Este asesino exige morir fusilado. Otros dos lo intentaron antes y sus últimas palabras fueron dramáticas

"Si me sacan, será la guerra", amenazó a la policía. Luego explicó que había consumido marihuana, cocaína y champán. Ahora quiere morir fusilado. Hay dos precedentes muy duros.

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/ Fuente: TELEMUNDO

Siete días antes de Navidad, Michael Wayne Nance robó un viejo automóvil Oldsmobile Omega y manejó hasta una oficina del banco Tucket a las afueras de Atlanta (Georgia). Entró con la cara cubierta por una máscara de esquí y con guantes, y exigió dinero en efectivo, amenazando con un revolver del calibre .22. Si llamaba a la policía, le dijo a la cajera, sería la primera en morir.

Los empleados del banco, arriesgando sus vidas, lograron introducir dos paquetes con pintura roja y gas lacrimógeno que se activaron cuando Nance regresó a su auto. El hombre salió huyendo, dejando el dinero y la máscara atrás pero empuñando aún su revolver, y corrió hasta el estacionamiento de una tienda de licores próxima. Allí se cruzó con Gabor Balogh y selló su destino.

El ladrón abordó a Balogh, que acababa de salir de la tienda y estaba ya en su automóvil, retrocediendo para dejar su plaza de aparcamiento. Abrió la puerta del vehículo y trató de sacar al hombre, pero éste se resistió y terminó recibiendo un disparo que le penetró por el pecho y le dañó el corazón, acabando con su vida.

Nance, que anteriormente había atracado ya otro banco de la misma forma, se atrincheró en una gasolinera cercana y le dijo a la policía: “Si me sacan, será la guerra”. Durante el juicio, explicó que había bebido champagne de la marca de lujo Dom Perignon, y había consumido cocaína y marihuana antes del robo.

Fue condenado a muerte.

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El asesinato tuvo lugar en 1993, pero la condena fue revisada, anulada y reimpuesta en varias ocasiones hasta que ahora, con 43 años de edad, apenas le quedan ya opciones más allá de apelar en febrero a la Corte Suprema.

Pero no sólo está luchando ahora por no morir, sino también por cómo morir.

Durante estos años, asegura haber tomado dosis crecientes de una medicina contra el dolor crónico de espalda, que, añade, le ha alterado la química cerebral hasta poner en peligro la eficacia de la droga (pentobarbital) usada en Georgia para ejecutar mediante inyección letal.

Eso le pone en riesgo de una ejecución dolorosa (lo que iría en contra de la Constitución), a lo que se suma además que sus venas están “seriamente comprometidas”, explica, y serían difíciles de localizar para inyectarle el veneno.

Por todo ello, ha presentando una demanda judicial para que sea un pelotón de fusilamiento quién acabe con su vida, según el diario The Atlanta Journal-Constitution.

“Si necesita un pelotón de fusilamiento, que se lo permitan”, ha respondido el fiscal del distrito Danny Porter, “es ciertamente una petición única”.

Georgia usaba en el pasado este método de ejecución, aunque a partir de 1924 se cambió a la silla eléctrica. En 2001, cuando la Corte Suprema estatal decretó que ésta era inconstitucional, se cambió a la inyección letal.

La última ejecución por pelotón de fusilamiento fue en 2012 en Utah. Pero el caso de Nance no es único.

En 2017, otro condenado a muerte en Georgia, J. W. Ledford Jr., solicitó ese modo de castigo aduciendo también el consumo del mismo fármaco contra el dolor de espalda. La justicia denegó su petición y fue ejecutado con inyección letal. Sus últimas palabras fueron: “Podéis besar mi culo de basura blanca”.

En Texas, en 2018, Danny Paul Bible también solicitó un pelotón de fusilamiento al considerar que sería imposible administrarle el veneno por vía intravenosa. En su defecto, requirió que se le administrara nitrógeno gaseoso para asfixiarle. Pero eso hubiera requerido un cambio en las leyes estatales, y la Corte Suprema se lo negó

No quiso decir unas últimas palabras, pero cuando empezó a sentir los efectos de la droga (la misma, pentobarbital), con la respiración acelerada, murmuró: “Quema, duele”. Después dejó de moverse y en un minuto estaba muerto.