Lo que vi en la frontera de El Paso

El periodista Jordi Évole visitó El Paso, Texas, durante la producción del documental 'Mr. Trump, disculpe las molestias'. Esto fue lo que encontró.

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Los puentes se inventaron para unir. Pero si a un puente le colocas una frontera en medio, da la sensación que separa. Aterrizar en El Paso y plantarte en uno de los puentes fronterizos que une/separa Estados Unidos y México vacuna contra los prejuicios. Centenares de personas cruzan de un lado al otro sin ningún tipo de problema ni conflicto. Da la sensación que todos forman parte de la misma comunidad, aunque vivan en mundos distintos, dependiendo de qué lado de la frontera cayeron.

Hay quien va hacia Juárez a ver a la familia. Familias que quedaron partidas: los que decidieron quedarse y los que decidieron emigrar. O mexicanos que acuden a El Paso a trabajar en comercios, a limpiar casas o a cuidar ancianos. Esos trabajos que la mayoría de estadounidenses no quieren hacer, aunque se aplique ese mantra universal de “vienen los de fuera a quitarnos el trabajo a los de casa”.

También están los que simplemente cruzan para comprar o pasear. Y nos llaman la atención los que lo hacen para realizar actividades no tan comunes, como donar plasma. Para eso cruza Martín. No tiene papeles para trabajar en Estados Unidos, ni para realizar ninguna actividad económica. Pero nadie se los pedirá para donar plasma. Es extraño con los estrictos controles que hay últimamente. Se ve que para según qué se hace la vista gorda. Cosas de la doble moral. Igual es porque en Estados Unidos se necesita plasma y es fácil conseguirlo pagando unos pocos dólares a mexicanos que cruzan la frontera. Son pocos dólares para la multinacional que hace las extracciones, pero una buena ayuda para un mexicano. Martín no se esconde: “Me viene muy bien ese dinero. Compraré pañales en Walmart para mi hija y me volveré a Juárez”. En los últimos años ha crecido el número de estadounidenses que opinan que los inmigrantes son parásitos de su sistema. Aunque parece que en este caso sea a un mexicano como Martín al que le estén chupando la sangre. Él ni se lo plantea. Creo que ni le importa. Piensa en su día a día, en sus necesidades, que no son pocas.

El Paso es un cruce de caminos entre dos mundos, uno rico y otro pobre, separados por muy pocos metros. Y son muchos los que históricamente han emprendido el viaje hacia el norte para lograr tener una vida mejor. Eso ha hecho que la comunidad latina sea cada vez más numerosa en Estados Unidos. Las cifras la sitúan actualmente por encima del 18% de la población, aunque su representación institucional sea muy inferior. En el Congreso, por ejemplo, solo un 9% de los congresistas son de origen latino. Existe un muro mental que impide el reconocimiento y el respeto que se merece una comunidad tan importante para el día a día del país. Porque los latinos no son un apéndice. Los latinos son Estados Unidos.

Dos de los grandes referentes periodísticos de esa comunidad, Jorge Ramos y José Díaz Balart, ambos despreciados por Donald Trump en sendas ruedas de prensa, lo tienen claro: “El angloparlante no nos ve, no sabe que exisitimos. Hay dos américas, y en un restaurante las podemos ver con facilidad: los que están en la sala comiendo, y los que están en la cocina o sirviendo. Y a esos ni les miran. Y hay que reivindicar a los que están en las cocinas, a los que trabajan por sueldos bajos, y no se quejan. Sin ellos este país no funcionaría”. 

Según las estadísticas, El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Lo corroboramos en nuestro paseo. Un señor de unos 60 años, viendo nuestras caras de recién aterrizados, nos pregunta que de dónde salimos: “Somos un equipo de televisión español que estamos haciendo un programa para Telemundo”. Se llama Ramón y conserva intacto su acento mexicano, aunque tiene la ciudadadanía americana desde hace más de 50 años, cuando las cosas no eran como ahora. Nos enseña el titular de un periódico local: “Se ahogaron 7”. Eran personas que luchando por una vida mejor, la perdieron cruzando el Río Bravo. En la foto del periódico sin embargo se puede ver a una famlia que sí logró cruzar. A los pocos días otra foto dará la vuelta al mundo. Una niña salvadoreña abrazada a su padre, ambos boca abajo, ahogados cruzando el mismo río.

La foto impacta, pero desgraciadamente no nos sorprende. Es otra foto icónica, como la del niño sirio Aylan, en una playa turca. Venimos del Mediterráneo, donde anualmente se ahogan centenares de personas. La inhumanidad con la inmigración también se ha globalizado. La actitud de las autoridades europeas está siendo tan discutida como la de Donald Trump. De hecho en Europa empiezan a proliferar los aprendices de Trump. Tiene alumnos aventajados en casi todos los países. Algunos se esfuerzan en igualarlo o incluso en superarlo. El presidente de los Estados Unidos ha creado escuela. Cuando acabe su mandato podría hacer un reality –un remake de ‘The Apprentice’- en el que se dedicase a seleccionar políticos a nivel mundial que siguiesen sus pasos. Show must go on.

Jaqueline tuvo más suerte cuando cruzó el Río Bravo, en 1999. Pero su suerte se convirtió en su condena. Es una de las 11 millones de personas indocumentadas que viven en Estados Unidos. Nacida en Juárez, cruzó un día de Acción de Gracias, pensando que en un día tan señalado no habría tanta vigilancia en el río. Y así fue. Lleva viviendo en El Paso 20 años. Y su vida se ha convertido en un encierro. Toda su familia tiene la situación regularizada: su marido, sus cinco hijos. Ellos pueden moverse sin problemas: viajan, han ido a Disney World o a bodas y fiestas familiares que se han celebrado al otro lado de la frontera. Pero ella no sale en las fotos. Porque no se movió de su casa. Si lo hacía, corría el riesgo de no volver. La situación más dura la vivió en 2008. Su madre murió en Juárez. Y Jaqueline no pudo ir ni a enterrarla. Ha vivido situaciones kafkianas. Uno de sus hijos mayores trabaja en el ejército. Una orden gubernamental le llevó a hacer tareas de vigilancia en la misma frontera entre El Paso y Juárez. Su hijo la podría haber detenido. En casa no se habla de ello. Y en su nevera luce un imán a modo de deseo: “Cancún”, el lugar al que sueña viajar si un día acaba su pesadilla. 

Volvemos a encontrarnos con Ramón, que muestra su nula simpatía por Trump. “Este señor que está ahorita de presidente de Estados Unidos es una persona que se duerme hoy pensando qué daño va a hacer mañana”. Se forma un corrillo donde no distingues los que son de El Paso o los que viene de Juárez. Y hablan del muro, uno de los temas estrella entre la comunidad latina. Tienen claro que no va a servir de nada. Que la fuerza que da huir del hambre hará que lo salten, por arriba o por abajo, como hicieron un grupo de mexicanos que aprovecharon las cloacas que comunican ambas ciudades para cruzar por el subsuelo. “Dicen que el muro es para la seguridad de Estados Unidos… Pero si el problema está aquí adentro. Las matanzas en escuelas, en restaurantes, no las hacen los que vienen de allá”. Y Ramón señala hacia el sur.

En ese momento no lo sabemos, pero nos está haciendo la crónica de una matanza anunciada. A las pocas semanas, Patrick Crusius asesinará a 22 personas en El Paso. El manifiesto que deja el asesino contiene frases que podrían ser pronunciadas por el propio Trump. No hace falta apretar un gatillo. Puede ser suficiente un discurso para incitar al odio. La matanza es en Walmart. Y no puedo evitar pensar en Martín y los pañales para su hija.


Jordi Évole viajó a El Paso, Texas, durante la producción del documental 'Mr. Trump, disculpe las molestias', que este domingo 29 de septiembre se estrena en Telemundo a las 7:00 pm (6:00 hora del Centro). Para saber más del especial, haz click aquí.

'Mr. Trump, disculpe las molestias'. El periodista Jordi Évole retrata en Telemundo el impacto del presidente sobre los latinos