“Quisiera estudiar pero no puedo. Nos levantamos para que no haya más violencia”: hablan los niños armados de Guerrero

Ayahualtempa y otras 15 comunidades de Guerrero son resguardadas desde hace años por grupos de policías comunitarios ante las acciones de grupos delictivos. Debido a recientes ataques, ahora los niños también se entrenan para combatir a los criminales.

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/ Fuente: TELEMUNDO

Por Albinson Linares

AYAHUALTEMPA, México.– El sol caía perpendicular sobre la tierra seca donde todo era amarillo y ocre. Casi al mediodía del 6 de febrero, una larga fila de personas sudaba en una cuesta mientras cosechaban maíz. Arrancaban las mazorcas y las limpiaban de hojas para luego tirarlas en costales, una y otra vez con un ritmo mecánico. Algunas espaldas encorvadas brillaban en la cuesta empinada donde la gravedad no hacía mella en los cuerpos tensos que reptaban con agilidad. De cerca, se veía que el brillo provenía de los fusiles y rifles que cargaban. Otros se volteaban y tenían una pistola al cinto.

Abajo, cerca de la carretera, Luis se movía con zancadas cortas por la milpa cargando un costal colorido y pesado. Tiene 13 años, y ese día usaba una raída camiseta negra de Call of Duty, el videojuego, y jeans viejos mientras contaba las mazorcas con agilidad. Ya no va a la escuela pero dice que matemáticas era una de las materias que más le gustaba y mostraba sus pequeñas manos callosas por las largas jornadas de recoger maíz, frijoles o calabazas.

“Quisiera estudiar pero no puedo porque la delincuencia está cerca de la secundaria”, explicaba. Ahora suele trabajar en los campos o cuidando animales desde las 7 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde. Depende de la temporada. Pero desde hace tres meses alterna su rutina con el entrenamiento con armas para formar parte de la policía comunitaria de Ayahualtempa, su pueblo. “Ellos (los delincuentes) te ven y como mi papá es comunitario pero no lo pueden agarrar, me pueden agarrar a mí y me pueden matar”.

Según datos oficiales, el 51% de los niños mexicanos, unos 21 millones, viven en situación de pobreza. Noticias Telemundo

Ayahualtempa, un pueblo de unos 600 habitantes ubicado en la zona de la Sierra Madre del Sur en Guerrero, ha suscitado gran atención internacional desde que a fines de enero comenzaron a verse imágenes y videos de niños —que van desde los 6 hasta los 17 años— portando rifles, escopetas y palos en medio de maniobras de entrenamiento. Aunque los expertos advierten que no es la primera vez que eso sucede en la región, célebre a nivel mundial por ser uno de los epicentros de la producción de amapola y el procesamiento de heroína, en esta ocasión se ve como una respuesta de esos pueblos, con una población mayoritaria de indígenas nahuas, a la ausencia de eficientes políticas de seguridad por parte del Estado mexicano.

Luis dice que decidió entrenar porque su comunidad necesita seguridad. “Quieren entrar a nuestro territorio y tenemos que cuidarlo con la policía comunitaria”, explica mientras sigue recogiendo mazorcas. Aunque ya no aprende matemáticas y ciencias, sus materias preferidas, afirma que ahora finaliza muchas de sus tardes adquiriendo destrezas como posiciones de tiro, maniobras contra carros blindados, cómo rescatar a un compañero y diversas estrategias de ataque contra los delincuentes. Cuando le preguntan si le gusta jugar Call of Duty, el videojuego de disparos en primera persona de la camiseta que lleva puesta, se ríe nerviosamente y dice que no sabe qué es eso. “Esto me lo regalaron”, comenta con nervios. En su caso las armas no son un juego, sino la cruda realidad de todos los días.

Basados en datos oficiales, la Red por los Derechos de la Infancia en México, una asociación civil que se encarga de defender los derechos de la infancia en el país, afirma que el 51% de los niños mexicanos –unos 21 millones– viven en la pobreza. De esa cifra 4,7 millones viven en pobreza extrema. Ocho de cada 10 niños en esas condiciones pertenecen a comunidades indígenas como Ayahualtempa.

Según cifras del gobierno, ocho de cada diez niños en condiciones de pobreza extrema pertenecen a comunidades indígenas como Ayahualtempa.Noticias Telemundo

“Tienes que sostenerlo fuerte”

Al menos una veintena de jóvenes participan en los entrenamientos de la policía que pertenece a la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias. Gerardo, el hermano mayor de Luis que tiene 17 años, incluso dirige algunas de las prácticas más intensas que regularmente se realizan los lunes, miércoles y viernes. Luego de alzar un enorme bulto de maíz, tomó un descanso y explica que, aunque ya terminó la secundaria, no puede estudiar porque su escuela queda en Hueycantenango, una población cercana que se encuentra dominada por “Los ardillos”, un grupo vinculado al crimen organizado. 

“Entré a la policía para apoyar a mi pueblo y cuidar a mi familia. No quiero que les pase algo a mi mamá, mi papá y mis hermanos”, asegura mientras cuenta que, junto con otros jóvenes y miembros de la policía, se encarga de patrullar las calles de Ayahualtempa.

Esa tarde, Luis y Gerardo trabajaron hasta las 5 de la tarde recogiendo maíz. Poco después corrían con otros niños por las calles de tierra, levantando nubes de polvo mientras se arremolinaban en la cancha de baloncesto del pueblo. En vez de driblar y lanzar tiros a la canasta, estaban ataviados con camisetas verdes de la policía comunitaria y cubrían sus rostros con pañoletas (paliacates) y gorras. Algunos se vendaban los codos para no lastimarse más con el suelo rugoso de la cancha.

Era una milicia diminuta a la que le quedaban grandes los uniformes y que usaban sandalias trenzadas, unos aspirantes a policías que lucían flacos y desgarbados. “No seas gacho, no cargues el rifle así. Tienes que sostenerlo fuerte”, le decía uno de los mayores a un pequeño de 9 años.

Un grupo de niños durante los entrenamientos armados de la policía comunitaria en Ayahualtempa, Guerrero, el 6 de febrero de 2020.Noticias Telemundo

Casi a las seis, Gerardo comenzó a dirigir la práctica. Daba órdenes con voz estentórea y los pequeños le hacían caso, al pie de la letra. Practicaron un orden cerrado con posiciones de tiro de pie, semiarrodillados y acostados en el piso. Una y otra vez repitieron diversas secuencias durante casi media hora. Los mayores de 12 años tenían rifles calibre 22, los más jóvenes cargaban las escopetas de juguete que hicieron con madera y cintas adhesivas. Cuando, al final de la última instrucción escucharon el grito de “¡en descanso, ya!”, se sentaron en las gradas a reírse y hablaban animadamente. 

Alex agarraba su escopeta con firmeza, mientras escuchaba a sus compañeros. De repente cuenta que casi toda su familia, unas 30 personas, forman parte de la policía y algunos de sus tíos han muerto por los ataques de la delincuencia. “Desde que ‘Los ardillos’ aparecieron mucha gente de nuestro pueblo comenzó a desaparecer. Mi papá está enojado porque algunos de nuestros compañeros han caído”, explicaba con desaliento. “En el pueblo han matado a muchos, y nosotros nos hemos levantado para que ya no haya más violencia”.

Poco después comenzó a caer la noche y mientras algunos niños volvían a sus casas, otros decían que les tocaba patrullar. “Siempre salimos a resguardar las afueras del pueblo, eso es lo que nos toca”, decía Gerardo.

Un reporte del año pasado afirmaba que Guerrero tenía el mayor número de civiles armados en el país con 23 grupos de autodefensas.Noticias Telemundo

La tormenta de violencia

Las autodefensas son legales en Guerrero. Un reporte publicado el año pasado por la Coordinación Estatal para la Reconstrucción y la Paz afirmaba que esa entidad tenía el mayor número de civiles armados en el país con 23 grupos de autodefensas que operaban en el 70% del territorio. Desde hace años, Ayahualtempa y otras 15 comunidades, son resguardadas por grupos de hombres voluntarios que vigilan las poblaciones ante el avance de grupos delictivos como “Los ardillos”, relacionados con la producción y distribución de heroína además de implementar una estrategia de secuestros, asesinatos y extorsiones para controlar la región.

Desde hace cuatro años, el colectivo de víctimas “Siempre Vivos” de Chilapa, Guerrero, ha trabajado para registrar el número de homicidios dolosos que son atribuidos a las acciones de ese grupo delictivo. La investigación cuenta con la colaboración de Chris Kyle, antropólogo social de la Universidad de Alabama, y entre 2017 y 2018 contabilizó un total de 549 homicidios y más de 500 desaparecidos.

“Es una vergüenza para el Estado mexicano que no nos den protección y lo más lamentable es que los niños se tengan que armar”, explica José Díaz Navarro, miembro del colectivo y víctima de la violencia en la zona porque dos hermanos suyos fueron secuestrados y asesinados hace cinco años. “A ‘Los ardillos’ nadie los molesta, no ofrecen ni diez pesos para quien ofrezca información, eso muestra la protección que ha habido a nivel federal y estatal. Ellos controlan la policía municipal, la comunitaria, calculo que han ejecutado por lo menos un 80% de los 1500 asesinatos que se registran acá”.

Díaz Navarro ya no puede vivir en Chilapa, Guerrero, porque dice que le pusieron precio a su cabeza. Siempre que visita la región debe estar escoltado por al menos siete policías fuertemente armados y asevera que los hermanos Celso e Iván Ortega Jiménez son los líderes del grupo delictivo y los responsabiliza de las ejecuciones de sus hermanos y la criminalidad en la zona.

Según información oficial, los grupos de autodefensas operaban en el 70% del territorio de Guerrero en 2019.Noticias Telemundo

En enero de 2019, “Los ardillos” intentaron ingresar a una de las 16 aldeas protegidas por la policía comunitaria. Se produjo un tiroteo y murieron al menos 10 miembros del cártel, según personas de la comunidad y reportes de prensa. Poco después, las mujeres indígenas de la aldea comenzaron a entrenar con armas de fuego para que también pudieran luchar en caso de que fueran atacadas. También en enero, 10 músicos de una aldea indígena fueron emboscados después de un concierto. Los cuerpos de los hombres, con edades que iban desde los 15 hasta los 42 años, fueron encontrados en dos camionetas y algunos restos estaban calcinados. Se calcula que solo este año más de 25 personas han sido asesinadas en el territorio de esos pueblos indígenas.

El auge de la violencia en esa región se presenta luego de que México finalizara 2019 con un récord de 34,579 asesinatos. Es decir, unos cuatro homicidios por hora, con lo que supera todas las estadísticas de las últimas dos décadas. Sin embargo, durante su conferencia matutina del 31 de enero el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador definió la situación de los niños armados como “un acto prepotente”, y aseguró que con esas actitudes no se consigue nada. “Hacen ruido en las redes sociales, vergüenza les debería de dar hacer eso, no se les va a aplaudir por eso”.

Para algunos expertos como Juan Martín Pérez, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México, el problema de niños armados en situaciones de violencia está estrechamente vinculado al reclutamiento forzado, una problemática que no ha sido atendida por los gobernantes del país.

En 2011 y 2015, el Comité de los Derechos del Niño, una organización de la ONU, dijo que le causaba una profunda preocupación que el Estado mexicano no haya tipificado como delito el reclutamiento forzado de niños, así como que no se hayan adoptado “medidas suficientes” para prevenir esas prácticas ni para prestarles apoyo psicosocial a los niños víctimas de esa situación. Según Pérez, ni el gobierno actual, ni los de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto han hecho nada al respecto.

“La situación de esos niños responde a la discriminación y el abandono estructural que sufren todos los pueblos indígenas y cuando tenemos escenarios de crimen organizado esas comunidades quedan expuestas frente a los grupos criminales”, asevera.

Gerardo, un joven que participa en la policía comunitaria, dirige uno de los entrenamientos en Ayahualtempa, Guerrero, el 6 de febrero de 2020.Noticias Telemundo

Jugar entre armas

Al amanecer del 7 de febrero, Luis y Gerardo desayunaban en su casa. El aroma de un guiso de huevos y chile guajillo inundaba la cocina mientras Josefina, su madre, calentaba las tortillas recién hechas en un enorme comal. Sus manos recorrían la superficie hirviente sin temerle al fuego, años de práctica y un agudo olfato hacían que supiera exactamente cuándo debía voltear cada tortilla justo cuando crepitaba en tonos dorados. “Así les gusta a ellos, es un buen desayuno porque trabajan mucho”, comentó mientras los miraba con arrobo.

Los jóvenes bromeaban con Luis, su padre, mientras comían y tomaban el dulce café de olla. En el patio, tres perros se disputaban un montón de tortillas y unas gallinas picoteaban granos de maíz, parecía que por un momento se respiraba el aire de una tregua entre los entrenamientos, los patrullajes y las malas noticias. Eran unos minutos valiosos para que Luis y Gerardo volvieran a ser niños y jugaran un poco con sus trompos que bailaban rápidos en el piso de tierra. Luis intentaba hacer trucos, y su hermano mayor le explicaba cómo lograr que el trompo se posara sobre la palma de la mano.

Luis, el patriarca del hogar, los miraba desde lejos con el rifle terciado. Es uno de los comandantes de la policía del pueblo y dice que nunca se imaginó que sus hijos tendrían que dejar de estudiar para empuñar las armas. Tiene 39 años y nació en Ayahualtempa, donde ha vivido toda su vida, donde sus padres le enseñaron a sembrar y cosechar hasta que, en 2016, también tuvo que aprender a disparar. “Fue pura necesidad, uno no quiere hacer esto pero comenzaron a desaparecer compañeros y nos llenamos de miedo”, explicaba mientras recordaba que el Estado les mandaba patrullas de vez en cuando, pero los policías no hacían nada contra las bandas delictivas. “Mis hijos no son sicarios, ellos decidieron unirse cuando vieron que nos podían matar”.

Al rato, Gerardo volvió a ponerse su paliacate verde y tomó una escopeta. Decía que le parecía injusto que dijeran que se estaban entrenando para ser sicarios. “Eso no es cierto porque nos dan capacitación y el arma no se usa para andar asustando a la gente, sino para nuestra defensa. No es para volvernos delincuentes”, explicaba mientras decía que quería ser doctor cuando creciera. “Hay que trabajar aquí en la comunidad y ayudar a los enfermos con las medicinas”.

Luis, de 13 años, es uno de los miembros más jóvenes de la policía comunitaria de Ayahualtempa, Guerrero, el 6 de febrero de 2020.Noticias Telemundo

A las 9 de la mañana se convocó a todo el pueblo para que asistieran a una reunión en la cancha de baloncesto. Hombres, mujeres y niños, algunos armados, acudieron a recibir la visita de Mercedes Calvo, presidenta del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia en Guerrero, y esposa del actual gobernador, Héctor Astudillo Flores.

Pronto llegó una caravana con funcionarios estatales que, entre otras cosas, venían a atender los problemas educativos de la zona. Mientras algunos pobladores intentaban exponer sus carencias y necesidades, muchos otros comenzaron a irse al ver que Calvo no iba a llegar. “Siempre es así, primero dicen una cosa y luego no más no cumplen y una se queda esperando”, dijo Mercedes Rodríguez, mientras agarraba su mochila y se iba a cosechar maíz.

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