiladores; el dolor de no saber qué decirles a los seres queridos de alguien intubado, a quienes además solo podemos contactar por teléfono en llamadas desgarradoras; saber que van a morir más personas por COVID y también pacientes con otros males sin COVID…”.

Sin embargo, hay sectores de la sociedad mexicana que han sido muy poco receptivos a los esfuerzos de estas profesionales.

Además de los ataques, pesan la desinformación y los rumores que se esparcen como fuego con nociones completamente equivocadas como que el COVID no existe.

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“Es doloroso porque por esa mala información algunos pacientes nos llegan demasiado tarde, y nosotras mismas estamos perdiendo a amistades, maestros, familiares, compañeros, por esta enfermedad tan real”, destaca la enfermera Juárez.

Incluso el presidente, Andrés Manuel López Obrador, tuvo que disculparse hace unos días porque, en medio de la pandemia y cuando ya había decenas de casos de violencia contra el personal sanitario, aseguró sin fundamentos y de manera generalizada que los médicos buscan "enriquecerse".

Crabtree, la infectóloga especializada en VIH y quien dirige un call-center (que ha apodado"corona-cel") para darle seguimiento a los pacientes del instituto de Nutrición, lamentó que se confunda así a la población.

“Porque quienes la van a pagar van a ser personas más vulnerables que se contagien y el personal médico, que vamos a seguir viendo a gente morir sin poder hacer mucho”, dice llorosa.

Dar de alta: apapachos y momentos de levedad

En contraste con los mexicanos que las atacan, hay organizaciones, empresas, grupos de vecinos y ciudadanos que se han unido para expresarles su agradecimiento y hacerles donativos de equipo o comida.

“Es más que necesario en estos momentos porque te sientes acompañada, cobijada, y menos sola”, indica Rodríguez.

Para Medina, la administradora nocturna del instituto de Nutrición, lo más bonito no es lo que les regalan sino el mensaje escrito con el que va acompañada la donación: “El pensamiento que ponen ahí nos hace sentirnos valoradas. Estamos muy desmoralizados de ver esta enfermedad tan cruel y tan dura y esos mensajitos son como respirar aire puro y energía”.

Todas concuerdan en que lo que más las impulsa, y lo más gratificante en estos momentos, es poder dar de alta a alguien después de la enfermedad.

 “No hay palabras para describirlo, el saber que van a salir, a volver a ver a su familia… porque no muchos están saliendo”, asegura Valadés.

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Relatan que también hay ligereza de vez en cuando, al descargarse en videollamadas con sus seres queridos o al compartir una mirada de solidaridad con una colega.

“Estamos cerrando filas y trabajando mucho más en equipo que antes”, señala Rodríguez.

Medina rememora un momento en abril cuando tenía que tomarle una foto a un papel colgado en la ventana de una de las áreas que están selladas por COVID.

“Los enfermeros en el área vieron la cámara y empezaron a gritar ‘¡foto, foto!’ y se acercaron a posar. Fue espontáneo, divertido, algo que ya no se vivía ahí dentro; poder reír y por tres segundos olvidar la enfermedad”, cuenta.

Parte del equipo de enfermería del turno nocturno de Nutrición, en Ciudad de MéxicoCortesía de Bárbara Medina

Aferrándose a esos momentos contados de triunfos y sonrisas, las entrevistadas recalcan que no pueden dejar de hacer su trabajo.

Y así, determinadas, agotadas, dolidas, con jornadas extras, con escaso equipo de protección y una remuneración poco idónea, ellas siguen enfocadas en la tarea.

“Estamos ahí y lo vamos a dar todo”, sentencia Medina, “hasta que el cuerpo ya no dé, nos contagiemos o ya no podamos”.

Marina E. Franco es reportera digital en México, especializada en temas de política internacional y de género. Antes fue editora en The New York Times en Español. Puede enviarle información a marina.franco@nbcuni.com @marina_ef

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