Joe Biden, el candidato demócrata favorito depende de sí mismo para triunfar. Y eso quizá le cueste caro

Encabeza las encuestas, pero ya ha protagonizado deslices como los que le invalidaron en el pasado, y su largo historial político es tanto una ventaja como una rémora.

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“Mi padre siempre me decía, ‘Campeón, la medida de un hombre no la da cuán a menudo le derriban sino cuán rápido se incorpora”.

Joe Biden nació en noviembre de 1942: por entonces, Estados Unidos, presidido por Franklin D. Roosevelt, libraba la batalla de Guadalcanal; en Europa, arrasada por la II Guerra Mundial, gobernaban Winston Churchill, Adolf Hitler o Joseph Stalin, y comenzaba el Holocausto; se acababan de estrenar las películas Bambi y Casablanca; e Isabel II todavía era princesa de Inglaterra.

Nació en Scranton, una pequeña ciudad de Pennsylvania, donde su padre caía derribado y se volvía a levantar, económicamente hablando, mientras él crecía relativamente libre de complicaciones, más allá de las burlas que sufría por su tartamudeo, que combatió recitando libros de poesía frente al espejo.

De su padre, al que asegura admirar por encima de todos los grandes personajes a los que ha conocido en su dilatada experiencia como político, aprendió a no beber ni una gota de alcohol. “Ya hay suficientes alcohólicos en mi familia”, ha dicho.  

De su padre aprendió a inclinarse si era necesario para sustentar a su familia (por ejemplo, limpiando calderas a domicilio), pero nunca demasiado: en una fiesta de Navidades, el dueño del concesionario de autos de segunda mano en el que trabajaba decidió divertirse lanzando dólares de plata al aire para ver como sus empleados luchaban por agarrarlos. Su padre agarró en su lugar la mano de su esposa y se fue de allí para nunca volver.

Biden acudió a la universidad más interesado por la fiesta, el deporte y las mujeres, y allí conoció a su primera esposa, Nelia Hunter: se casó con ella en 1966 y poco después inició su carrera política como concejal de condado.

En 1972, el Partido Demócrata le pidió que se presentara contra un senador republicano muy popular, J. Caleb Boggs, a sabiendas de que no tenía apenas posibilidades. Pero él se entregó con energía y ganó por un estrecho margen, llegando al Senado recién cumplidos los 30 años, la edad mínima para hacerlo.

Justo antes de Navidad, cuando estaba a punto de jurar su cargo, su mujer y su hija de 13 meses perdieron la vida en un accidente de auto.  

“Sentí que Dios me había jugado una treta horrible”, cuenta en su autobiografía.

Con dos hijos pequeños que criar, Biden siguió en el Senado, pero cada noche volvía a casa, un trayecto en tren de 90 minutos, y una costumbre que nunca ha perdido, como la de no trabajar el 18 de diciembre en memoria de su esposa.

O la de ser senador: ocupó su sillón durante 36 años, lo suficiente como para que sus rivales encuentren ejemplos en su contra en casi cualquier aspecto político a debate, de igual forma que él encuentra ejemplos a favor.

Sólo una muestra porque la lista sería inacabable: en inmigración, Biden votó en 2006 a favor de la construcción de 700 millas de muro en la frontera mexicana. Pero al año siguiente votó a favor de una propuesta de ley para abrir un camino a la ciudadanía a más de 11 millones de inmigrantes indocumentados en el país.

En la actualidad, su visión pasa por una reforma migratoria que arregle un sistema “roto”, haciendo cumplir la ley y asegurando la frontera sin renunciar a principios humanitarios ni olvidar que “la inmigración legal es una increíble fuente de fortaleza para nuestro país”.

Apostó por ofrecer seguro médico a todos los indocumentados, según dijo en uno de sus primeros actos tras anunciar su candidatura a representar a los demócratas en 2020. 

Biden hizo públicas sus intenciones el 25 de abril, cuando ya había cerca de una veintena de candidatos y tras jugar en público con la posibilidad durante meses.

Será su cuarto intento de llegar a la Casa Blanca, y el tercero en solitario.

En 1987 también se postuló a la candidatura demócrata y durante unos meses pareció un aspirante sólido. Abandonó tras ser acusado de plagiar discursos y el candidato fue finalmente Mike Dukakis, derrotado en las elecciones por George H. W. Bush. Esta batalla demócrata ha sido llevada al cine.

Veinte años después lo volvió a intentar, pero comentarios racistas dañaron su campaña y terminó por rendirse tras el primer caucus en Iowa. Ocho meses después, el Partido Demócrata le confirmaba como vicepresidente de Barack Obama.

Hizo una campaña discreta, en la que la estrella era Obama y su papel fundamental era ser un contrapeso a la relativa inexperiencia de su compañero de fórmula y su tarea principal era no meter la pata y no cometer errores accidentales. Se empezó a forjar así su imagen de hombre decente y confiable, en segundo plano tras el líder carismático, su mejor amigo y apoyo, “el tío Joe”, como le han apodado.

Ganaron las elecciones y la reelección, y ahora marcha destacado con ventaja en las encuestas como favorito para intentar desalojar a Donald Trump en las elecciones de 2020.

Pero Biden ha seguido metiendo la pata. Él mismo reconoce su torpeza, al tiempo, eso sí, que dice que no hay nadie mejor en el país para ser presidente.

Y ha cometido errores no forzados: el más grave hasta el momento gira alrededor de las acusaciones recibidas por besar y tocar a varias mujeres (incluida la congresista estatal de Nevada Lucy Flores) de una forma que ellas denunciaron como inapropiada. Sin ser una acusación tan grave como las que, por ejemplo, pesan contra el propio Trump, Biden no quiso pedir perdón, y posteriormente bromeó sobre ello en público.

En el mensaje con el que quiso cerrar la polémica, Biden prometió ser más cuidadoso a la hora de respetar el espacio personal porque “las normas sociales están cambiando”. Trump aprovechó para burlarse de él.

Días después, Trump puso en duda la idoneidad de elegir presidente a un hombre maduro como Biden, que tomaría posesión con 78 años. Pero el propio Trump se presentará a esas mismas elecciones con 74.

Cuando Trump nació, el mundo estaba enterrando a los muertos de la Segunda Guerra Mundial; el presidente de Estados Unidos era Harry Truman y en Argentina gobernaba Juan Perón; el gran estreno de la Navidad fue It's a Wonderful Life, de Frank Capra; la penicilina acababa de llegar a las farmacias; y negros y blancos aún viajaban separados en los autobuses.