Coronavirus en Honduras: los médicos empiezan a enfermar por la falta de insumos

El país combina una situación de debilidad institucional con una economía precaria, un gran retraso en el sistema de salud y problemas de seguridad y violencia que podrían agravar la epidemia.

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Por Albinson Linares

Laura comenzó a tener accesos de tos, suaves pero recurrentes, y algo de secreción nasal, pero se lo atribuyó a un resfriado común por el contacto con las decenas de pacientes que suele ver en un hospital del centro de Tegucigalpa, cerca de la Basílica de Nuestra Señora de Suyapa, donde trabaja como doctora. La mayoría de los casos que atiende sin tener la mascarilla adecuada, ni guantes, ni batas, ni lentes, ni gel antibacterial, presentan problemas respiratorios.

Como empezó a sentir un cansancio intenso, dolores de cabeza y fiebre moderada, el 19 de marzo decidió hacerse la prueba del coronavirus y llamó al padre de su hijo para que se lo llevara a su casa. “Es lo más triste que he tenido que hacer, pero no se puede correr riesgos. El niño también está en observación”, explica mientras afirma que decidió aislarse hasta tener los resultados.

Los reportes oficiales más actualizados muestran que Honduras ha registrado 312 contagios y 22 muertes por la pandemia de coronavirus que, a nivel mundial, ya supera la cifra de 1,430,000 personas infectadas y al menos 82,000 fallecimientos, según datos del Centro Johns Hopkins de Estados Unidos.

Al cierre de este reportaje, representantes del gremio médico aseguraban que más de treinta miembros del personal sanitario, entre médicos y enfermeras, se encuentran aislados por síntomas relacionados con la COVID-19. Sin embargo, la ministra de Salud, Alba Consuelo Flores, informó el 28 de marzo que solo un médico y una enfermera habían sido diagnosticados.

Las autoridades no han hablado sobre el caso de Laura (que prefiere no divulgar su apellido por miedo a represalias), ni se han referido al resto de los profesionales aislados.

Noticias Telemundo consultó a médicos, especialistas y expertos en salud pública que señalan las difíciles condiciones de trabajo, y las carencias de insumos básicos, que enfrenta el personal sanitario hondureño.

“Nos falta de todo. Los guantes deberían descartarse luego de cada paciente pero, como no hay, nos dicen que usemos gel y cuando también se acaba nos piden que sigamos así, sin limpiarlos y sin protección”, afirma Laura, mientras sufre largos accesos de tos.

“Muchas veces no desayunamos ni almorzamos y nos mantenemos corrido, mientras vemos los 35 pacientes del turno", añade, "pero pretenden que una mascarilla N95, que se usa para tratar pacientes de tuberculosis, dure cinco días expuesta a casos sospechosos de coronavirus. Es imposible, por eso nos estamos enfermando”.

En la mañana del 30 de marzo, Laura, quien pidió mantener su anonimato por temor a las represalias de las autoridades sanitarias, finalmente fue notificada sobre el resultado de su examen de laboratorio. Once días después, la prueba dio positivo. En el laboratorio le dijeron que como no hay reactivos suficientes, y la demanda es muy grande porque hay miles de muestras, los procesos tardan hasta 15 días o más.

“Tuve suerte porque, después de todos esos días, me empecé a sentir mejor. Pero como no estoy hospitalizada me pidieron que mañana me haga la prueba y me reincorpore el jueves. Como aquí todo tarda tanto, voy a comenzar a ver pacientes sin saber si sigo infectada”, decía entre sollozos mientras explicaba que, aunque no le pagan desde hace cuatro meses, no quiere perder su trabajo.

Un residente de la colonia Lincoln, de Tegucigalpa, donde se registraron varios casos de coronavirus, el 17 de marzo de 2020.AP

Un sistema de salud colapsado

El Gobierno hondureño ha implementado un toque de queda absoluto a nivel nacional hasta el 12 de abril, además de algunas medidas como el refinanciamiento de los créditos, el anuncio de que no se cobrarán intereses o cargos extras por retrasos en pagos y un plan de alimentación para unas 800,000 familias vulnerables.

Sin embargo, el presidente, Juan Orlando Hernández, ha sido muy claro al advertir que “lo más difícil está por venir” y “los sistemas de salud más grandes del mundo han caído de rodillas ante esta oleada de infectados”. Se espera que esta semana, el Congreso discuta y apruebe medidas adicionales para mitigar el impacto económico de la cuarentena.

Sin el coronavirus, Honduras ya tenía graves problemas con su sistema de salud. Un reporte del Centro de Estudio para la Democracia, publicado en 2019, advertía que el país —que tiene una población de 9,3 millones de habitantes— solo cuenta con unas 6,590 camas en el sector hospitalario, lo que se traduce en 9,5 camas por cada 10,000 habitantes. A nivel de centros asistenciales, Honduras presenta una cobertura de 0,4 hospitales por cada 100,000 habitantes.

“Solo tenemos 140 unidades de cuidados intensivos para más de 9 millones de personas, aquí el coronavirus va a ser catastrófico”, asevera Carlos Umaña, presidente de la Asociación de Médicos del Instituto Hondureño de Seguridad Social en San Pedro Sula, importante ciudad industrial ubicada al norte del país.

Umaña cita un modelo matemático desarrollado por científicos del instituto que predice que, al alcanzar los 1,000 casos, Honduras igualará a los países europeos y cada semana aumentará de 2,000 a 3,000 casos.

“La responsabilidad de la mala condición de la salud es de los políticos que durante años nos obligaron a trabajar en una situación miserable”, asevera el médico y cuenta amargamente cómo recientemente el Gobierno hizo una compra de más de un centenar de ventiladores que no cumplen con los requisitos: “Los equipos que trajeron no sirven para esta emergencia, no nos preguntaron y ese fue el resultado. A los políticos se les olvida que las salas van a estar saturadas y el dinero no los va a salvar porque las fronteras están cerradas, acá las muertes van a ser terribles si no se acata la cuarentena”.

Recientemente, la Plataforma Todos Unidos contra el COVID-19, un grupo que realiza encuestas en línea sobre sintomatología respiratoria, proyectaba que, a corto plazo, de los 3,5 millones de personas que viven en las principales ciudades del país alrededor del 1%, unas 35,000 personas, podría presentar complicaciones que ameriten hospitalización. Y el 0,2%, aproximadamente 7,000 casos, necesitarían ser atendidos en unidades de cuidados intensivos.

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“La falta de protección personal está afectando al personal médico porque no hay planes operativos, por eso se ha retirado el 60-70% de la fuerza laboral que son los médicos internos, residentes y los de servicio social que dependen de la Facultad de Medicina”, explica Suyapa Figueroa, presidenta del Colegio de Médicos de Honduras, quien afirma que también faltan pruebas diagnósticas por lo que no se han establecido los cercos epidemiológicos adecuados para impedir la propagación del virus.

“Además el 64% de nuestra población es pobre y vive en lugares de gran hacinamiento. Es imposible aislarlos dentro de sus casas así que las familias podrían infectarse todas, la verdad vivimos un panorama sumamente sombrío”, concluye Figueroa.

La colonia Lincoln, de Tegucigalpa, fue acordonada porque se registraron varios casos de coronavirus, el 17 de marzo de 2020.AP

5,000 dólares diarios por cuidados intensivos

Yahvé Sabillón, médico y diputado opositor, explica que en el sector privado también existen carencias aunque la logística permite manejar mejor los recursos para, por ejemplo, ingresar a los pacientes en grupos de 50 en 50. Pero insiste en que el problema del país es estructural y el sistema sanitario ya estaba colapsado, en parte por la epidemia de dengue que en 2019 alcanzó la cifra de 110,000 casos ocasionando al menos 178 fallecimientos.

“Esa crisis afectó todo, desde el suministro de insumos hasta los precios. En una unidad privada de cuidados intensivos el día de atención cuesta hasta 5,000 dólares, lo cual es casi imposible de pagar para nuestra población tan pobre”, asevera Sabillón quien cuenta que hace unos días a una paciente que presentaba los síntomas del coronavirus la mandaron en transporte público de un hospital a otro, durante todo un día, hasta que la diagnosticaron: “Esa mujer tosía todo el tiempo, y debió haber contagiado a muchas personas”.

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Para diversos especialistas, Honduras es una tormenta perfecta: combina una situación de debilidad institucional con una economía precaria, un gran retraso en el sistema de salud —que se remonta a varias décadas del siglo pasado—, aparte de los problemas de seguridad y violencia que, solo en 2019, llevaron a que el país registrara 3,996 homicidios ocasionados, en gran medida, por los enfrentamientos de pandillas delictivas como la Mara Salvatrucha y Barrio 18.

Aunque ningún país del mundo tenía las condiciones necesarias para enfrentar la pandemia actual, los expertos coinciden en que pocas naciones están peor preparadas que Honduras. Entre tanto, la Secretaría de Salud ha tuiteado las fotos de un helicóptero que el 29 de marzo voló sobre la capital con las imágenes de la Virgen de Suyapa y el Jesús Sacramentado.

Ligia Ramos trabaja desde hace 16 años en una clínica del Seguro Social, en Tegucigalpa, y cada mañana está en la unidad de triaje, que es donde se reciben a todos los pacientes. Aunque dice que es afortunada porque cuenta con el equipo básico de seguridad, le preocupa que no tiene trajes impermeables, ni gorros, ni botas o el material de bioseguridad que necesita para poder examinar a los pacientes con síntomas de la COVID-19. A ellos debe revisarles la faringe, los pulmones, los oídos y palparles los ganglios, operaciones rutinarias que en esta emergencia entrañan un gran peligro para los médicos que diariamente están en contacto con decenas de pacientes.

“Entendemos que hay una carencia mundial pero venimos de 10 años de precarización del sistema de salud y nunca hemos tenido lo básico”, afirma con hastío, mientras cuenta que muchos de sus colegas y enfermeras ya podrían haber sido contagiados.

“Tenemos residentes que presentan los síntomas porque han examinado a pacientes positivos sin protección y los tienen trabajando. Eso es un problema porque se enferman ellos, y son un foco de infección para los pacientes”, dice.

Ramos tiene tres hijos pero, como pasa con muchos especialistas que están en la primera línea de la atención del brote, decidió separarse de ellos durante estos días. Cuando termina sus consultas se marcha rápido a su casa y, apenas llega, se quita toda la ropa para desinfectarla, bañarse y luego se aísla en su cuarto. “Los mandé con su papá porque es muy difícil no atenderlos, se sienten rechazados cuando uno no los puede besar o abrazar. Es una decisión difícil pero, mientras dure esta crisis, no los puedo tener”.

Mientras tanto, Laura se prepara para volver a trabajar el jueves. Su mente la tortura con dos posibilidades funestas: si ya se curó teme volver a contagiarse porque sabe que no tendrá la protección adecuada y su sistema inmunológico está débil pero, si no se ha recuperado, la atormenta la idea de poder enfermar a las personas que examine durante su jornada diaria. Lo peor es que tendrá que esperar muchos días, al menos una semana, para tener los resultados de su examen.

“Así nos tratan aquí, al gobierno no le importan nuestras vidas. Pero conseguir trabajo es muy difícil, así que el jueves estaré en la clínica”, asegura mientras continúa tosiendo.

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