“Me convirtieron en un monstruo”. Con sólo 22 años, este sicario mató a 100 personas. Así se redimió

Deseaba ser respetado. Le pusieron a prueba y mató a dos personas. Luego supo que eran inocentes. A un compañero le balearon por dudar antes de desmembrar un cadáver. Él no dudó.

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/ Fuente: TELEMUNDO

Era un trato simple. El sicario proveía información, servía de testigo y ayudaba a las autoridades a llevar a la cárcel a sus antiguos compañeros del cártel. Y a cambio evitaba pasar el resto de su vida en prisión. Pero no acabó como esperaba.

Una investigación del diario The New York Times ha revelado cómo un asesino del cártel Guerreros Unidos pasó a ser un testigo protegido en México, ayudando a resolver docenas de casos en Morelos (sur de México), dentro de un controvertido programa que operaba en los márgenes de la ley.

El entonces jefe de la policía en Morelos, Alberto Capella, vio una oportunidad en el joven sicario cuando lo arrestaron. La evidencia que descubrieron en su teléfono podría haberlo hundido en la cárcel con una condena de 200 años. Estaba en una encrucijada: meterlo preso o utilizarlo para destruir a los cárteles en Morelos con su información privilegiada. Escogió lo segundo.

“Teníamos que probar algo”, dijo Capella al medio citado, quien ya había sobrevivido a un intento de asesinato años antes. “No podíamos sentarnos nada más sin hacer nada”.

Desde el año 2007, cuando el expresidente Felipe Calderón (2006-2012) declaró la guerra al narcotráfico y sacó al ejército a las calles, México ha visto un incremento significativo en la tasa de homicidios. Este 2019 terminará como el año más violento en la historia reciente, con más de 30,000 asesinatos y una tasa de homicidios de 16 por cada 100,000 habitantes, el doble que en 2007.

 Cómo se entrena a un asesino

El sicario, cuya identidad no ha sido revelada para proteger a su familia, fue responsable de unos 100 asesinatos a sus 22 años, en 2017, según ha dicho él mismo al diario citado. Las autoridades confirmaron casi dos docenas de los casos.

Se inició en el mundo del crimen cuando apenas era un adolescente.

Cansado de ver a sus padres batallar para llevarle un plato de comida a sus hermanos y a él; deseoso del respeto que infundían los matones en su natal Jojutla, Morelos, decidió probar su propia suerte.

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Su primera tarea fue ver e informar, ‘halconear’ en el argot de los criminales. Luego, robos y narcomenudeo. Era el año 2012 y tenía 17 años. Sus jefes no lo creían capaz de matar, así que decidió probarles su equivocación. Pero ni siquiera él sabía de lo que era capaz.

El cártel Guerreros Unidos opera principalmente en los estados sureños de Guerrero y Morelos. Fue una escisión del grupo de los Beltrán Leyva. En septiembre de 2014, fueron responsables de la desaparición de 43 estudiantes normalistas de la escuela Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Los llamados 43, cuya desaparición cimbró el sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto (2012-2018).

Señalaron a dos hombres. Si de verdad tenía el valor, que lo probara matándolos. Se acercó a ellos preguntándose si sería cierto, si no podía hacerlo, recuenta el New York Times. Sacó un pequeño cuchillo de su bolsa y sin pensarlo otra vez le cortó el cuello al que tenía más cerca.

“Me bloqueé, bloqueé mis emociones, me dije que era otra persona la que lo estaba haciendo”, le dijo al medio citado. Después le dijeron que había matado a dos hombres inocentes.

La macabra hazaña le abrió las puertas del cártel. Ahora sus jefes estaban interesados en él. Fue entonces que lo enviaron a un campamento para sicarios.

Como en la escuela del terror del Cártel Jalisco Nueva Generación, un centro de entrenamiento de sicarios del que Noticias Telemundo dio cuenta en una investigación independiente, el campamento de sicarios de Guerreros Unidos tenía una sola misión: deshumanizar a las personas a base de torturas, asesinatos, golpes, amenazas para que aprendan a obedecer sin chistar.

Vio cómo le metieron un balazo en la cabeza a un hombre que dudó en desmembrar un cuerpo cuando se lo ordenaron. Él no dudó. Parado frente al cadáver, suprimió las ganas de vomitar y lo empezó a trozar con un cuchillo, según relató al medio citado.

“Me quitaron todo lo que quedaba en mí de humano y me convirtieron en un monstruo”, dijo.

De Guerreros Unidos pasó a trabajar para Los Rojos, un brazo armado escindido que ganó poder a medida que la investigación del caso Ayotzinapa hacía pedazos a su antiguo cártel. Se convirtió en un asesino a sueldo.

 El informante

La policía lo arrestó después de cinco años de vivir una doble vida como asesino y padre de familia. Pronto su mundo comenzó a colapsar bajo el peso de la culpa. Un pastor analfabeta que había sido antes un sicario lo ayudó a lidiar con sus sentimientos. Se convirtió al cristianismo.

Capella sabía que la solución que había ideado sería controversial. No había una ley en el estado de Morelos que permitiera llevar un programa de testigos protegidos. El único programa de este tipo era federal y estaba completamente desacreditado tras una historia de filtraciones y asesinatos, como el de Edgar Enrique Bayardo.

Bayardo, un antiguo colaborador del entonces secretario de Seguridad Genaro García Luna, fue acusado de colaborar con los cárteles y luego fue incluido en el programa de protección de testigos. Lo mataron a balazos en un Starbucks en el sur de la Ciudad de México. A García Luna lo acusaron en Estados Unidos la semana pasada de colaborar con el narcotráfico.

El programa de Capella parecía estar funcionando. Mientras México vivía casi 100 homicidios por día para 2018, en Morelos habían bajado. Su programa llegó a tener hasta 12 testigos que vivían en un cuarto adjunto a una cárcel, protegidos por la policía.

Sin embargo, Capella dejó el estado de Morelos a principios de 2019 cuando le ofrecieron un trabajo en la secretaría de Seguridad de Quintana Roo. Todo se vino abajo rápidamente.

Al poco tiempo muchos de los testigos regresaron a la vida criminal, incluido el joven padre de familia que se inició en el campamento de Guerreros Unidos, quien empezó a vender droga.

Un día le avisaron que lo iban a arrestar, así que huyó. El temor de parar en prisión con la gente a la que había ayudado a enviar allí era demasiado poderoso. Poco tiempo después su hermano apareció muerto con un mensaje: “A ver si así aprenden”.

A pesar de eso, el antiguo sicario dijo que no buscaría venganza. Su hermano había muerto y nada lo iba a cambiar. Pero él ya no quería ser parte en el ciclo sin fin de la violencia. “Esto no va a cambiar, no importa lo que yo haga. Nada más que ya no voy a ser parte de eso otra vez”, dijo.